Un hombre de honor
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Prólogo
Echó un rápido vistazo a su reloj de pulsera.
Había llegado a la cita con tiempo de sobra, consciente de que la puntualidad era una de las manías de Russell y no quería contrariarle.
Llevaba unos minutos paseando por el sendero que rodeaba el lago de Central Park, observando la mansa superficie embalsada.
En la otra orilla, por encima de las invernales copas de los árboles, se erigían las dos torres del edificio El Dorado, que parecían emerger del bloque de apartamentos.
Era muy temprano y apenas se cruzaba con quienes daban una vuelta con sus perros y algún corredor que ejercitaba su cuerpo con el jogging , dejando escapar en cada aliento pequeñas vaharadas blanquecinas que se desvanecían en el aire a su paso.
La tierra, endurecida por la escarcha, crujía bajo las suelas de sus recios zapatos de piel.
El aire húmedo traspasaba la lana de su abrigo y atería sus miembros.
Encogió los hombros y hundió el cuello en las solapas de astracán.
No dejaba de darle vueltas a la intención de aquella cita después de tanto tiempo, pero intuía que no sería algo grato.
Vio a Russell de lejos. Venía solo; caminaba rápido, con grandes zancadas, como si quisiera alcanzar una meta con cada una de ellas, las manos enguantadas y algo encorvado por el frío. Una abrigada bufanda le protegía la garganta.
Le esperó sin moverse, mientras observaba su avance.
Le sonrió en la distancia. Cuando llegó frente a él se midieron durante unos segundos.
Las canas se entreveraban en su abundante pelo negro peinado hacia atrás, muy corto por la zona de la nuca, la sonrisa abierta y la incisiva mirada de sus ojos negros como el carbón.
Russell se quitó el guante de la derecha y ambos se estrecharon las manos.
—Fabrizio, cuánto tiempo —le dijo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está la familia?
—Bien, bien —respondió desconfiado.
—El Gordo te envía saludos.
—¿Qué tal está? —preguntó Fabrizio, cada vez más consciente de que no iba a ser una cita de cortesía.
—Como siempre, ya lo conoces, le sobran kilos y fuma como un carretero, pero sigue con la misma vitalidad que hace treinta años, y más desde que es jefe.
Ahora tiene mucho poder, y yo mismo me he visto beneficiado: controlo los clubes, las loterías, las apuestas de Nueva Jersey y las descargas de los muelles.
—Te van bien las cosas, entonces.
—No me quejo —dijo Russell petulante—. La heroína nos está haciendo ricos.
—Al final te metiste en ese sucio negocio. —No pudo evitar el reproche.
—Es el gran negocio, no imaginas el dineral que se gana. Las apuestas ya no dan lo de antes. Los sindicatos están llenos de federales. Pero la heroína..., eso es dinero fácil, rápido y en abundancia.
—Un gran negocio de mierda que envenena barrios enteros.
Las apuestas, los bares, las putas, incluso los préstamos son cosas de adultos que saben en qué se meten, pero la droga...
—Fabrizio negó con la cabeza—. Nunca entenderé a los que comerciáis con ese veneno. Ganas mucho a costa de destruirlo todo.
—A mí me da igual si se viene abajo o se queda en pie; ahora la gente quiere colocarse. Si no lo hacemos nosotros, lo harán otros, y se enriquecerán otros, y serán otros los que tengan el control. Es la ley de la selva, Fabrizio. Bien lo sabes tú.
—Sigo pensando que no es lo mismo. Cuando un tipo pierde dinero en el póquer, vuelve a casa con vergüenza.
Cuando se engancha a la heroína, termina muerto en una escalera.
—Hizo un gesto de hastío. Chasqueó la lengua y trató de zanjar el asunto—.
De todas formas, no pretendo convencerte, tú sabrás lo que haces.
El riesgo es grande... Si te pillan, son muchos años de cárcel.
—Todo en la vida conlleva riesgo —replicó Russell, inmune a las críticas.
Guardaron unos segundos de silencio, midiéndose esquivos.
—No creo que me hayas llamado para convencerme de entrar en el negocio —dijo al fin Fabrizio en tono irónico.
Russell le agarró del brazo y avanzaron lentamente, sin rumbo.
