Un hogar para dos y medio Capítulo 8 #2
62%

Capítulo 8 #2

Renata sonrió, apoyando la cabeza en su hombro, y pensó que quizá aquella era la explicación más honesta que había tenido de por qué Teo había aceptado el trato desde el principio, mucho más allá de las condiciones escritas en el reverso de una factura de harina.

Marisol, cuando se enteró del episodio de Inés a través de un resumen bastante editorializado de Coral, no perdió la oportunidad de burlarse de Renata durante toda una mañana de trabajo en la pastelería.

—Así que la gran estratega legal, capaz de mentir a una trabajadora social sin pestañear, se pone celosa por un gato.

—No fue por el gato.

—Ya lo sé, pero suena mejor si lo cuento así. Deberías haber visto tu cara cuando Coral me lo describió. "Cara de últimos cruasán de chocolate", creo que dijo textualmente.

—Coral tiene un talento especial para las comparaciones humillantes.

—Coral tiene un talento especial para decir la verdad sin filtro, que es distinto y probablemente más valioso a largo plazo. Deberías escucharla más a menudo, sobre todo cuando dice cosas que tú misma llevas semanas evitando admitir.

Renata no respondió a eso directamente, ocupada decorando una bandeja de pasteles para un pedido de última hora, pero se quedó pensando en la observación de Marisol durante el resto de la mañana, reconociendo, no por primera vez, que su sobrina de siete años parecía tener un acceso más directo a la verdad emocional de la casa que cualquiera de los adultos que la rodeaban, incluida ella misma.

Días después del episodio de Inés, mientras esperaban resultados de una revisión rutinaria en la clínica antes de una de las citas de Coral, Renata se sorprendió a sí misma haciendo una pregunta que llevaba tiempo evitando, motivada quizá por la sinceridad reciente que se había instalado entre ella y Teo desde la discusión de la cocina.

—¿Alguna vez pensaste en tener hijos propios, antes de todo esto? Con Inés, o con alguien más.

Teo se quedó un momento pensando la respuesta, ordenando instrumental sobre la mesa metálica de la consulta con más cuidado del necesario.

—Con Inés no llegamos a hablarlo en serio, la relación no duró lo suficiente para esas conversaciones.

Después del proceso de acogida que se torció, dejé de plantearme la paternidad como algo que quisiera para mí, al menos de manera directa.

Me parecía que ya había fallado una vez en algo parecido, y no quería arriesgarme a repetir esa sensación.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo una niña de siete años que me hace preguntas incómodas sobre besos en la sala de espera de mi propia clínica y que documenta nuestros celos en un cuaderno especializado.

No sé si eso cuenta técnicamente como paternidad, pero se le parece bastante más de lo que había esperado sentir otra vez en mi vida.

Renata sonrió, y por un momento se permitió imaginar, sin miedo, un futuro más amplio del que había considerado posible en meses: no solo Coral, no solo Teo, sino algo más grande y más estable que ninguno de los tres había planeado del todo al principio, pero que se había ido construyendo, pieza a pieza, con la misma paciencia con la que habían completado aquel puzle de cielo azul con un hueco pequeño en la esquina.

El episodio de los celos, con el tiempo, se convirtió en una broma recurrente entre los tres, del tipo que solo se instala cuando algo ha dejado de doler lo suficiente como para poder reírse de ello con libertad.

Coral lo sacaba a colación cada vez que quería molestar a Renata con cariño, normalmente en los momentos menos oportunos, como una tarde en que un compañero de trabajo de Teo, un hombre mayor con más de veinte años de experiencia veterinaria, se acercó a saludarlos en la calle.

—Cuidado, tía, otro posible sospechoso a la vista.

—Tiene sesenta y tantos años, Coral, y lleva casado treinta.

—Los celos no entienden de edad ni de estado civil. Lo dice la revista de la sala de espera.

—Tenemos que hablar seriamente sobre qué lees en esa sala de espera.

Teo, que escuchaba la conversación con una sonrisa cada vez más amplia, no perdió la oportunidad de sumarse a la broma, algo que se había convertido, sin que ninguno lo planeara, en una de las dinámicas más queridas de la casa: los tres construyendo, juntos, un humor compartido que no necesitaba explicación para nadie de fuera, porque ya formaba parte del lenguaje propio que habían ido inventando desde aquella primera cena con lentejas y preguntas incómodas sobre peces sin orejas bien puestas.

Semanas después del episodio de Inés, con la relación entre Renata y Teo ya asentada en una normalidad que ninguno de los dos se molestaba en disimular delante de nadie, Renata se encontró, por primera vez, presentándolo a una amiga de la infancia que había venido de visita desde otra ciudad, sin ninguna explicación jurídica de por medio, simplemente como "mi pareja", sin comillas invisibles ni matices legales añadidos.

