Capítulo 8 #3
—Esto empieza a parecer de verdad tu casa también, y no solo un lugar donde guardas el cepillo de dientes —observó Renata, una tarde, viendo cómo Teo colocaba la cafetera en un rincón específico de la encimera, con la precisión de quien lleva mucho tiempo pensando en el sitio exacto donde debería ir.
—Llevo semanas sintiendo que ya lo es, la verdad. Solo me faltaba traer las cosas para que lo pareciera también por fuera.
Coral, que supervisaba la operación con su rigor habitual, decidió que aquel momento merecía una entrada especial en su cuaderno de pruebas, esta vez con un dibujo elaborado que incluía la pecera de Boro, la cafetera del abuelo, y las tres figuras familiares ya reconocibles sin necesidad de explicación adicional.
—Esto sí que es una prueba sólida —anunció, mostrándoles el dibujo terminado—.
Nadie muda una cafetera de la familia a una casa que no considera propia.
Eso lo sabe cualquiera. Cuando Renata le contó a Coral, esa misma noche, la propuesta de Fermín sobre las visitas regulares, esperaba una reacción más compleja de la que finalmente obtuvo.
Coral se quedó pensando un momento, con la seriedad habitual, y después respondió con una pregunta directa que resumía, mejor que cualquier discurso adulto, lo que de verdad le importaba en aquel asunto.
—¿Eso significa que sigo viviendo aquí, con vosotros y con Boro, y que Fermín solo viene de visita de vez en cuando?
—Eso es exactamente lo que significa, sí.
—Entonces me parece bien. Puedo tener sitio en mi vida para más de dos adultos, no es tan complicado como parece. Solo necesito saber cuál es mi casa de verdad, y esa ya la tengo clara.
Renata sintió que aquella respuesta, tan sencilla en apariencia, contenía una sabiduría que a los adultos, enredados en fechas y estrategias legales durante meses, les había costado mucho más tiempo alcanzar.
Se lo contó a Teo esa misma noche, y él, escuchándola con la misma atención de siempre, comentó algo que se quedó grabado en Renata durante días.
—A veces pienso que hemos pasado meses enteros intentando resolver, con abogados y documentos, algo que Coral resolvió en cinco minutos con una claridad que ninguno de nosotros tenía.
—Los niños tienen esa ventaja. No necesitan que todo encaje perfectamente en categorías legales para saber, con certeza, dónde están seguros.
La noche antes de la vista, ya con todo preparado y repasado hasta el último detalle, Teo propuso algo que rompía por completo con la seriedad de los días anteriores: una cena especial, sin lentejas, cocinada por los tres juntos, celebrando, según sus propias palabras, "todo lo que hemos construido, independientemente de lo que decida mañana cualquier juez".
—¿Podemos hacer pizza casera? —pidió Coral, ya instalada en su papel de supervisora culinaria—. Es lo único que sé hacer sin que salga fatal.
Pasaron la tarde entera amasando, discutiendo sobre la proporción correcta de tomate y queso, y riéndose de los intentos fallidos de Teo por conseguir una forma redonda mínimamente decente en su porción de masa.
Fue una tarde ordinaria, sin urgencias legales, sin cuadernos de mentiras ni de pruebas, solo tres personas compartiendo una cena improvisada la noche antes de un día importante, y a Renata, mientras observaba a Coral explicándole a Teo con total seguridad cómo repartir el queso "de manera uniforme, no como quien tira comida al azar", le pareció que aquella escena resumía, mejor que cualquier documento legal, todo lo que estaban a punto de defender al día siguiente delante de un juez.
Antes de acostarse esa misma noche, Coral, todavía con restos de harina en el pelo pese al baño, se asomó una última vez al salón donde Renata y Teo terminaban de recoger, con una pregunta que llevaba todo el día guardándose.
—Si mañana el juez dice cosas raras, ¿puedo decirle que se equivoca?
—Es mejor que dejes hablar a los mayores, Coral. El juez sabe hacer su trabajo.
—Ya, pero si dice algo que no es verdad sobre nosotros, me parece que tendría que poder corregirlo. Para eso llevo meses documentando pruebas.
Teo se agachó a su altura, con la seriedad que reservaba para las conversaciones importantes, y le explicó, con paciencia, que probablemente no le pedirían hablar directamente, pero que si lo hacían, lo único que necesitaba era decir la verdad, tal como la sentía, sin preocuparse de convencer a nadie de nada.
—La verdad ya es bastante convincente por sí sola, cuando es de verdad verdad —añadió, con una sonrisa que hizo reír a Coral a pesar del cansancio del día.
—Eso ha sonado a frase de las que se dicen en las películas.
—Puede ser. Pero no por eso deja de ser cierto.
Coral se fue a dormir con esa frase rondándole en la cabeza, y Renata, observando la escena desde la puerta de la cocina, pensó que si algo había aprendido en los últimos meses era, precisamente, eso: que la verdad, sostenida sin miedo, terminaba siendo más sólida que cualquier estrategia cuidadosamente construida para disimularla.