Capítulo 7 #4
La reunión, celebrada en un despacho neutral una semana después, resultó ser lo primero.
Fermín, acompañado de su abogado y con Cristina sentada a su lado en un gesto que Renata interpretó, sin poder evitarlo, como una muestra de la influencia que la conversación telefónica había tenido en la postura final de su cuñado, propuso un acuerdo que ninguno de los presentes en el bando de Renata había anticipado del todo.
—Retiro la solicitud de custodia exclusiva —dijo Fermín, con la voz firme pero sin la satisfacción fría de sus primeros mensajes—.
A cambio, pido derecho de visitas regulares, supervisadas al principio si hace falta, para reconstruir algo con Coral que hasta ahora he descuidado más de lo que debería.
No quiero arrebatarle nada a nadie. Solo quiero formar parte de su vida, de la manera que ella misma decida que le resulta cómoda.
Renata sintió que una tensión que llevaba meses cargando se disolvía de golpe, sustituida por una mezcla de alivio y cautela que no sabía muy bien cómo procesar en tiempo real, sentada frente al hombre que había amenazado con quitarle a su sobrina y que ahora, en cambio, le ofrecía la posibilidad de una relación menos hostil, más parecida a la que Coral merecía tener con la única familia biológica que le quedaba por parte de su padre.
—Necesito hablarlo con Coral antes de aceptar nada en su nombre —respondió Renata, con cautela, mirando a Nayara para confirmar que aquella era la postura correcta—.
Pero en principio, si ella está de acuerdo, no tengo ningún interés en mantenerte alejado de su vida si de verdad estás dispuesto a formar parte de ella sin condiciones de posesión exclusiva.
Fermín asintió, aceptando la condición sin discutir, y por primera vez desde que todo aquello había empezado, Renata salió de una reunión legal sintiendo algo parecido a la esperanza de una resolución que no implicara ganadores y perdedores absolutos, sino algo mucho más parecido a lo que, en el fondo, siempre había sido mejor para Coral: una red de personas dispuestas a cuidarla, cada una a su manera, sin necesidad de excluirse mutuamente para demostrarlo.
Nayara, antes de que se despidieran aquella tarde tras la reunión con Fermín, quiso dejar clara una última advertencia que Renata agradeció, aunque en el momento le costara escucharla con la misma tranquilidad que el resto de buenas noticias del día.
—Un acuerdo verbal entre las partes es un paso enorme, pero no sustituye la vista.
Vamos a presentarnos igualmente, con toda la documentación, con Almudena y Pilar dispuestas a testificar si hace falta, como si el acuerdo no existiera.
Prefiero que lleguéis preparados para lo peor y os llevéis una sorpresa agradable, a que bajéis la guardia confiando en que todo está ya resuelto.
—¿Crees que Fermín podría echarse atrás?
—No lo creo, sinceramente, después de lo que he visto hoy.
Pero llevo suficientes años en esto para saber que los acuerdos verbales, por sinceros que parezcan en el momento, a veces se tuercen bajo la presión de una sala de vistas, con un juez delante y las formalidades legales pesando de manera distinta a como pesan en un despacho neutral.
Renata asintió, aceptando aquella cautela profesional como parte necesaria del proceso, y durante los días siguientes, mientras se acercaba la fecha de la vista, se esforzó por mantener el mismo nivel de preparación que habían sostenido desde el principio, sin dejar que el alivio reciente les hiciera bajar la guardia en ningún detalle.
Marisol, cuando Renata le contó el resultado de la reunión con Fermín, insistió en cerrar la pastelería una hora antes ese mismo día "para celebrarlo como Dios manda", algo que Renata aceptó entre risas, consciente de que su amiga llevaba meses esperando una excusa para descorchar la botella de cava que guardaba, según sus propias palabras, "para el día en que por fin dejaras de cargar tú sola con todo esto".
—A tu salud, y a la de esa niña con más sentido común que todos los abogados juntos —brindó Marisol, levantando su copa en la trastienda, con Coral bebiendo zumo de un vaso a juego "por eso de sentirse incluida en el brindis oficial".
—Y a la tuya, que llevas meses aguantando mis crisis sin cobrar horas extra por terapia improvisada.
—Eso sí que debería facturarlo aparte, la verdad.
Teo, que se había unido tarde tras cerrar la clínica, llegó justo a tiempo para el segundo brindis, y la tarde se alargó entre risas y anécdotas del proceso que, vistas desde la distancia del alivio reciente, ya empezaban a sonar más a historias divertidas que a los momentos de auténtico terror que habían sido en su momento.
Antes de salir hacia el juzgado esa mañana, Nayara llamó una última vez para repasar, punto por punto, el orden previsto de la vista: quién declararía primero, qué documentos presentarían en qué momento, cómo debían comportarse si el juez les dirigía alguna pregunta directa sin previo aviso.
—Recordad, pase lo que pase ahí dentro, que no estáis solos en esto. Yo estaré a vuestro lado en todo momento, y todo lo que hemos preparado juntos, semana tras semana, está pensado precisamente para sostenerse frente a cualquier pregunta que puedan haceros.
—Gracias, Nayara. Por todo.
—Guarda las gracias para cuando salgamos de ahí con una resolución favorable. Todavía nos queda una mañana por delante.