I
—¿Algún defecto?
—A las ocho.
—Puedo llevarte al aeropuerto.
Frank lo sopesó unos segundos antes de contestar.
—Esperaré a que escribas ese artículo —le dijo sonriente—, luego podré contestarte con más propiedad.
Ella arrugó el ceño, reflexiva.
—Si te soy sincera, estoy empezando a pensar que no fue Oswald quien disparó a JFK.
—Hay cosas que este país no puede asimilar, y una de ellas es la conspiración del magnicidio en Dallas.
La gente necesita hechos a los que aferrarse, por eso se conforma con la versión oficial: Oswald disparó a la cabeza del presidente, él solito y sin ninguna ayuda.
Pensar en otra versión resulta inquietante y provoca temor e incertidumbre, algo que la sociedad no está dispuesta a soportar; y lo peor de todo es que los que tienen en sus manos la verdad lo saben... Y actúan en consecuencia.
—Tal vez tengas razón, pero soy periodista, me siento periodista —puntualizó Nicole—, y se supone que un periodista debe sacar a la luz aquellas cosas que otros pretenden ocultar, cuando está en juego el interés público.
—Dejó escapar un largo suspiro y esbozó una sonrisa inquieta—.
Sería fantástico si consiguiera alguna declaración del senador Kennedy sobre las actividades del fiscal Garrison; es muy posible que si llega a la Casa Blanca pretenda abrir otra investigación referente al asesinato de su hermano.
¿Te imaginas? —preguntó satisfecha—. Este viaje a Los Ángeles puede ser mi oportunidad; Becker ha confiado en mí, espero no defraudarlo.
Frank buscó sus ojos.
—Eres muy buena periodista, Nicole, no dejes que nadie se aproveche de tu trabajo.
—Lo tendré en cuenta, mi caballero andante —le susurró antes de besarle dulcemente; luego, con un dedo, limpió de sus labios los restos de carmín que le había dejado.
Risueña, Nicole cogió el bolso y echó un último vistazo al espejo. Abrió la puerta y se dispuso a salir.
—Espera... —Él se acercó a la cómoda, abrió un cajón y sacó un paquete envuelto en papel de regalo—. Esto es para que te acuerdes de mí en el viaje.
—No pienso olvidarte ni un segundo.
Nicole cogió el paquete y lo palpó.
—¿Es un libro?
—Y con dedicatoria del autor.
Frank sonrió sin dejar de mirarla mientras ella acariciaba su mejilla.
—Ten mucho cuidado ahí fuera —se despidió Nicole.
Bajó las escaleras a toda prisa, salió a la calle y se subió al taxi que aguardaba aparcado frente al portal. Se acomodó en el interior y dijo con voz firme:
—Al 1035 de la Quinta, rápido.
Había conocido a Frank hacía apenas unas semanas, en la que podría considerar la peor noche de su vida.
Ella salía con Brooks Sheridan, un joven que lo tenía todo para triunfar en la vida: guapo, encantador, rico, graduado en Harvard, y acababan de contratarle en Langford Chasse sin duda, un gran partido para cualquier chica que ambicionase una vida acomodada.
Eran novios desde siempre, aunque no sabría decir cuándo exactamente había empezado su relación.
Se conocían desde niños; sus padres eran, además de amigos, socios en varios negocios, sobre todo desde que, diez años atrás, Douglas Sheridan se convirtió en congresista por el estado de Nueva York con el Partido Republicano.
A lo largo de los años, las dos familias habían mantenido un estrecho contacto; los Donaldson habían pasado temporadas en la preciosa casa que los Sheridan tenían en los Hamptons, y Nicole y Brooks habían compartido juegos y adolescencia.
Todo el mundo coincidía en que aquella atractiva pareja estaba hecha el uno para el otro, una grata realidad que ambas familias aceptaban complacidas y que Nicole y Brooks asumían como algo natural e indiscutible.
Nunca antes se había planteado Nicole la conveniencia o no de aquel eterno noviazgo; le agradaba estar con Brooks, era divertido, inteligente; creía estar enamorada de él, convencida de que sería el hombre con el que pasaría el resto de su vida.
Era cierto que, desde que había comenzado a trabajar en el periódico, la actitud de Brooks hacia ella se había enrarecido.
Al igual que su padre, no entendía ni acababa de aprobar que Nicole trabajase, y menos aún en un entorno en el que primaban los hombres.
Ella lo achacaba a los celos naturales de un hombre enamorado y procuraba sobrellevar una situación tan incómoda como imprevisible, a veces incluso brusca.
La pareja solía salir a cenar, los fines de semana jugaban al tenis en el River Club, quedaban con otros amigos, se divertían.
