Un hogar para dos y medio Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Quería que quedara claro, con todo el detalle posible, lo que he visto con mis propios ojos durante meses. A veces los informes legales se quedan cortos frente a lo que de verdad importa, y me pareció que esta era una ocasión donde valía la pena arriesgarse a escribir de más.

Almudena, la trabajadora social, hizo algo parecido, ampliando su informe original con una nota adicional que contextualizaba la naturaleza cambiante de la relación entre Renata y Teo, sin restarle importancia al hecho de que hubiera empezado como una estrategia, pero subrayando que, en su experiencia profesional, "las relaciones que sobreviven a la prueba de la convivencia forzada y la presión externa, independientemente de su origen, suelen ser más sólidas que muchas que nacen de circunstancias supuestamente más convencionales".

Con ambos documentos incorporados al expediente, junto con el escrito complementario de Nayara, Renata sintió que había hecho todo lo posible desde su lado, y que el resto, ahora, dependía de factores que ya no estaban bajo su control: la interpretación de un juez, la reacción de Fermín ante la nueva versión de los hechos, y el contenido todavía desconocido de la "información relevante" que su abogado llevaba semanas prometiendo presentar.

Una tarde, mientras esperaban noticias sobre la reacción oficial al documento complementario, Renata se encontró por casualidad con Fermín en la puerta del colegio, coincidiendo ambos en la recogida de Coral por primera vez desde el hospital.

El encuentro, que en otras circunstancias habría resultado tenso, transcurrió con una cordialidad extraña, casi incómoda por lo inesperada.

—He leído el documento nuevo que ha presentado tu abogada —dijo Fermín, sin rodeos, mientras esperaban juntos a que sonara el timbre—. La honestidad se agradece, aunque complique las cosas desde el punto de vista legal.

—No lo hicimos para complicarte las cosas a ti. Lo hicimos porque era lo correcto, pasara lo que pasara después.

—Lo sé. Y por eso, precisamente, le he pedido a mi abogado que reconsidere la estrategia de presionar con la incoherencia de fechas. No tiene sentido atacar algo que vosotros mismos habéis contado con esa transparencia.

Renata sintió que algo se aflojaba en su pecho, un alivio que no se atrevía todavía a confiar del todo, consciente de que Fermín seguía siendo, en última instancia, el otro candidato a la custodia de Coral, con todo lo que eso implicaba de tensión irresoluble entre ambos.

—¿Eso significa que vas a retirar la solicitud de custodia?

—No lo sé todavía, Renata. Sigo pensando que puedo ofrecerle a Coral cosas que tú, materialmente, no puedes ofrecerle.

Pero también he empezado a entender, viéndola en el hospital, viéndola ahora correr hacia vosotros dos en la puerta del colegio, que hay cosas que no se compran con una casa más grande ni con un jardín, y que quizá llevo meses equivocando la pregunta que debería estar haciéndome.

Coral salió corriendo en ese momento, interrumpiendo la conversación, y saludó a Fermín con una cordialidad cautelosa que no tenía nada que ver con el rechazo instintivo que había mostrado meses atrás, aunque tampoco con el cariño incondicional que reservaba para Teo.

Fue, en cualquier caso, un paso adelante que ninguno de los adultos presentes se atrevió a nombrar en voz alta, por miedo a que decirlo en voz alta pudiera, de alguna manera, deshacerlo.

La mujer de Fermín, a quien Renata solo había visto un par de veces en reuniones familiares años atrás, se puso en contacto con ella directamente unos días después del encuentro en la puerta del colegio, algo que sorprendió a Renata tanto como la propia llamada de Fermín semanas antes.

Se llamaba Cristina, y su voz al teléfono sonaba nerviosa, como quien se atreve a dar un paso que lleva tiempo posponiendo.

—Sé que esto es raro, llamarte directamente sin que Fermín lo sepa.

Pero necesitaba decirte, de mujer a mujer, que nunca quise que esto se convirtiera en una batalla legal tan dura.

