Un hogar para dos y medio Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Se quedaron así, en silencio, disfrutando de la quietud poco habitual de una noche sin urgencias inmediatas, sabiendo que al día siguiente tendrían que presentarse ante un juez con todo lo que habían construido puesto, una vez más, bajo escrutinio formal, pero confiando, por primera vez con una certeza que no necesitaba ya ningún cuaderno de pruebas para sostenerse, en que fuera cual fuera la decisión final, ya habían ganado algo que ningún juzgado podría quitarles: la certeza tranquila de haberse encontrado el uno al otro en medio del peor momento posible, y de haber decidido, contra todo pronóstico razonable, quedarse.

La mañana de la vista, Renata se despertó antes de que sonara el despertador, con esa lucidez extraña de los días importantes en que el cuerpo decide estar alerta mucho antes de lo estrictamente necesario.

Se quedó un momento en la cama, escuchando los ruidos habituales de la casa despertándose: Teo en la ducha, Coral trasteando en su habitación con la ropa que había elegido la noche anterior "para causar buena impresión, aunque el juez no me vaya a mirar mucho a mí".

Pensó, mientras se vestía, en todo lo que habían atravesado desde aquel primer mensaje del bufete Ochoa y Fernán, en una tarde cualquiera que ahora le parecía pertenecer a otra vida completamente distinta, y sintió, junto a los nervios inevitables del día, una calma nueva que no había tenido en ninguna de las citas legales anteriores: la calma de saber que, decidiera lo que decidiera el juez esa mañana, ya no tenían nada que ocultar, ni fechas que disimular, ni ninguna mentira sosteniendo el peso de lo que habían construido juntos.

Bajaron los tres juntos hacia el coche de Teo, Coral entre los dos con su vestido elegido con tanto cuidado y una carpeta propia, pequeña, donde había insistido en guardar su cuaderno de "pruebas de que esto es real", "por si acaso hace falta enseñárselo a alguien importante".

Renata no le quitó la idea de la cabeza.

Después de todo lo que habían atravesado juntos, le pareció que aquel cuaderno, escrito con letra torcida y observaciones implacables, merecía tanto lugar en aquella sala como cualquier documento redactado por Nayara.

En el trayecto hasta el juzgado, con Coral cantando en voz baja una canción inventada sobre carpetas y jueces que solo tenía sentido para ella, Teo le buscó la mano a Renata por encima del cambio de marchas, sin decir nada, y ella se la apretó con fuerza, agradeciendo en silencio no tener que atravesar aquella mañana sola, como había temido tener que hacerlo tantas veces durante los primeros días después del funeral, cuando todavía no sabía que la respuesta a tanto miedo acumulado iba a bajar, semanas después, con un paquete mal entregado y una propuesta que en aquel momento le había parecido, sencillamente, absurda.

Llegaron al juzgado con tiempo de sobra, y mientras esperaban en el pasillo a que los llamaran, Coral se sentó entre los dos con su carpeta pequeña sobre las rodillas, observando el ir y venir de abogados y familias con la misma curiosidad forense con la que observaba todo lo demás desde hacía meses.

Nayara llegó pocos minutos después, con su propia carpeta mucho más gruesa, y les dedicó una sonrisa breve pero sincera antes de indicarles que había llegado el momento de entrar.

—Pase lo que pase ahí dentro —susurró Renata, apretando la mano de Coral con una y la de Teo con la otra, justo antes de cruzar la puerta de la sala—, ya hemos ganado lo más importante, y eso nadie nos lo va a poder quitar nunca, decida lo que decida cualquier juez esta mañana.

La sala, más pequeña de lo que Renata había imaginado en sus repasos mentales de las últimas semanas, tenía la sobriedad funcional de cualquier despacho institucional, sin ningún elemento que justificara el peso simbólico que llevaba meses cargando en su cabeza.

El juez, una mujer de mediana edad con gafas y expresión neutra, les indicó que tomaran asiento con un gesto breve, y Renata, sentada entre Teo y Coral, con Nayara a su lado y Fermín y su abogado al otro extremo de la sala, sintió que todo lo vivido en los últimos meses convergía, por fin, en aquella habitación pequeña y sin ningún adorno especial.

Fuera lo que fuera lo que decidiera esa mujer en las próximas horas, Renata ya sabía, con una certeza que ningún veredicto podría alterar, que había hecho todo lo posible, con honestidad y sin reservas, por defender a la familia que habían construido entre los tres.

Y eso, decidiera lo que decidiera el sistema legal, era ya, en sí mismo, una victoria que ningún papel oficial necesitaba certificar para que Renata la sintiera completamente suya.

Y con esa certeza sencilla sostenida en el pecho, más firme que cualquier argumento legal preparado durante semanas, Renata se giró hacia Teo y hacia Coral, buscando en sus caras el mismo valor tranquilo que ella misma necesitaba para atravesar, por fin, la última puerta que les quedaba por cruzar juntos antes de que todo aquello, de una manera u otra, llegara a su desenlace definitivo.

La secretaria judicial, sentada junto al juez, terminó de ordenar los documentos sobre la mesa mientras esperaba la señal para dar comienzo formal a la sesión, y en ese breve instante de silencio previo, Renata se permitió una última mirada hacia Teo, buscando en sus ojos la misma calma que llevaba semanas ayudándola a sostenerse, y hacia Coral, que sujetaba su pequeña carpeta con ambas manos, seria, concentrada, dispuesta, si hacía falta, a defender con sus propias palabras lo que los tres habían construido juntos.