Un hombre de honor I #2
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I #2

Ella no respondió. Llevó los ojos al local anhelando que Brooks apareciera y salir de allí pitando; sin rastro de él, cada vez resultaba más incómodo tener a esos chicos rodeando el coche, cada vez más envalentonados, como espectros amenazantes acechando bajo la lluvia; hablaban y reían entre sí mientras ella permanecía con la cabeza gacha, fingiendo que buscaba alguna emisora de música; le temblaba la mano y el corazón le latía con fuerza por el miedo.

De pronto, un golpe seco hizo estallar en mil pedazos la ventanilla del conductor.

Nicole chilló y se cubrió la cabeza con los brazos.

La puerta se abrió y uno de los chicos se sentó a su lado después de apartar los vidrios rotos del asiento con la barra de hierro utilizada para romper el cristal.

Nicole reaccionó al pánico, abrió la suya y salió del coche; atemorizada y aturdida, trató de abrirse camino entre las risas, las voces y mofas del grupo que la acosaba a cada paso.

A base de empujones consiguió librarse de ellos, más pendientes del Jaguar que de ella, cruzó la calle y entró en el café justo en el momento en el que Brooks salía por una puerta de la parte de atrás del local, acompañado de un hombre mayor.

—¡Brooks, el coche! —gritó con la alarma plasmada en el rostro.

Él se lanzó a la calle como una exhalación apartando a Nicole con brusquedad cuando intentó detenerlo; temía que le hicieran daño si se enfrentaba a ellos, eran muchos contra uno solo.

—Espera, no vayas... Llama a la policía...

Pero él ya estaba fuera, dispuesto a encararse con aquellos chicos que entraban y salían de su preciado Jaguar como si fuese de una atracción de feria.

Nicole se volvió hacia el que estaba al otro lado de la barra y gritó aterrorizada.

—¡Llame a la policía! ¡Lo van a matar!

Cuando vio al camarero descolgar el teléfono, salió a la calle. Brooks se encontraba dando empujones a los que rodeaban su magnífico coche, como si espantara a moscas alrededor de un panal de miel, increpándolos con toda clase de insultos.

Nicole se desgañitaba bajo la lluvia con el miedo metido en el cuerpo.

—¡Brooks, déjalo, por favor, Brooks! ¡La policía está en camino! ¡Brooooooks!

Pero él no la escuchaba, estaba fuera de sí, daba puñetazos a diestro y siniestro.

En un primer momento, parecía sostener la batalla; era alto y fuerte, pero ellos eran muchos.

Uno de los chicos lo cogió por detrás, otro aprovechó y le dio con el puño en el estómago, lo que le hizo inclinarse, de un empujón lo derribaron y cayó de bruces al suelo.

Entonces el grupo en pleno lo rodeó y comenzó a propinarle patadas y golpes por todo el cuerpo.

Nicole, horrorizada, vio cómo el chico que se había colado en el coche alzaba la barra de hierro contra su novio.

—¡Noooooo! —chilló dando unos pasos hacia la pelea, pero sin acercarse demasiado. Tenía tanto miedo que le temblaban las piernas. La lluvia se mezclaba con el llanto en su cara. Les reclamó histérica—: ¡Dejadle, por favor, dejadlo yaaa!

Solo cuando se oyó a lo lejos la sirena de un coche patrulla, cesaron de golpearlo, avisándose unos a otros para esfumarse antes de que la policía llegase.

Nicole vio con desesperación que uno de los chicos se llevaba su abrigo y su bolso.

Todos salieron corriendo menos uno, que se volvió hacia el cuerpo tendido de Brooks e impulsó la pierna con la idea de darle la última patada, pero Brooks le agarró del tobillo, trastabilló y cayó junto a él.

Los demás ya huían calle abajo. La pelea quedó entre los dos, aunque Brooks, encolerizado y rabioso, consiguió ponerse a horcajadas sobre el otro y empezó a darle puñetazos en la cara y en el pecho, esquivando los brazos de su contrincante, que trataba de protegerse gritando y pidiendo ayuda.

Justo entonces, el coche patrulla apareció y se detuvo a su lado. Dos policías salieron del coche y se abalanzaron sobre Brooks para apartarlo de su víctima.

—Ya basta, lo vas a matar —le reclamaba uno de ellos, sujetándolo con fuerza.

Mientras los dos agentes procuraban controlar la furia desatada de Brooks, el chico aprovechó, se levantó y salió corriendo a tal velocidad que apenas les dio tiempo a reaccionar.

—Déjalo —dijo uno de los policías—, sé quién es y dónde encontrarlo.

La tormenta comenzaba a remitir cuando Brooks recuperó algo la compostura.

La sangre le manaba de una herida en la comisura de los labios y le dolía el costado.

Tenía un aspecto lamentable. Su exclusivo traje gris marengo, la camisa blanca impoluta y la elegante corbata de seda habían quedado hechos un desastre, con algún que otro roto y manchados por la suciedad del asfalto.

El policía se dirigió a ellos.

—¿Se puede saber qué se os ha perdido por este barrio?

—¿Y a ti qué coño te importa? —replicó Brooks, arrogante—. ¿Eso es lo único que te preocupa? Mira lo que le han hecho a mi coche esos hijos de puta. —Se repasó la ropa manchada y murmuró desolado—. Maldita sea... Mi traje nuevo... Cabrones...

