Un hogar para dos y medio Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Teo, sentado al borde de la cama con el termómetro todavía en la mano, se rio con ganas, algo que llevaba días sin hacer con esa naturalidad, y Renata, observando la escena desde la puerta, sintió que la tensión de las últimas semanas empezaba, poco a poco, a aflojarse un poco, aunque solo fuera por unos días de tregua doméstica forzada.

Nayara los visitó una tarde, más para ver cómo estaba Coral que por asuntos legales, y cuando Renata le contó la visita de Fermín al hospital y su decisión de retirar la solicitud de adelanto, la abogada se quedó pensativa un momento antes de responder.

—Eso es una buena señal, Renata. No resuelve el fondo del asunto, pero demuestra que Fermín no está tan cerrado a la negociación como parecía al principio.

Quizá, cuando Coral se recupere del todo, valga la pena explorar si hay una manera de resolver esto sin necesidad de llegar hasta el final de una vista contenciosa.

—¿Crees que es posible?

—Creo que la gente cambia de postura cuando ve de cerca lo que de verdad está en juego, y Fermín acaba de verlo muy de cerca esta semana.

No prometo nada, pero vale la pena intentarlo.

La semana siguiente al alta de Coral, con las cicatrices todavía cubiertas de vendajes y las revisiones postoperatorias marcando el calendario, Renata retomó la pastelería a un ritmo más pausado, apoyándose en Marisol para los turnos más largos mientras ella se quedaba en casa cuidando de Coral.

Teo ajustó también su horario en la clínica, delegando algunas consultas en un compañero para poder estar presente en las tardes más delicadas de la recuperación.

—Esto empieza a parecerse mucho a una familia de verdad, con horarios reajustados y todo —comentó Coral, una tarde, observando cómo los dos adultos coordinaban quién recogía las medicinas de la farmacia y quién se quedaba a vigilar que ella no se levantara del sofá más de lo estrictamente necesario.

—Siempre lo ha sido, Coral. Solo que ahora lo decimos en voz alta sin tanto rodeo.

—Me gusta más así. Menos cuaderno de mentiras, más vida normal con discusiones normales sobre nevera y horarios.

Durante esos días de convalecencia forzada, sin urgencias legales inmediatas gracias a la retirada de la solicitud de adelanto por parte de Fermín, Renata y Teo tuvieron tiempo de hablar con calma de todo lo que la discusión de la cocina había dejado sin resolver del todo: qué pasaría con la pastelería si algún día decidían formalizar más su relación, si Teo consideraría mudarse definitivamente al piso de arriba o si preferirían buscar algo nuevo entre los dos, cómo querían explicarle a Coral, con el tiempo, lo que fueran a decidir sobre su futuro juntos.

—No tengo prisa por resolver todo esto de golpe —dijo Teo, una noche, mientras Coral dormía ya recuperada casi del todo—. Solo quiero que sepas que, decida lo que decida el juzgado, yo ya he decidido lo mío. Quiero quedarme, Renata. No por Coral, aunque también por ella. Por ti, principalmente.

—Yo también he decidido lo mío, Teo. Hace tiempo, aunque me haya costado tanto decirlo con la misma claridad que tú.

Se quedaron un rato en silencio, sentados en el sofá con la casa en calma alrededor, el puzle terminado todavía en la estantería con su hueco pequeño en el cielo azul, y por primera vez desde que había empezado todo aquel proceso improvisado, Renata sintió que el futuro, por incierto que siguiera siendo en el terreno legal, ya no le daba el mismo vértigo que semanas atrás.

La tregua, sin embargo, no duró tanto como a Renata le habría gustado.

Un lunes por la mañana, casi tres semanas después del alta de Coral, Nayara llamó con una noticia que devolvió de golpe toda la tensión que habían conseguido aliviar durante la convalecencia.

—El abogado de Fermín ha presentado el documento con la "información relevante" que llevaba semanas prometiendo. Necesito que vengas al despacho esta tarde, con Teo si puede acompañarte. Es mejor que lo veáis juntos, y que lo veáis antes de que se incorpore oficialmente al expediente.

—¿Es tan grave como suena por tu tono?

—Es información que puede complicar bastante las cosas, sí. No quiero adelantarte nada por teléfono. Prefiero que lo leáis con calma, aquí, donde pueda explicaros exactamente qué implicaciones tiene cada punto.

Renata colgó con el estómago encogido de una manera que le resultaba dolorosamente familiar, la misma sensación de la primera llamada de Nayara, semanas atrás, cuando todo aquello había empezado.

Llamó a Teo de inmediato, y cuando se lo contó, notó en su silencio al otro lado de la línea la misma inquietud que ella sentía, aunque ninguno de los dos quiso nombrarla del todo antes de saber, con certeza, a qué se enfrentaban exactamente.

