Un hogar para dos y medio Capítulo 8
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Capítulo 8

La examante de Teo se llamaba Inés, y apareció en la clínica un martes por la tarde con la excusa de que su gato necesitaba una revisión rutinaria, aunque Renata, que había bajado a buscar a Coral después del colegio, notó de inmediato que aquella mujer conocía el lugar con una familiaridad que iba mucho más allá de la de una clienta ocasional.

—Teo, cuánto tiempo —dijo Inés, apoyándose en el mostrador de recepción con una naturalidad que a Renata le pareció, de manera inmediata e irracional, profundamente irritante—. Sigues con la misma bata fea de siempre, veo.

—Es una bata funcional, Inés, no un desfile de moda.

—Siempre dijiste lo mismo cuando te lo comentaba.

Coral, sentada en su rincón habitual con el cuaderno de dibujo, levantó la vista con el mismo interés forense que aplicaba a cualquier situación nueva que involucrara a los adultos de su vida, y Renata, de pie junto a la puerta con la mochila de su sobrina todavía en la mano, sintió una tensión en el pecho que no supo, al principio, cómo nombrar con precisión.

—Renata, esta es Inés. Trabajamos juntos hace tiempo, en el centro de acogida.

—Ah, tú debes de ser la novia nueva —dijo Inés, girándose hacia Renata con una sonrisa que no resultaba exactamente hostil, pero tampoco del todo cálida—. Teo nunca habla mucho de su vida privada, así que me he enterado por terceros de que estabas en el mapa.

—Algo así.

—Cuídalo bien. Es de los pocos hombres decentes que quedan en este oficio, aunque a veces se le olvide cuidarse a sí mismo mientras cuida de todo lo demás.

La conversación siguió unos minutos más, centrada en el gato de Inés y en anécdotas compartidas del trabajo anterior que Renata no podía seguir del todo porque no tenía contexto, y aunque nada de lo que se dijo fue especialmente comprometedor, Renata notó, con una claridad incómoda, que la mera presencia de aquella mujer —su familiaridad con Teo, las referencias a un pasado compartido que ella desconocía por completo— le provocaba una reacción física concreta: el estómago tenso, la mandíbula apretada, una necesidad irracional de interponerse entre Teo e Inés que no tenía ninguna base lógica que la justificara.

Cuando Inés se marchó con su gato ya revisado, Coral, que llevaba todo el intercambio observando en silencio, resumió la situación con la precisión que la caracterizaba.

—Has puesto la misma cara que pones cuando alguien pide el último cruasán de chocolate justo antes que tú.

—No sé de qué hablas.

—Sabes exactamente de qué hablo. Se llama cara de celos, tía. La reconozco porque tú también la has puesto conmigo cuando Nadia me cae mejor que tú algún día.

—Eso no es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo, solo que con distinto nivel de gravedad emocional.

Teo, que había estado ordenando el mostrador tras la marcha de Inés, se acercó a las dos con una expresión que intentaba, sin mucho éxito, disimular una media sonrisa.

—¿Estabas celosa?

—No estaba celosa.

—Estabas un poco celosa.

—Estaba... sorprendida. Nadie me había contado que tenías una examante trabajando en el mismo gremio, apareciendo con gatos como excusa.

—No es una examante que aparezca con frecuencia, te lo aseguro. Y no tenía ni idea de que iba a venir hoy, si te sirve de algo.

Aquella noche, ya en casa, con Coral dormida y el cuaderno de "pruebas de que esto es real" guardado en su cajón, Renata sacó el tema de nuevo, esta vez sin la audiencia de su sobrina delante para suavizar la conversación.

—¿Por qué terminó lo vuestro?

—Porque yo estaba más comprometido con el trabajo que con la relación, según ella, y probablemente tenía razón. Fue antes del proceso de acogida que se torció. Después de eso, no estaba en condiciones de estar con nadie, así que tampoco es que hubiera mucho que salvar.

—¿Todavía sientes algo por ella?

Teo la miró directamente, sin evasivas, con la seriedad que reservaba para las conversaciones que de verdad le importaban.

—No, Renata. Y si la reacción de esta tarde te sirve de algo, la mía tampoco ha sido de indiferencia total cuando te he visto con esa cara de querer que se fuera cuanto antes de la clínica. Así que estamos empatados en cuanto a reacciones que no deberíamos tener si esto fuera solo un trato legal.

Renata no respondió con palabras. Se quedó mirándolo un momento, con la misma sensación de vértigo que llevaba semanas acumulando cada vez que la distancia entre ellos se acortaba sin que ninguno lo planeara, y por primera vez desde que había bajado aquel primer día con el paquete y la propuesta absurda, sintió que ya no tenía sentido seguir fingiendo, ni siquiera ante sí misma, que aquello era solo una estrategia para convencer a un juzgado.

