Capítulo 10 #4
Aquella última observación, tan precisa en su descripción del carácter particular de Coral, arrancó una sonrisa contenida incluso a la propia jueza, que anotó algo en sus papeles antes de dar por concluido formalmente el testimonio del investigador y pasar a las alegaciones finales de ambas partes, el momento que Renata sabía, por todo lo que Nayara le había explicado durante semanas de preparación, que determinaría de manera decisiva el rumbo final de toda la vista.
Durante las alegaciones finales, Nayara resumió toda la argumentación del caso con una claridad que Renata reconoció, escuchándola, como la misma que la había convencido, meses atrás, de que contar la verdad completa era la mejor estrategia posible, a pesar del riesgo evidente que suponía.
—Señoría, este caso demuestra que las familias no siempre se construyen siguiendo el orden convencional que la sociedad espera.
A veces el compromiso llega antes que el amor declarado, la convivencia antes que la certeza, la necesidad antes que el deseo.
Lo que este tribunal debe valorar no es la secuencia en que ocurrieron estos elementos, sino el resultado tangible que han producido: una menor estable, querida, y rodeada de adultos comprometidos genuinamente con su bienestar, independientemente de cómo empezó cada una de esas relaciones.
El abogado de Fermín, en su propio turno final, optó por una postura mucho más breve y conciliadora de lo que había mostrado durante el resto de la sesión, limitándose a confirmar que su representado retiraba formalmente la solicitud original y se adhería al acuerdo presentado, sin añadir ninguna alegación adicional que pudiera reabrir el debate ya prácticamente resuelto.
La jueza, tras escuchar ambas intervenciones finales, anunció que se retiraba brevemente para formalizar la resolución por escrito, un procedimiento estándar que, sin embargo, a Renata le pareció durar una eternidad, sentada en aquella sala pequeña con Teo a un lado y Coral al otro, esperando la confirmación oficial de lo que ya, en el fondo, todos los presentes intuían como el desenlace más probable de toda la mañana.
Mientras esperaban a que la jueza regresara con la resolución formal por escrito, Renata se permitió, por primera vez en toda la mañana, mirar a su alrededor con calma, fijándose en detalles de la sala que hasta entonces había ignorado por completo, concentrada como estaba en cada palabra pronunciada durante el testimonio y las alegaciones: el escudo institucional colgado tras la mesa de la jueza, los archivadores alineados en un estante lateral, la luz que entraba oblicua por una ventana alta iluminando el polvo suspendido en el aire de aquella sala pequeña donde se había decidido, en cuestión de horas, el rumbo del resto de sus vidas.
Coral, a su lado, había sacado discretamente su cuaderno de dibujo, el mismo que llevaba a todas partes desde hacía meses, y estaba esbozando algo con trazos rápidos que Renata no pudo ver del todo hasta que se lo mostró, minutos después: un dibujo simple de los tres, ella, Renata y Teo, cogidos de la mano frente a un edificio que representaba, sin lugar a dudas, aquel mismo juzgado.
—Para el cuaderno de pruebas —explicó Coral, en voz baja—. Este merece estar documentado con dibujo propio, no solo con palabras.
Renata sonrió, guardando aquel dibujo en la memoria con la misma intensidad con la que guardaría, minutos después, las palabras exactas de la resolución final de la jueza, consciente de que ambos recuerdos, el oficial y el artístico, formarían parte igual de importante de la historia completa que algún día le contarían a Coral, ya adulta, sobre aquel proceso que había empezado con tanto miedo y había terminado resolviéndose de la manera más favorable que ninguno de ellos se había atrevido a esperar del todo.
Cuando finalmente la jueza regresó a la sala, con los papeles de la resolución ya en mano, el silencio que se instaló entre todos los presentes fue tan denso que Renata pudo escuchar, con una claridad casi dolorosa, los latidos de su propio corazón resonándole en los oídos.
Teo le buscó la mano bajo la mesa una vez más, y Coral, al otro lado, dejó de dibujar y cerró su cuaderno con cuidado, como si intuyera que aquel momento merecía toda su atención sin distracciones.
—Procedo a la lectura de la resolución —anunció la jueza, ajustándose las gafas con el mismo gesto metódico que había repetido varias veces a lo largo de la mañana.
—Se homologa el acuerdo presentado por ambas partes, con las precisiones ya detalladas —leyó la jueza, con voz clara y pausada, cada palabra resonando en la sala pequeña como si tuviera un peso físico propio—.
Custodia principal para doña Renata Solá, régimen de visitas para don Fermín Reyes conforme a lo acordado, revisión en el plazo de un año. Queda cerrada la sesión.
El golpe suave del mazo sobre la mesa marcó el final oficial de meses de incertidumbre, y Renata, sintiendo que las lágrimas finalmente se le escapaban sin ningún control posible, se giró hacia Teo y hacia Coral, abrazándolos a los dos a la vez, sin importarle ya ninguna formalidad de sala judicial, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el peso entero de aquel proceso se disolvía de golpe, dejando paso a una ligereza que llevaba meses sin poder siquiera imaginar con tanta claridad.
Nayara, recogiendo sus papeles con la eficiencia tranquila de quien ha visto el desenlace exacto que esperaba, se acercó a felicitarlos antes de que abandonaran la sala, y Coral, todavía con los brazos alrededor de Renata y de Teo, se giró hacia ella con la primera pregunta que se le ocurrió en medio de tanta emoción acumulada.
—¿Esto significa que ya podemos irnos a celebrar de verdad, con tarta y todo?
—Significa exactamente eso, Coral. Con tarta y con todo lo demás que os apetezca celebrar.