Capítulo 10
La jueza, que se presentó simplemente como "señoría Aróstegui" sin más formalidades, empezó la sesión repasando en voz alta el contenido del expediente: la solicitud inicial de Fermín, el informe de Almudena, el escrito complementario de Nayara, y finalmente, con una pausa deliberada que a Renata le pareció eterna, el informe del investigador privado contratado por el abogado de Fermín.
—Antes de entrar en las alegaciones de las partes, quiero escuchar directamente al investigador que firma este informe —anunció la jueza, consultando sus notas—. Tengo algunas preguntas sobre la metodología empleada para recabar esta información.
El investigador, el mismo hombre de chaqueta gris que Marisol había descrito meses atrás, se sentó en el estrado destinado a los testigos con una tranquilidad profesional que a Renata le costó no interpretar como hostil, aunque sabía, racionalmente, que aquel hombre solo hacía su trabajo.
—¿Cómo obtuvo la información sobre las fechas de convivencia? —preguntó la jueza, sin rodeos.
—Mediante entrevistas informales a vecinos del edificio, consulta de registros de empadronamiento, y observación directa durante un periodo de tres semanas.
—¿Y qué concluyó, en su opinión profesional, sobre la naturaleza de la relación entre la señora Solá y el señor Vargas?
El investigador dudó un momento, algo que Renata no esperaba de alguien contratado específicamente para encontrar grietas en su historia.
—Concluí que existía una discrepancia entre la fecha de inicio declarada y la fecha real, de aproximadamente cinco semanas.
Pero también concluí, y así lo hice constar en mi informe, que la convivencia observada durante el periodo de vigilancia era consistente, estable, y que no encontré ningún indicio de que la relación fuera fingida en el momento actual, independientemente de sus circunstancias iniciales.
Aquella última frase, que Renata no recordaba haber leído con tanta claridad en el documento que Nayara les había mostrado semanas atrás, pareció sorprender también al propio abogado de Fermín, que se removió en su asiento con visible incomodidad.
—¿Puede ampliar esa última afirmación? —pidió la jueza.
—Observé a la pareja compartiendo rutinas domésticas ordinarias durante tres semanas: comidas, cuidado de la menor, resolución conjunta de problemas cotidianos.
Nada de lo que presencié sugería una actuación sostenida para las cámaras o para mi propia vigilancia, de la cual, por otro lado, no eran conscientes durante buena parte del periodo observado.
Renata sintió que algo se aflojaba en su pecho al escuchar aquello, la validación inesperada de un hombre contratado precisamente para desmontar su historia, y a su lado, Teo le apretó la mano con disimulo, sin que el gesto se notara desde el resto de la sala.
El abogado de Fermín, visiblemente descolocado por el rumbo que estaba tomando el testimonio de su propio investigador, intentó reconducir la situación con una serie de preguntas más agresivas sobre la cronología exacta de los hechos, insistiendo en la discrepancia de las cinco semanas como prueba de mala fe inicial.
La jueza le permitió continuar durante un rato, pero interrumpió finalmente con una observación que Renata guardaría en la memoria durante mucho tiempo.
—Letrado, entiendo su estrategia, pero este tribunal ha visto suficientes casos de familia para saber que el origen de una relación no determina automáticamente su valor presente.
Lo que me interesa, y lo que la ley me exige valorar, es el interés superior de la menor en el momento actual, no la pureza moral de cómo empezaron las circunstancias que la rodean.
Fermín, sentado junto a su abogado, se removió en su asiento con una expresión que Renata no supo interpretar del todo, hasta que, unos minutos después, cuando su abogado se disponía a continuar con la línea de interrogatorio agresivo, levantó la mano para interrumpirlo directamente, algo que provocó un murmullo sorprendido en toda la sala.
—Señoría, si se me permite hablar directamente.
No estoy de acuerdo con la estrategia de mi propio abogado en este punto concreto.
Antes de que empezara la sesión formal, mientras esperaban en el pasillo del juzgado, Renata había repasado mentalmente, una vez más, todo lo que Nayara les había preparado: el orden de las intervenciones, las preguntas más probables, la manera correcta de responder sin parecer ni demasiado ensayados ni demasiado nerviosos.
Coral, sentada entre ella y Teo con su carpeta pequeña sobre las rodillas, observaba el ir y venir de otras familias con la misma curiosidad clínica de siempre, comentando en voz baja sus propias teorías sobre quién parecía más nervioso y por qué.
—Esa familia de allí lleva ropa demasiado elegante para un martes cualquiera. Seguro que están intentando impresionar al juez con el vestuario.