—Qué rápido ha ido todo, ¿no? —comentó la amiga, después, cuando se quedaron a solas un momento en la cocina—. La última vez que hablamos, apenas mencionabas a nadie nuevo en tu vida.

—Ha sido rápido y lento a la vez, de una manera que me cuesta explicar bien. Empezó como algo completamente distinto a lo que es ahora.

—¿Y estás segura de esto? Con todo lo que ha pasado este año, con lo de tu hermana, con la custodia de Coral. ¿No te preocupa haberte precipitado, aunque sea sin darte cuenta?

Renata consideró la pregunta con la seriedad que merecía, sin la actitud defensiva que quizá habría tenido semanas atrás, cuando todavía dudaba de sus propios sentimientos con la misma intensidad que dudaba de la legalidad del trato con Teo.

—Entiendo por qué lo preguntas. Pero no me he precipitado, o si lo he hecho, ha sido hacia algo que necesitaba de verdad, no hacia una distracción para no pensar en lo demás.

Teo no ha sido un escape del duelo. Ha sido, de alguna manera, parte de cómo he conseguido atravesarlo sin desmoronarme del todo.

La amiga asintió, sin insistir más, y el resto de la visita transcurrió con normalidad, pero aquella conversación se quedó con Renata durante días, ayudándola a poner en palabras, por fin, algo que llevaba semanas sintiendo sin haber encontrado todavía la manera exacta de expresarlo ante nadie que no fuera Teo o Coral.

Un domingo cualquiera, sin ninguna urgencia legal ni sombra de investigador de por medio, Teo propuso algo que llevaba días pensando sin atreverse a decirlo del todo en voz alta: llevar a Coral y a Renata a conocer su antiguo piso, el que casi nunca usaban ya pero que seguía siendo, técnicamente, su domicilio legal, para que Coral pudiera por fin conocer en persona al legendario pez Boro, del que llevaba semanas oyendo hablar sin haberlo visto nunca cara a cara.

—Pensaba que Boro vivía con nosotros ya —dijo Coral, confundida, mientras bajaban las escaleras hacia el primer piso.

—Boro vive donde vive, que técnicamente sigue siendo mi piso, aunque yo pase allí cada vez menos tiempo.

El piso de Teo, que Renata apenas había visitado un par de veces desde que empezó todo, tenía el aspecto ligeramente abandonado de un espacio que su dueño ya no consideraba realmente su hogar: pocas cosas personales, una nevera casi vacía salvo por comida para peces, y una pecera solitaria en el salón donde Boro nadaba con la misma indiferencia de siempre ante la llegada de visitantes.

—Es más pequeño de lo que imaginaba —comentó Coral, examinando al pez con ojo crítico—. Y parece un poco aburrido, la verdad. ¿No le da pena vivir solo aquí abajo mientras tú vives arriba con nosotras?

—Los peces no sienten soledad de la misma manera que las personas, Coral.

—Eso lo dices tú, que no eres pez. Yo creo que deberíamos subirlo arriba con nosotros. Sería más lógico, ya que tú prácticamente vives allí de todos modos.

Renata, que había estado observando la escena en silencio, sintió que aquella propuesta infantil sobre el destino de un pez de colores contenía, en realidad, una pregunta mucho más grande que ninguno de los tres había formulado todavía con esas palabras exactas: si Teo iba a mudarse de manera oficial y definitiva, dejando atrás aquel piso que ya solo usaba como dirección postal, para convertir de una vez por todas en permanente lo que llevaba semanas siendo, de facto, su hogar real.

—¿Qué piensas, Teo? —preguntó Renata, con cuidado, dejando la pregunta abierta para que él decidiera cuánto quería responder delante de Coral.

Teo miró la pecera, después miró a Coral, y finalmente a Renata, con una sonrisa que empezaba a formarse antes incluso de que terminara de hablar.

—Pienso que Boro tiene razón en mudarse arriba. Y pienso que quizá deberíamos hablar en serio de dejar este piso del todo, en cuanto encontremos el momento adecuado para hacerlo oficial de verdad.

Coral levantó los brazos en señal de victoria, como si acabara de ganar un caso judicial propio, y esa misma tarde, entre risas y con más torpeza de la estrictamente necesaria, trasladaron la pecera de Boro dos pisos más arriba, instalándola en un rincón del salón que Coral eligió con la solemnidad de quien decide la ubicación de un monumento importante.

Con Boro ya instalado definitivamente en el salón del piso de arriba, Teo empezó, poco a poco y sin ninguna ceremonia formal, a trasladar el resto de sus cosas desde el piso de abajo: libros de veterinaria que fueron ocupando un estante entero de la librería del salón, una colección modesta de discos de vinilo que Coral examinó con curiosidad arqueológica preguntando "por qué alguien elegiría algo tan complicado cuando existe el móvil", y una cafetera italiana vieja que, según explicó Teo con un cariño desproporcionado para un objeto de cocina, había sido de su abuelo.