Inés volvió a aparecer dos días después, esta vez sin gato de excusa, directamente en la puerta de la clínica a la hora de cierre, cuando Renata había bajado a buscar a Teo para cenar juntos.

La encontró apoyada contra la pared exterior, esperando con una tranquilidad que a Renata le pareció, otra vez, irritantemente cómoda.

—No he venido a montar un drama, tranquila —dijo Inés, en cuanto vio la cara de Renata—. Solo quería comentarle a Teo algo del trabajo, un antiguo caso que se ha reabierto y en el que él participó. Nada personal.

—No estoy preocupada.

—Se te nota que sí, un poco. Y lo entiendo, la verdad. Yo también me habría puesto celosa en tu lugar, si alguien de mi pasado hubiera aparecido de repente reclamando cinco minutos con la persona que me importa.

La sinceridad de Inés desarmó a Renata más que cualquier hostilidad podría haberlo hecho, y durante los minutos que tardó Teo en salir de la clínica, las dos mujeres se quedaron en un silencio incómodo pero no hostil, cada una calculando cuánto quería decir sin cruzar ninguna línea innecesaria.

—Para que conste —añadió Inés, justo antes de que Teo apareciera por la puerta—, lo que teníamos él y yo terminó hace mucho, y terminó mal, por razones que no tienen nada que ver contigo.

Pero he visto cómo te mira cuando cree que nadie se da cuenta, y no es la misma manera en que me miraba a mí cuando estábamos juntos.

Así que, si te sirve de algo, puedes dejar de calcular amenazas donde no las hay.

Teo salió justo entonces, sin haber oído el final de la conversación, y las tres semanas siguientes Inés no volvió a aparecer ni una sola vez, dejando a Renata con la sensación extraña de haber ganado, sin proponérselo, una especie de aliada inesperada en medio de todo el caos legal que la rodeaba.

Esa noche, después de contarle a Teo lo que Inés le había dicho junto a la puerta de la clínica, Renata se sentó con él en el sofá, más cerca de lo habitual, sin ningún cuaderno ni ninguna estrategia legal de por medio.

—¿Cómo te mira, según ella?

—No lo ha especificado con detalle. Solo ha dicho que no era la misma manera en que te miraba a ti.

Teo se quedó pensando un momento, y después, con una sinceridad que a Renata le costó cada vez menos sorprender, respondió.

—Probablemente te miro como alguien que ha dejado de fingir que esto es solo un trato hace bastante tiempo, aunque me haya costado admitirlo en voz alta con la misma claridad que tú.

—¿Cuánto tiempo es "bastante tiempo"?

—Desde la noche del cuaderno de la mentira, creo. Cuando Coral inventó lo de la pasta con demasiada pimienta y tú te reíste de una manera que no te había visto reír desde que te conocía. Ahí empecé a sospechar que esto iba a complicarse mucho más de lo que había firmado al principio.

Renata se apoyó contra su hombro, sin necesidad de decir nada más, y se quedaron así un rato, viendo sin mucho interés real un programa cualquiera en la televisión, disfrutando de la clase de silencio cómodo que solo se consigue después de haber dicho, aunque fuera de manera indirecta, algo importante que llevaba semanas esperando a ser dicho.

Coral, que llevaba días fascinada con el episodio de los celos, decidió convertirlo en material de estudio para su cuaderno de "pruebas de que esto es real", añadiendo una entrada nueva titulada, con su letra cuidadosa, "el incidente del gato sospechoso".

—No hace falta que lo documentes todo, Coral.

—Es evidencia importante. Los celos son una de las señales más fiables de que a alguien le importa otra persona de verdad. Lo he leído en una revista de la sala de espera del veterinario.

—¿Qué revista lees tú en la sala de espera del veterinario?

—Una que tenía un test de "¿estás enamorada de verdad?" al final. No lo hice yo, era para adultos, pero lo leí por encima.

Renata no supo si preocuparse por el material de lectura disponible en la sala de espera o divertirse con la seriedad científica con la que Coral abordaba el tema, y al final optó por ambas cosas a la vez, algo que ya empezaba a ser su reacción estándar ante casi cualquier cosa que dijera su sobrina.

Esa misma semana, durante una cena tranquila sin urgencias legales de por medio, Teo sacó el tema de Inés de nuevo, esta vez con más detalle del que había compartido hasta entonces.

—Lo que pasó con ella, al final, no fue solo que yo estuviera más volcado en el trabajo.

Fue que después de que el proceso de acogida se torciera, dejé de creer que era capaz de mantener algo estable con nadie, ni con ella ni con nadie más.

Me convertí en alguien que evitaba cualquier compromiso que pudiera volver a salir mal.

—¿Y qué cambió?

—Tú bajaste con un paquete y una propuesta absurda, y de alguna manera, sin proponérmelo, empecé a comprometerme con algo otra vez sin darme cuenta de que lo estaba haciendo hasta que ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.