Aunque a los ojos de todos eran novios, aún no estaban formalmente comprometidos, un compromiso que el padre de Nicole deseaba, incluso más que la propia Nicole.
Pero Brooks no parecía tener prisa en dar el paso definitivo al matrimonio, más pendiente de disfrutar de los placeres del presente, incapaz de pensar en el futuro.
El problema era que su concepto del disfrute estaba demasiado vinculado al alcohol y a las drogas, en particular a la cocaína y el LSD.
A Nicole no le molestaban estas adicciones, habituales en los ambientes en que la pareja solía moverse.
Ella había fumado marihuana, pero no le entusiasmó la experiencia, así que evitaba las drogas.
La noche que conoció a Frank, Nicole había quedado con Brooks y unos amigos para cenar en el Delmonico’s, en el Lower Manhattan.
Tardó más de lo previsto en salir de la redacción porque en el último momento, Becker, su reportero, le encargó buscar documentación sobre un artículo que estaban preparando.
Brooks permanecía a la espera frente a la entrada del edificio del New York Times , en el 229 de la calle Cuarenta y tres Oeste, apoyado en el capó de su flamante Jaguar E-Type de color dorado; su rostro lo decía todo, estaba hecho una furia.
Cuando la vio salir, arrojó el cigarro al asfalto y se incorporó.
Nicole trató de disculparse, pero él la agarró del brazo, abrió la puerta del coche y, con brusquedad, la empujó al interior.
Luego se puso al volante y aceleró sin decir nada. Estaba tenso y eso incomodaba a Nicole.
—Te he dicho que lo siento...
—¡Cállate! —Frenó en seco ante un semáforo en rojo—. No quiero oír ni una sola palabra.
Consternada por las malas formas, Nicole tragó saliva. Había empezado a caer una fina lluvia y se quedó observando el movimiento oscilante del limpiaparabrisas.
Se dio cuenta de que no iban en dirección sur, sino hacia el norte.
—¿No íbamos al Delmonico’s?
—Antes tengo que recoger una cosa —respondió algo más sereno.
Al cabo de un rato, cuando Nicole fue consciente de que estaban entrando en las calles más peligrosas de Harlem, ya no pudo seguir callada.
—¿Se puede saber qué hacemos aquí a estas horas y con este coche?
—Si no me hubieras hecho esperar más de una hora ya estaríamos de vuelta y disfrutando de la cena.
—Estaba trabajando, tú también me haces esperar muchas veces, y nunca me quejo, comprendo que tienes cosas que hacer.
—Lo mío es trabajo, lo tuyo es un entretenimiento inútil salvo para los hombres de la redacción, a los que alegras la vista cada día mostrando tus encantos. —El tono de desprecio la molestó tanto como las palabras.
—Eso es una estupidez —acertó a replicar.
—No entiendo el empeño que tenéis las mujeres en trabajar en puestos que no son para vosotras. Estáis hechas para traer hijos al mundo, criarlos, cuidar de la familia. Es tan fácil como eso...
Nicole le dedicó una mueca disgustada. Iba a decir algo, pero Brooks se había detenido delante de una cafetería y ya no le prestaba atención.
—Espérame aquí —le ordenó mientras salía.
La lluvia arreciaba en ese momento, Brooks cruzó la calle corriendo y entró en el local.
Nicole podía verlo a través de la cristalera, tras el nombre de la cafetería pintado con grandes letras rojas de trazos sinuosos.
Habló con el tipo que estaba detrás del mostrador, quien le hizo una indicación hacia el fondo del local.
Brooks desapareció de la vista de Nicole, cada vez más nublada con la cortina de agua que se deslizaba por el cristal del parabrisas.
La calle parecía desierta, ni tráfico ni transeúntes, tampoco en el interior del local se apreciaba ningún cliente.
Nicole echó un vistazo a su reloj: eran las nueve y media.
Con el sonido de la lluvia contra la carrocería, encendió la radio y buscó algo de música.
Estaba centrada en el dial cuando unos golpes en su ventanilla la sobresaltaron.
Al otro lado del cristal atisbó la cara de un chico que la escrutaba con una sonrisa estúpida.
Junto a él, otra media docena de chavales cubiertos con capuchas y gorros se arremolinaban alrededor del precioso Jaguar dorado sin importarles la lluvia que los empapaba.
—Bonito coche, nena —le dijo el chico alzando la voz.
Nicole reparó en que le faltaban varios dientes. Su aspecto a través del cristal era siniestro. El chico hizo un intento de abrir la puerta, pero había tenido la precaución de echar el seguro. El otro insistió.
—¿Podrías abrirme para verlo mejor?