Capítulo 10 #2
Renata sintió que aquellas palabras, pronunciadas con la frialdad profesional típica de cualquier alegato legal, le dolían más de lo que esperaba, no porque fueran del todo injustas, sino porque tocaban exactamente la inseguridad que ella misma había cargado durante semanas: la duda de si merecían, de verdad, que se les creyera después de haber empezado mintiendo.
Fue entonces, después de los alegatos iniciales y antes de que el interrogatorio al investigador tomara el rumbo inesperado que terminaría marcando el resto de la sesión, cuando le tocó a Renata responder a las primeras preguntas directas de la jueza, un momento que Nayara le había advertido que sería, probablemente, el más delicado de toda la mañana.
—Señora Solá, ¿en qué momento exacto diría usted que la relación con el señor Vargas dejó de ser, en sus propias palabras, una estrategia para convertirse en algo genuino?
Renata sintió que todos los ojos de la sala se posaban sobre ella, y en lugar de recurrir a ninguna de las respuestas ensayadas con Nayara durante los días previos, decidió, en el último momento, responder con la misma honestidad simple que Coral había demostrado tantas veces durante los últimos meses.
—No sabría señalar un día exacto, señoría.
Fue algo que se fue construyendo, semana a semana, en cosas pequeñas: una cena compartida sin necesidad de fingir nada, una noche en el hospital con mi sobrina en la que no hubo estrategia posible, solo miedo compartido y manos que no se soltaron.
Si tuviera que señalar un momento, diría que fue mucho antes de que yo misma me atreviera a nombrarlo en voz alta, y que tardé más en admitirlo de lo que debería, precisamente por miedo a que pareciera, ante los demás, tan poco convincente como suena ahora mismo, explicado así, sin fechas exactas que lo respalden.
La jueza tomó nota de aquella respuesta sin ningún comentario adicional, pero Renata notó, en la manera en que sus ojos se detuvieron un instante más de lo estrictamente necesario sobre el expediente, que aquella honestidad sin adornos había calado de una manera que ninguna estrategia cuidadosamente preparada habría conseguido con la misma naturalidad.
Teo, preguntado a continuación sobre el mismo punto, ofreció una respuesta que complementó la de Renata sin haberla coordinado previamente, algo que ambos comentarían más tarde, ya fuera del juzgado, como una de las señales más claras de que, en el fondo, ya no necesitaban ensayar nada para que su historia sonara coherente.
—Para mí fue la noche en que discutimos de verdad por primera vez, señoría, por algo tan tonto como la organización de una nevera.
Antes de esa noche, todo entre nosotros había sido cuidadosamente calculado para parecer convincente.
Esa noche, sin embargo, discutimos como discute cualquier pareja real, sin pensar en ningún informe ni en ninguna trabajadora social observándonos.
Fue entonces cuando entendí que ya no estábamos actuando.
Nayara, antes de que empezara formalmente el interrogatorio al investigador, había preparado a Renata y Teo para una posibilidad que finalmente no llegó a materializarse: que el abogado de Fermín intentara desacreditar directamente el testimonio de Almudena, cuestionando su objetividad profesional al haber mostrado, según sus propias palabras en el escrito de alegaciones, "una simpatía impropia hacia una de las partes del proceso".
—Si sale ese tema, no os alteréis —había advertido Nayara, la noche anterior a la vista, repasando por última vez toda la estrategia—.
Es un ataque habitual en estos casos, cuestionar la neutralidad de los profesionales que han informado favorablemente.
Almudena tiene doce años de experiencia y un historial impecable.
No hay nada de sustancia en esa línea de ataque, aunque pueda sonar incómoda si se plantea en la sala.
El ataque, sin embargo, nunca llegó a producirse con la intensidad anticipada, quizá porque el propio abogado de Fermín, viendo cómo se desarrollaba el resto de la sesión, decidió que insistir en cuestionar la objetividad de una profesional tan respetada podría resultar contraproducente ante una jueza que ya mostraba signos claros de estar valorando el caso con una mirada mucho más amplia que la puramente procedimental.
Renata, sentada junto a Teo mientras observaba el desarrollo de la sesión, sintió que cada minuto que pasaba sin que se materializaran los peores escenarios que había imaginado durante semanas de insomnio le devolvía, poco a poco, una confianza que llevaba mucho tiempo sin sentir con tanta claridad.