Estaba furioso, no tanto por los golpes recibidos como por los daños en el Jaguar. Además del cristal de la ventanilla, habían rayado toda la carrocería y habían roto los retrovisores, y el capó estaba abollado de un fuerte golpe.

Su actitud enfadó a uno de los policías, que, sin mediar palabra, le agarró del brazo, se lo retorció y le obligó a poner las manos contra el coche. Brooks se removió y empezó a echar pestes por la boca contra el agente.

—Será mejor que mantengas la boca cerrada, listillo —le instó el policía—, si no quieres complicarte aún más.

Ayudado por su compañero le cacheó con rapidez y habilidad, y de su bolsillo sacó una bolsa con varias papelinas. Se la mostró con un gesto satisfecho.

—Así que esto es lo que te ha traído a este barrio, cabrón de mierda. Te vienes a comisaría, allí me lo podrás contar todo.

—No iré a comisaría...

—¿Te crees que estás en tu barrio de ricos?

Sin mediar palabra, el agente hizo un rápido movimiento, llevó los brazos de Brooks hacia su espalda y le puso las esposas alrededor de las muñecas, sin que él pudiera hacer otra cosa que protestar.

—Se está metiendo en un buen lío, agente —dijo con voz ahogada, tratando de imprimir firmeza a sus palabras.

—No me digas —replicó el policía arrastrándole hacia el coche patrulla.

—No sabe con quién está hablando... —dijo sin dejar de resistirse—. Nicole, llama a mi padre... ¡Nicole! —gritó desesperado mientras le obligaban a agachar la cabeza para introducirlo en el coche patrulla.

Nicole no sabía qué hacer. Estaba empapada, el maquillaje arruinado y el recogido que tanto le había costado arreglarse hecho un desastre.

El agente se volvió hacia ella.

—Señorita, usted también se viene con nosotros. Suba al coche, vamos.

Así que aquella noche acabaron en una comisaría de Harlem.

Fue allí donde se cruzó con el detective Frank Bernstein, y fue él quien la vio primero, sentada en un banco de madera en uno de los pasillos, esperando a que terminase la declaración de Brooks.

Cabizbaja, encogidos los hombros, los brazos cruzados alrededor de su cuerpo. Temblaba como una hoja.

—¿Señorita Donaldson?

Ella había alzado los ojos, ennegrecidos por el rímel corrido de sus pestañas y había asentido con un gesto.

—¿Sería tan amable de acompañarme? —Le hablaba con tanta amabilidad que se sintió reconfortada—. He de hacerle algunas preguntas. No la molestaré mucho.

Entraron en una estancia pequeña, con una mesa en el centro y dos sillas. A un lado había una cafetera y una hilera de vasos de cartón.

La invitó a que se sentara y, cuando lo hizo, él se sentó frente a ella. Puso los antebrazos sobre la mesa y con voz serena le preguntó:

—¿Podría contarme por qué razón su acompañante y usted han acabado en esta comisaría?

Nicole lo examinó en silencio durante unos segundos, con las manos en el regazo, encogida.

Se le rompió la voz y se echó a llorar, aunque consiguió controlarse enseguida.

Frank le tendió un pañuelo blanco y perfectamente doblado y planchado que había sacado del bolsillo.

Ella lo agradeció con una media sonrisa, se enjugó las lágrimas y empezó a hablar.

—¿Brooks Sheridan es su novio? —preguntó Frank cuando acabó su relato.

—Supongo que sí... —susurró compungida. Luego, asintió—. Sí, es mi novio.

—¿Tiene algo que ver con el congresista Douglas Sheridan?

—Es su hijo —respondió antes de sonarse la nariz con el pañuelo.

—Vaya —dijo pensativo, a sabiendas de que ese congresista pondría el grito en el cielo.

Solía ocurrir, niños ricos adentrándose en los suburbios en busca de sustancias que aportasen algo de sentido a sus vidas demasiado llenas de grandes vacíos.

Se barruntaba presiones para que todo aquel asunto quedase en nada—. No debe preocuparse por su novio.

—No entiendo por qué se mete en estos líos —añadió abatida—, Brooks es un buen chico... —Dio un suspiro desesperado alzando la vista al techo—. Todo es tan complicado cuando debería ser fácil...

—Pasará la noche en el calabozo, eso no va a poder evitarlo.

Ella se removió inquieta.

—¿Y yo? ¿Qué me va a pasar a mí?

Frank arqueó las cejas con una sonrisa tranquila.

—Nada, señorita Donaldson, puede irse a casa. ¿Quiere llamar a alguien para que venga a buscarla?

Le indicó un teléfono que había junto a la máquina de café.

Ella echó un vistazo al reloj: eran casi las dos de la mañana.

Se levantó y, con la mano temblorosa, marcó el número de su casa.

Sabía que respondería su padre porque el aparato estaba en la mesilla de su lado de la cama.

Cuando oyó su voz grave y somnolienta, Nicole le dio la espalda al detective; mientras, en voz muy baja, le contó dónde se encontraba.

Cuando colgó, se volvió de nuevo hacia Frank.

—Mi padre vendrá a buscarme.

Él se levantó.

—¿Me permite invitarla a un café? —preguntó acercándose a la cafetera—. Nos vendrá bien a los dos.