Capítulo 9 #3
Se quedaron abrazados un rato más, en la cocina en penumbra, mientras en su habitación Coral dormía ajena a la conversación, sin saber todavía que al día siguiente los tres se enfrentarían, por fin, a la verdad completa de lo que Fermín llevaba semanas guardándose como su última carta.
Por la mañana, antes de ir al despacho de Nayara, Renata se encontró preparando la pastelería con una calma extraña, casi mecánica, como si el cuerpo hubiera decidido seguir funcionando con normalidad mientras la cabeza se preparaba, por separado, para lo que fuera a pasar esa tarde.
Marisol, que notó el silencio distinto de esa mañana, no hizo ninguna broma esta vez, limitándose a ofrecerle un abrazo breve antes de que Renata se marchara a recoger a Teo camino del despacho.
—Vais a estar bien, pase lo que pase —le dijo, con una certeza que Renata no supo si compartir del todo—. Y si no estáis bien de inmediato, vais a estar bien después. Eso también cuenta.
Coral se había quedado con ella en la pastelería, ajena por completo a la gravedad de la reunión que sus dos adultos de referencia tenían esa tarde, entretenida con un nuevo cuaderno de dibujo que Marisol le había regalado para la ocasión, con la excusa de "necesitar ayuda con el diseño de las nuevas cajas de pastelería, que las actuales están ya muy vistas".
Renata llegó al despacho de Nayara con Teo, ambos en silencio durante todo el trayecto, cada uno perdido en sus propias proyecciones de lo que podían encontrar en aquel documento.
La sala de espera del bufete, pequeña y decorada con la misma sobriedad profesional que el resto del despacho, les pareció, esa tarde, más pequeña y más cargada de lo habitual, como si las paredes mismas hubieran absorbido parte de la tensión que ambos llevaban acumulando desde la llamada de la mañana.
—Pase lo que pase ahí dentro —dijo Teo, justo antes de que Nayara los llamara a su despacho—, quiero que sepas que no me arrepiento de nada de lo que hemos construido, ni siquiera si esto sale mal del todo.
—Yo tampoco, Teo. Pase lo que pase.
Se cogieron de la mano, sin ningún propósito estratégico de por medio, solo la necesidad simple de sentir el apoyo del otro antes de entrar juntos a enfrentar lo que fuera que el documento de Fermín tuviera guardado, y cuando Nayara abrió la puerta de su despacho, invitándolos a pasar con una expresión que no revelaba nada del contenido que estaban a punto de descubrir, ambos entraron con la misma determinación silenciosa con la que habían enfrentado, semanas atrás, la primera visita de Almudena.
Nayara empujó el documento hacia ellos, sin preámbulos innecesarios, y Renata lo leyó con Teo inclinado sobre su hombro, ambos conteniendo la respiración mientras avanzaban línea por línea.
La "información relevante" resultó ser, finalmente, exactamente lo que ya habían anticipado: un informe del investigador contratado por Fermín documentando discrepancias en las fechas declaradas de convivencia, apoyado en testimonios de vecinos que confirmaban haber visto a Teo mudarse "oficialmente" varias semanas después de la fecha que constaba en el expediente original.
No había, sin embargo, ninguna mención al pasado de Teo con el proceso de acogida, ninguna referencia a Inés ni a nada que pudiera considerarse un ataque personal más allá de la cuestión estrictamente temporal.
Nayara, observando la reacción de alivio en las caras de ambos, no perdió tiempo en explicar por qué.
—El abogado de Fermín debió de decidir, en algún momento, que atacar por ahí sería visto como excesivamente agresivo, sobre todo después de que vosotros mismos hayáis presentado la cronología real con tanta transparencia.
Atacar algo que ya habéis admitido abiertamente pierde buena parte de su fuerza como arma legal.
—Entonces, ¿qué significa esto para la vista?
—Significa que el documento del investigador básicamente confirma lo que ya hemos contado nosotros mismos, sin descubrir nada que no supiéramos. En términos legales, esto juega mucho más a nuestro favor de lo que Fermín probablemente esperaba cuando encargó la investigación.