El investigador, ya en la recta final de su testimonio, añadió un detalle que no constaba en el informe escrito y que pareció sorprender incluso al propio abogado que lo había contratado, un detalle que surgió cuando la jueza le preguntó directamente si, en su experiencia profesional, había observado algún indicio de que la menor mostrara signos de inestabilidad o malestar en el entorno investigado.
—Todo lo contrario, señoría. Observé a la menor en varias ocasiones durante el periodo de vigilancia, sin que ella supiera que estaba siendo observada, por supuesto.
Su comportamiento era el de una niña con rutinas claras, vínculos afectivos visibles con ambos adultos, y ningún signo de la tensión o el malestar que suelo documentar en casos donde de verdad existe un problema de fondo en el hogar investigado.
—¿Puede ser más específico sobre a qué se refiere con "vínculos afectivos visibles"?
—En una ocasión, observé al señor Vargas ayudando a la menor con deberes escolares durante casi una hora, con una paciencia que no suele fingirse fácilmente ante una cámara que el sujeto observado desconoce que existe.
En otra, vi a la menor correr hacia él nada más verlo entrar por la puerta del edificio, con una espontaneidad que, profesionalmente hablando, es muy difícil de simular de manera sostenida.
Aquellas palabras, pronunciadas con la objetividad fría propia de un informe técnico, tuvieron sin embargo un efecto profundamente emocional en la sala, y Renata sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas sin poder evitarlo, escuchando a un desconocido contratado específicamente para encontrar grietas describir, con precisión casi poética a pesar de su tono profesional, exactamente la clase de familia que habían conseguido construir entre los tres.
Marisol, que había insistido en acompañarlos hasta la puerta del juzgado aunque no pudiera entrar en la sala por no ser parte formal del proceso, esperó durante toda la sesión en la cafetería más cercana, mandando mensajes de ánimo cada media hora que Renata no podía leer hasta los breves descansos permitidos.
Cuando por fin Renata pudo revisar el teléfono durante el receso, encontró una decena de mensajes que iban desde la preocupación genuina hasta el humor absurdo que Marisol usaba, sabía Renata, como su propia manera de gestionar los nervios ajenos.
"¿Ya ha empezado? ¿Necesitáis que os lleve algo?
¿Café, agua, un abogado de refuerzo por si el vuestro flaquea?
" decía uno de los mensajes, seguido, minutos después, de otro mucho más serio: "Sea lo que sea que decidan ahí dentro, ya habéis ganado algo que ningún juez os puede quitar. Os quiero a los tres."
Renata le respondió brevemente, resumiendo lo sucedido hasta el momento, y la respuesta de Marisol llegó casi de inmediato, con una efusividad que hizo sonreír a Renata en mitad de la tensión del pasillo del juzgado: "Sabía que ese investigador tenía cara de buena persona debajo de esa chaqueta gris tan sospechosa.
Voy a preparar algo especial para cuando volváis, sea lo que sea que decida finalmente el juez. "
Aquel intercambio breve de mensajes, en mitad de la formalidad institucional del juzgado, le recordó a Renata cuántas personas se habían sumado, sin pedírselo nadie, a sostener aquel proceso desde fuera, formando una red de apoyo que había resultado, con el tiempo, tan importante como cualquier documento legal presentado ante la jueza.
Antes de que Fermín interrumpiera a su propio abogado, hubo un momento tenso en el interrogatorio del investigador que Renata recordaría durante mucho tiempo como el punto más bajo de toda la sesión: el abogado de Fermín, insistiendo en la discrepancia de las cinco semanas, preguntó directamente al investigador si, en su opinión profesional, aquella discrepancia podía interpretarse como "un patrón deliberado de manipulación del sistema judicial por parte de la señora Solá y el señor Vargas".
El investigador dudó un momento antes de responder, y aquella pausa, breve pero perceptible para todos los presentes en la sala, pareció alargarse hasta hacerse casi insoportable para Renata, que sentía el corazón latiéndole con fuerza mientras esperaba la respuesta que podía, en cuestión de segundos, desmoronar todo lo que habían construido.
—No lo interpretaría así, letrado. Un patrón de manipulación deliberada implicaría, en mi experiencia, un esfuerzo continuado por ocultar la verdad incluso cuando ya no resulta necesario para los fines originales.
En este caso, observé exactamente lo contrario: una relación que, lejos de ocultarse, se presentaba cada vez con más naturalidad ante terceros, incluidos vecinos, personal educativo, e incluso, según consta en el propio expediente judicial, ante este mismo tribunal, mediante un escrito voluntario de aclaración presentado antes de que yo entregara mi informe final.