Capítulo 10 #3
Aquella respuesta, que Renata no esperaba con tanta claridad favorable, marcó un punto de inflexión perceptible en el ánimo general de la sala, y fue precisamente en los minutos siguientes, cuando el abogado de Fermín intentó insistir por otra vía distinta, cuando Fermín decidió finalmente interrumpir la estrategia de su propio letrado con la declaración que cambiaría el rumbo definitivo de toda la vista.
Coral, sentada entre Renata y Teo durante toda la primera mitad de la sesión, había mantenido una compostura notable para alguien de su edad, siguiendo el desarrollo del interrogatorio con la misma atención que dedicaba a sus series de misterio favoritas, aunque en algún momento, durante la parte más tensa del testimonio del investigador, buscó la mano de Renata bajo la mesa, un gesto poco habitual en ella que revelaba, por debajo de su fachada de seguridad forense, el nerviosismo real de una niña que sabía perfectamente lo que estaba en juego aquella mañana.
—¿Va todo bien? —susurró Renata, notando la mano pequeña apretando la suya con más fuerza de la habitual.
—Va bien. Solo necesitaba confirmar que sigues aquí, físicamente, no solo dentro de mi cabeza imaginando que estás aquí.
Aquella respuesta, tan característicamente directa incluso en un momento de vulnerabilidad, hizo que Renata sintiera una oleada de ternura que casi la desborda en mitad de la sala, y se limitó a apretar la mano de Coral con la misma fuerza, sin decir nada más, consciente de que cualquier palabra adicional podría quebrar la fragilidad compartida de aquel momento.
Teo, al otro lado, había estado siguiendo el testimonio con una tensión visible en la mandíbula, la misma que Renata había aprendido a reconocer meses atrás durante las primeras discusiones sobre la estrategia legal, pero cuando el investigador pronunció aquellas palabras finales sobre la naturaleza genuina de la relación observada, Renata notó cómo aquella tensión se disolvía, poco a poco, en algo mucho más parecido al alivio contenido.
La abogada de oficio que representaba, en teoría, los intereses generales de la menor en procesos de esta naturaleza, una figura que Renata apenas había registrado hasta ese momento entre tanta tensión acumulada, intervino brevemente durante el testimonio del investigador para plantear una pregunta que resultaría, con el paso de los minutos, más relevante de lo que su tono neutro inicial sugería.
—¿Observó usted, durante el periodo de vigilancia, algún indicio de que la menor hubiera sido instruida o preparada de alguna manera para simular normalidad ante posibles observadores?
—Ninguno, letrada. De hecho, en una ocasión la menor mencionó, sin saber que yo estaba escuchando desde una distancia prudencial, un desacuerdo doméstico reciente sobre la organización de una nevera, con todo lujo de detalles cómicos incluidos.
No es el tipo de comentario que surge de un guion preparado de antemano.
Aquella mención específica, que Renata reconoció de inmediato como la discusión que había tenido con Teo semanas atrás, provocó una sonrisa involuntaria en ambos, y Coral, sentada entre los dos, no pudo evitar comentar en voz baja, aunque lo bastante alta como para que Nayara le lanzara una mirada de advertencia cariñosa.
—Os dije que discutir de la nevera delante de la gente equivocada podía darnos problemas.
—Ha sido justo lo contrario, Coral —susurró Renata, conteniendo la risa—. Nos ha ayudado bastante, de hecho.
—Bueno, entonces retiro la queja. A veces las cosas salen bien por accidente.
El abogado de Fermín, en un último intento por reconducir la sesión hacia un terreno más favorable a la estrategia original antes de que su propio cliente lo interrumpiera definitivamente, planteó una pregunta final al investigador sobre la solidez financiera de ambos hogares en comparación, un argumento que había sido central en la reclamación inicial de custodia meses atrás.
—Según mi investigación, el hogar del señor Reyes ofrece objetivamente mayores recursos materiales: vivienda más amplia, ingresos más estables, mayor capacidad de ahorro para la educación futura de la menor. ¿Puede confirmar estos datos?
—Puedo confirmar los datos objetivos, sí.
Pero también debo señalar, si se me permite añadirlo, que en mi experiencia profesional los recursos materiales rara vez son el factor determinante en el bienestar real de un menor, más allá de un umbral básico de cobertura de necesidades que, en este caso, el hogar de la señora Solá cumple sobradamente.
La jueza, que había escuchado aquel último intercambio con atención pero sin intervenir, tomó la palabra en cuanto el investigador terminó su respuesta, con un tono que dejaba claro que aquella línea argumental tocaba a su fin.