—Coral, baja la voz.
—Solo digo lo que veo. Es información relevante, como diría el abogado del tío Fermín.
Cuando por fin los llamaron a entrar, Renata sintió que las piernas le pesaban de una manera que no recordaba haber sentido ni siquiera el día de la apendicitis de Coral, y fue Teo quien, con un gesto discreto, le puso la mano en la parte baja de la espalda, guiándola hacia dentro con una firmeza tranquila que ella agradeció más de lo que las palabras habrían podido expresar en ese momento.
La sala, tal como Nayara les había anticipado, era mucho menos imponente de lo que Renata había imaginado en sus noches de insomnio de las últimas semanas: una habitación funcional, con mobiliario institucional y ninguna de las grandilocuencias que las películas le habían hecho esperar.
La jueza Aróstegui, ya sentada tras su mesa cuando entraron, les indicó sus asientos con un gesto breve, sin ninguna hostilidad aparente pero tampoco con ninguna calidez innecesaria, y Renata entendió, en ese primer vistazo, que aquella mujer había presidido probablemente cientos de casos similares y que no iba a dejarse impresionar por nada que no fuera la sustancia real de lo que se presentara ante ella.
Antes de llamar al investigador al estrado, la jueza Aróstegui repasó en voz alta las declaraciones escritas de Almudena y de Pilar, incorporadas al expediente semanas atrás, deteniéndose especialmente en un párrafo de la trabajadora social que parecía haber captado su atención de manera particular.
—La señora Almudena Ferrer escribe, y cito textualmente: "En mi experiencia profesional de doce años en servicios sociales, la estabilidad de un hogar no se mide por la pureza de sus orígenes, sino por la consistencia observable en el día a día de la menor.
En este caso concreto, dicha consistencia es notable y sostenida en el tiempo".
¿Alguna de las partes desea comentar este extremo antes de continuar?
Nayara se puso en pie brevemente para confirmar que se remitían al contenido íntegro del informe, sin necesidad de ampliación oral, y el abogado de Fermín, tras una consulta breve y en voz baja con su cliente, hizo lo mismo, aunque con visible menos convicción.
Fue entonces cuando la jueza llamó al investigador privado al estrado, y Renata sintió que el corazón le daba un vuelco al ver a aquel hombre de chaqueta gris —esta vez sin la chaqueta, vestido con más formalidad para la ocasión— tomando asiento en el lugar destinado a los testigos.
El interrogatorio inicial, conducido por el propio abogado de Fermín, discurrió por los cauces esperados: preguntas sobre metodología, sobre las fechas exactas de discrepancia encontradas, sobre los testimonios recabados entre los vecinos del edificio.
Renata escuchaba cada respuesta con el estómago encogido, esperando el momento en que aquella información se usara para pintarlos como mentirosos calculadores, y fue precisamente en ese punto de máxima tensión cuando la jueza intervino con sus propias preguntas, desviando el rumbo del testimonio hacia un territorio que ni Nayara ni el propio abogado de Fermín habían anticipado del todo.
Antes de que la jueza dirigiera sus preguntas directamente al investigador, había concedido un turno breve a cada una de las partes para exponer sus posiciones iniciales, y fue Nayara quien, con la voz firme que Renata ya conocía de tantas conversaciones en la trastienda de la pastelería, presentó el caso con una claridad que a Renata le pareció, escuchándola desde su asiento, mucho más convincente de lo que había sonado en los ensayos previos.
—Señoría, mi representada no pretende ocultar que la relación entre ella y el señor Vargas comenzó en circunstancias poco convencionales, motivadas por la necesidad de demostrar estabilidad ante la amenaza de una reclamación de custodia.
Eso consta expresamente en el escrito complementario que presentamos hace semanas, por iniciativa propia y sin que ningún investigador nos obligara a hacerlo.
Lo que pedimos a este tribunal es que valore lo que existe hoy, no las circunstancias que lo originaron, del mismo modo en que valoraría cualquier otra familia formada por caminos menos convencionales de lo habitual.
El abogado de Fermín, por su parte, insistió en su turno inicial en la importancia de la transparencia procesal, argumentando que una relación construida sobre una mentira inicial, por muy bien intencionada que pareciera después, sentaba un precedente peligroso si se validaba sin más matices ante un tribunal de familia.
—No se trata de juzgar el amor que pueda haber surgido después, señoría, sino de valorar si el proceso que llevó a esa situación respetó la buena fe que este tribunal exige de todas las partes involucradas en un procedimiento de esta naturaleza.