—Tienes razón, Fabrizio, no estamos aquí por eso. Hay un asunto muy delicado para el que necesitamos a alguien de absoluta confianza, alguien que no falle.
—¿Quién lo necesita exactamente?
Russell habló con firmeza.
—La Comisión está de acuerdo, pero no solo ellos, hay gente muy interesada en esta acción, gente muy poderosa.
Fabrizio asintió con un movimiento de cabeza.
—Tú dirás —agregó prudente, a la espera del hachazo.
—Se trata de ese malnacido irlandés... Ha vuelto a sacar los pies del tiesto y se está convirtiendo en un problema.
—No creo que llegue a conseguir nada importante, sus adversarios son muy fuertes.
—No podemos arriesgarnos, Fabrizio, fíjate en lo que le ha hecho a Hoffa.
Lo persiguió como un perro rabioso hasta enchiquerarlo...
¡Al mismísimo Jimmy Hoffa! —clamó alzando las manos y la cara hacia el cielo.
Soltó el aire como un bufido—. Si ese cabrón llegase a la cumbre, nos hundiría definitivamente a todos, incluso podría poner patas arriba el asunto del hermano.
No vamos a consentirlo. —Hizo una pausa antes de pronunciar el dictamen definitivo—.
Necesitamos que alguien se encargue de esa sabandija.
Fabrizio ladeó la cabeza y alzó las cejas, a la espera de que continuase, pero Russell le sostuvo la mirada en silencio.
—¿Pretendéis algo definitivo?
—El promotor ha sido el Gordo. Ha sido él quien ha pensado en ti como el hombre idóneo para encargarse de este asunto.
—Lo observó como si aquello fuera un honor para el aludido y aguardase una reacción de gratitud por su parte.
Al notar la mirada fría de Fabrizio, siguió hablando—: Si se llegase a remover el asunto del hermano, podría afectarle directamente.
Ya sabes lo prevenido que es para todo, prefiere adelantarse, por si acaso.
—Entiendo —masculló abstraído.
Russell le dedicó una media sonrisa.
—Siempre es mejor acabar con el problema de raíz.
Fabrizio lo valoró durante demasiado rato a criterio de Russell.
—¿Lo harás? —presionó.
—¿Tengo alguna otra opción? —le espetó con sarcasmo.
—No —sentenció Russell con gravedad—, lo cierto es que no la tienes.
Fabrizio tragó saliva y cedió, sin más remedio. Forzó una mueca que quería ser una sonrisa.
—Necesitaré tiempo... —susurró mesurado.
—Cuándo o cómo lo hagas es asunto tuyo.
Caminaron callados unos pasos más. Russell se detuvo de nuevo, echó un rápido vistazo a los lados, como si buscase algo o a alguien. Fijó los ojos en su amigo.
—El Gordo Farelli ha insistido en que te diga que tendrás a tu disposición todo lo que necesites. —El tono de Russell se tornó firme, resuelto, dominante—. Pide lo que quieras, lo que sea que precises se te proporcionará, ¿de acuerdo?
Fabrizio asintió con un movimiento de cabeza, el gesto serio.
—Se lo dije al jefe —añadió el otro, satisfecho por la gestión—, si alguien puede conseguir que ese «bobito» sea un festín para los gusanos, ese es Fabrizio. —Sonrió—. Ten mucho cuidado, ese hijo de puta ya ha causado mucho daño, no me gustaría que esto te perjudicase a ti también...
—No te preocupes. Te mantendré informado.
Russell le estrechó la mano entre las suyas con un fuerte apretón. Se despidió y echó a andar en la misma dirección por la que había venido.
Fabrizio se quedó observando cómo se alejaba, pensativo, agriado el estómago por la contención, para evitar que se desatara la bilis que bullía dentro.
Cuando la figura de Russell desapareció de su vista, pensó en la labor que se le había encomendado y que no podía rehuir.
No le agradaba, tampoco se paraba a pensarlo, eran las reglas, y él las había aceptado; se hacía lo que se tenía que hacer, sin pensar en nada más, sin valorar o juzgar si estaba bien o mal.
Luca «el Gordo» Farelli le había dicho treinta años atrás: «Algún día, aunque puede que ese día nunca llegue, reclamaré la compensación por haberte dejado con vida».
Supo que el momento había llegado, consciente de que una vez dentro de la mafia resultaba imposible salir del todo.