—Letrado, este tribunal es plenamente consciente de las diferencias materiales entre ambos hogares.
También es plenamente consciente de que la ley no exige demostrar el hogar más rico, sino el hogar más adecuado para el desarrollo integral de la menor.
Si no tiene más preguntas sustantivas sobre este punto, procederemos a las alegaciones finales.
El abogado, comprendiendo que aquella línea de ataque no iba a prosperar más allá de lo ya intentado, cerró su interrogatorio sin insistir más, y fue en los minutos inmediatamente posteriores cuando Fermín, ya visiblemente incómodo con el rumbo completo de la estrategia de su propio letrado, decidió finalmente intervenir con la declaración que cambiaría el curso definitivo de la vista.
Antes de que concluyera el testimonio del investigador, la jueza formuló una última pregunta que Renata no había anticipado en ninguno de los repasos previos con Nayara, dirigida directamente a valorar el propio criterio profesional del testigo más allá de los datos objetivos recabados.
—Como profesional con años de experiencia en este tipo de investigaciones, ¿recomendaría usted, en base a lo observado, que se otorgara la custodia principal a la señora Solá?
El abogado de Fermín se puso en pie de inmediato para objetar, argumentando que aquella pregunta excedía el ámbito estrictamente factual para el que había sido contratado el investigador, pero la jueza, tras una breve consideración, decidió mantener la pregunta, señalando que la opinión profesional experta, claramente delimitada como tal, resultaba admisible dentro del marco de la vista.
—Con la salvedad de que esto es una opinión personal basada en mi experiencia, y no una conclusión legal vinculante —matizó el investigador, antes de responder—, sí, recomendaría mantener la custodia principal donde está.
He investigado casos donde la inestabilidad era evidente, donde el bienestar del menor estaba genuinamente comprometido.
Este no es uno de esos casos, señoría, independientemente de cómo empezó la relación entre los adultos implicados.
Aquella respuesta, pronunciada con la seguridad profesional de quien lleva años emitiendo valoraciones similares, resonó en la sala con un peso que ni siquiera el propio abogado de Fermín, visiblemente resignado ya a esas alturas de la sesión, se atrevió a cuestionar con más insistencia.
La sala del juzgado, que había empezado la sesión con la tensión palpable propia de cualquier proceso de custodia contencioso, fue transformándose poco a poco, a medida que avanzaba el testimonio del investigador, en un espacio donde incluso los presentes menos implicados emocionalmente —el propio abogado de Fermín, la secretaria judicial que tomaba notas con gesto neutro— parecían percibir el cambio de rumbo que se estaba produciendo en tiempo real ante sus ojos.
Renata, observando aquella transformación colectiva desde su asiento, pensó en todas las noches de insomnio que había pasado durante los meses previos, calculando escenarios, temiendo preguntas que finalmente ni siquiera habían llegado a plantearse, y sintió una mezcla extraña de alivio y agotamiento retrospectivo, como si el cuerpo entero decidiera, solo entonces, que ya era seguro empezar a soltar la tensión acumulada durante tanto tiempo.
Teo, a su lado, mantenía la misma compostura profesional que aplicaba en su trabajo con animales asustados, una calma que Renata había aprendido a valorar especialmente en los momentos de mayor incertidumbre, y en un gesto discreto, casi imperceptible para el resto de la sala, le rozó la rodilla con la suya por debajo de la mesa, un contacto mínimo que sin embargo transmitía, con más eficacia que cualquier palabra susurrada, todo el apoyo silencioso que ambos necesitaban en aquel momento crucial del proceso.
Cuando el investigador terminó definitivamente su testimonio y abandonó el estrado, la jueza concedió un breve turno a Nayara para que pudiera formular alguna pregunta adicional si lo consideraba necesario, un ofrecimiento que Nayara aprovechó, no para debilitar lo ya conseguido, sino para reforzar un último punto que consideraba relevante dejar constancia formal en el expediente.
—Solo una pregunta, señor investigador. En todo el tiempo que estuvo observando a la familia, ¿llegó a presenciar algún momento en que la menor pareciera incómoda, insegura, o mostrara signos de estar viviendo una situación que no comprendía del todo?
—En ningún momento, letrada. Todo lo contrario, diría que la menor mostraba un grado de participación activa en la vida familiar poco habitual para su edad, casi como si fuera consciente de formar parte de algo que necesitaba construirse con cuidado, y contribuyera activamente a esa construcción en lugar de limitarse a observarla pasivamente.