Cuando hablé con él sobre lo de la señal, sobre la familia, no pensaba en arrebatarle nada a nadie. Pensaba en sumar, no en quitar.

—¿Y ahora qué piensas?

—Ahora pienso que quizá me equivoqué al plantearlo así, sin pensar en lo que Coral necesitaba de verdad, más allá de lo que nosotros necesitábamos sentir.

He visto las fotos que Fermín me enseñó del hospital, de ella con vosotros dos, y no parece una niña que necesite que nadie la rescate de donde está.

Renata no supo qué responder de inmediato, conmovida por una llamada que no esperaba y que añadía una capa más de complejidad humana a un proceso que llevaba meses reduciéndose, en su cabeza, a estrategias legales y fechas contradictorias.

—Gracias por decírmelo, Cristina. De verdad.

—No te llamo para pedirte nada, ni para que se lo cuentes a Fermín. Solo necesitaba decírtelo yo misma, antes de que todo esto llegue más lejos de lo que cualquiera de nosotros puede controlar ya.

Colgaron sin llegar a ninguna conclusión formal, pero aquella llamada se quedó con Renata durante días, complicando aún más la imagen sencilla que había mantenido de "Fermín el villano" durante meses, y añadiendo, en su lugar, una comprensión más incómoda pero también más honesta de que en aquel conflicto no había villanos claros, solo personas heridas tomando decisiones imperfectas desde su propio dolor particular.

Después de la llamada de Cristina, Renata sintió la necesidad de contárselo a Teo, no por obligación de transparencia legal, sino porque ya se había acostumbrado a compartir con él cada pieza importante de aquel rompecabezas, incluso las que no tenían implicación estratégica directa.

—Es raro sentir compasión por la mujer del hombre que intenta quitarte a tu sobrina —comentó Teo, después de escuchar el relato completo de la llamada.

—Es más raro todavía sentir compasión por el propio Fermín, y sin embargo aquí estoy, dudando de si sigo enfadada con él de la misma manera que hace un mes.

—Eso no significa que debas bajar la guardia. Puedes entender sus razones y seguir defendiendo lo que es mejor para Coral al mismo tiempo. No son cosas excluyentes.

Renata asintió, agradecida por aquella distinción que Teo siempre parecía capaz de trazar con más claridad que ella misma en los momentos de mayor confusión emocional.

Aquella noche, mientras Coral dormía, se sentaron juntos a repasar, una vez más, todos los documentos que Nayara les había ayudado a reunir: el escrito complementario, las declaraciones de Almudena y Pilar, los informes médicos del hospital que demostraban, sin ambigüedad posible, el nivel de implicación de Teo en el cuidado cotidiano de Coral durante la crisis de la apendicitis.

—Creo que hemos hecho todo lo que podíamos hacer —dijo Renata, cerrando la última carpeta—. Ahora solo queda esperar a ver qué es exactamente lo que Fermín tiene preparado, y confiar en que lo que hemos construido, documento a documento, sea suficiente para sostenerse frente a lo que sea.

—Y si no es suficiente, seguiremos luchando de todas formas.

Esto no termina con una sola vista, Renata, aunque a veces lo parezca.

El propio abogado de Fermín, en un gesto que Nayara calificó como "poco habitual pero no del todo sorprendente dado el contexto", se puso en contacto con el bufete unos días después de la entrega del documento complementario, proponiendo una reunión conjunta entre las partes antes de la vista, con el objetivo de explorar si existía margen para un acuerdo que evitara un proceso contencioso completo.

—Esto puede significar dos cosas —explicó Nayara, mientras preparaba a Renata y Teo para la reunión—.

Que Fermín, viendo la solidez de nuestra posición, prefiere negociar términos favorables antes que arriesgarse a perder del todo en una vista.

O que tiene algo más preparado y quiere tantear el terreno antes de sacarlo.

No podemos descartar ninguna de las dos posibilidades hasta que estemos sentados en esa mesa.