Renata sintió que el alivio le recorría el cuerpo entero, una sensación física tan intensa que tuvo que apoyarse un momento en el brazo de Teo para no perder el equilibrio, no por debilidad, sino por la descarga repentina de semanas enteras de tensión acumulada que finalmente encontraban una salida.
—Todavía queda la vista —advirtió Nayara, con la cautela profesional que nunca la abandonaba del todo—.
Y todavía queda la decisión final de un juez que no conocemos y que puede sorprendernos en cualquier dirección.
Pero hoy, en este despacho, con este documento sobre la mesa, puedo deciros con honestidad que estáis en una posición mucho más sólida de la que teníais hace apenas unas semanas.
Salieron del despacho de Nayara aquella tarde con una sensación de alivio que ninguno de los dos se atrevía todavía a llamar victoria, conscientes de que la vista definitiva seguía pendiente, con todas sus incertidumbres intactas, pero también con la certeza renovada de que habían atravesado juntos, sin romperse, la prueba más dura que Fermín había sido capaz de prepararles, y que fuera lo que fuera lo que decidiera finalmente un juez en las semanas siguientes, ya no lo enfrentarían fingiendo nada, sino con la verdad completa de lo que habían construido, puesta sobre la mesa desde el principio, sin nada más que ocultar.
A pesar del acuerdo verbal alcanzado en la reunión con Fermín, Nayara insistió en que nada estaba resuelto del todo hasta que un juez lo homologara formalmente, algo que no podría suceder antes de la vista ya programada, ahora convertida, según sus propias palabras, "en un trámite mucho menos hostil de lo que temíamos, pero trámite al fin y al cabo, con todas las incertidumbres que eso conlleva".
—Los jueces no siempre aprueban los acuerdos entre las partes sin más —advirtió, la tarde en que se reunieron para preparar los últimos detalles antes de la fecha fijada—.
Va a valorar si el acuerdo responde de verdad al interés superior de Coral, y aunque estoy convencida de que lo hace, no puedo prometeros que el proceso vaya a ser tan sencillo como parece ahora mismo, con todos tan aliviados después de la reunión.
—¿Qué puede complicarlo?
—Cualquier cosa, en teoría. Que el juez tenga dudas sobre la estabilidad real de vuestra relación, a pesar de todo lo que hemos presentado.
Que quiera entrevistar a Coral directamente, algo que no siempre sucede pero que tampoco se puede descartar.
Que Fermín, en el último momento, cambie de opinión sobre los términos exactos del acuerdo, aunque no tengo motivos para pensar que eso vaya a pasar después de lo visto en la reunión.
Renata sintió que la incertidumbre, lejos de desaparecer del todo con el acuerdo alcanzado, simplemente había cambiado de forma, transformándose de una amenaza abierta y hostil en una serie de pasos formales todavía por completar, cada uno con su propio margen de sorpresa posible.
Se lo comentó a Teo esa noche, mientras preparaban juntos la cena, y él, con la calma que había ido ganando terreno frente a la ansiedad constante de las primeras semanas, respondió con una certeza que a Renata le costó menos creer de lo que le habría costado meses atrás.
—Hemos superado cosas más difíciles que un trámite formal, Renata.
Sea lo que sea lo que pase en esa vista, ya sabemos que podemos con ello, juntos.
Después de la cena de pizza, ya con Coral dormida y la cocina recogida entre risas por el desastre de harina que había quedado esparcido por toda la encimera, Renata y Teo se quedaron un rato más despiertos, sentados en el sofá con las luces bajas, repasando mentalmente, sin necesidad de decirlo en voz alta, todo el camino recorrido desde aquella primera llamada de Nayara en la trastienda de la pastelería.
—¿Te acuerdas de cómo empezó todo esto? —preguntó Renata, apoyando la cabeza en su hombro—. Yo bajando con un paquete que ni siquiera era una excusa demasiado buena.
—Me acuerdo perfectamente. Y me acuerdo de pensar, mientras te escuchaba proponerme aquella locura, que probablemente iba a arrepentirme de decir que sí.
—¿Y te has arrepentido?
—Ni un solo día, Renata. Ni siquiera en los peores momentos, con Fermín presionando o con el miedo del hospital. Ni un solo día.