Esa tarde, sentados los dos frente a Nayara en su despacho, con Coral al cuidado de Marisol en la pastelería, la abogada abrió la carpeta con el documento nuevo y se lo tendió sin preámbulos, sabiendo que cualquier introducción suave solo alargaría innecesariamente el momento en que tendrían que enfrentarse, por fin, a lo que fuera que Fermín llevaba semanas preparando en la sombra.

La noche anterior a la reunión en el despacho de Nayara para revisar el documento de Fermín, Renata apenas durmió, repasando mentalmente todas las posibilidades de lo que podía contener aquella "información relevante" que llevaba semanas amenazando desde la distancia.

Pensó en el investigador de chaqueta gris, en las preguntas a los vecinos, en la posibilidad de que hubiera encontrado algo mucho más comprometedor que una simple discrepancia de fechas: quizá algo sobre el pasado de Teo con el proceso de acogida torcido, algo que él mismo había insistido en mantener en privado desde el principio del trato.

Se lo comentó a Teo esa misma noche, con cuidado, sin querer sonar acusatoria.

—¿Hay algo de lo tuyo que pueda salir a la luz y que no me hayas contado? No te lo pregunto para juzgarte. Te lo pregunto porque si vamos a enfrentar esto juntos mañana, prefiero no llevarme sorpresas delante de Nayara.

Teo se quedó callado un momento largo, y cuando por fin habló, su voz sonó más vulnerable de lo que Renata le había oído nunca.

—El proceso de acogida que se torció no fue culpa mía, legalmente hablando.

Hubo una investigación, me investigaron a mí junto con los servicios sociales, por una acusación que resultó ser infundada, hecha por un familiar biológico de los niños que no quería perder la custodia.

Me absolvieron de cualquier responsabilidad, pero el expediente existe, y si alguien lo encuentra sin contexto, sin saber que la acusación fue retirada por falta de fundamento, puede usarse para pintarme como alguien peligroso para estar cerca de menores.

Renata sintió que el miedo se le instalaba en el pecho con una fuerza nueva, no por desconfianza hacia Teo, sino por la injusticia evidente de que algo así pudiera resurgir, años después, para hacerle daño precisamente cuando más protegido debería estar.

—¿Por qué no me lo contaste antes?

—Porque cada vez que lo pienso, vuelvo a sentir la misma vergüenza de entonces, aunque sepa racionalmente que no hice nada malo. Y porque tenía miedo de que, si te lo contaba, empezaras a mirarme distinto, aunque fuera solo un poco.

—No te miro distinto, Teo. Te miro con más ganas de protegerte de lo que ya sentía, si eso es posible.

Se abrazaron en la cocina, con el miedo compartido de lo que fuera que Nayara les mostrara al día siguiente, pero también con la certeza renovada de que, fuera lo que fuera, lo enfrentarían juntos, sin secretos entre ellos, algo que ninguno de los dos había tenido con nadie más en mucho tiempo.

Aquella misma noche, después de la conversación sobre el expediente de acogida de Teo, Renata llamó a Nayara para preguntarle directamente, sin rodeos, si aquel antecedente, aunque archivado sin cargos, podía suponer un problema real en la vista.

—Depende de cómo se presente —respondió Nayara, con la franqueza profesional que Renata ya agradecía como una de sus mejores cualidades—.

Si el abogado de Fermín lo presenta sin contexto, buscando sembrar dudas sin mencionar que la acusación fue retirada, podemos combatirlo fácilmente con la documentación oficial del archivo del caso.

Si lo presenta con manipulación deliberada de los hechos, hay margen incluso para plantear una queja formal por mala praxis.

—¿Y si el juez, a pesar de todo, se queda con la duda sembrada, aunque sepa que fue infundada?

—Eso es un riesgo que no puedo eliminar del todo, Renata.

Los jueces son personas, y las personas a veces se quedan con la sombra de una acusación aunque conozcan los hechos completos.

Pero es un riesgo que existía desde el principio, esté documentado o no, y prefiero mil veces enfrentarlo con toda la información sobre la mesa que dejar que aparezca como una sorpresa el día de la vista.

Colgó con la sensación de haber hecho, otra vez, todo lo que estaba en su mano, y se lo contó a Teo, que había estado escuchando la conversación desde el sofá con una tensión visible en los hombros que solo pareció aflojarse un poco cuando Renata terminó de repetirle, palabra por palabra, la explicación de Nayara.

—Gracias por no salir corriendo cuando te lo he contado —dijo él, en voz baja, mirándose las manos en lugar de a ella—. Una parte de mí llevaba meses temiendo este momento, imaginando que si alguna vez salía a la luz, perdería no solo el caso, sino también a vosotras dos.

—No vamos a ninguna parte, Teo. Ni Coral ni yo. Pase lo que pase con el juzgado, con Fermín, con cualquier sombra del pasado que decida reaparecer.