Un hogar para dos y medio Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

Renata lo miró un momento, reconociendo en esa frase algo mucho más amplio que el puzle en sí, y asintió, aceptando el hueco pequeño como parte del resultado final, del mismo modo que había empezado a aceptar, poco a poco, que lo que fuera que estaban construyendo entre los tres no necesitaba estar completo ni perfecto para ser, de todos modos, verdadero.

Guardaron el puzle terminado, hueco incluido, en la estantería del salón, visible desde el sofá, y Renata pensó que aquel cielo azul incompleto se iba a quedar ahí, a la vista de cualquiera que entrara en la casa, como un recordatorio pequeño pero constante de que algunas cosas merecían quedarse terminadas aunque les faltara, para siempre, una pieza exacta.

La semana terminó, por fin, sin más llamadas inesperadas de Nayara, y aunque la sombra de la vista adelantada seguía pendiente sobre todos ellos, Renata se permitió, el domingo por la noche, cerrar los ojos sin repasar mentalmente ninguna lista de riesgos legales por primera vez en días.

Al otro lado del pasillo, la luz de Coral seguía encendida "por eficiencia", y dos pisos más abajo, en un piso que cada vez visitaban menos porque ya no hacía falta, el pez Boro seguía nadando en círculos, ajeno por completo a que su dueño llevaba semanas durmiendo, de manera casi permanente, dos pisos más arriba.

El lunes por la mañana, antes de bajar a abrir la pastelería, Renata se quedó un momento mirando el puzle terminado en la estantería, con su hueco pequeño en la esquina del cielo, y pensó en todo lo que habían recorrido desde aquella primera llamada de Nayara semanas atrás: la visita de Almudena, las condiciones escritas en reversos de facturas, el cuaderno de la mentira que ya casi no usaban porque la historia había dejado de necesitar ensayo, la merienda con Nadia y su madre, la fiesta del colegio con Teo todavía en bata.

Cada uno de esos momentos, por separado, parecía pequeño, casi anecdótico.

Juntos, sin embargo, formaban algo que ya no cabía en ninguna casilla de un formulario legal, por muy detallado que fuera el informe que Almudena hubiera redactado.

Coral bajó a desayunar con el cuaderno de "pruebas de que esto es real" bajo el brazo, insistiendo en añadir una entrada nueva antes de ir al colegio: "lunes por la mañana, nadie ha discutido por la nevera, señal de progreso notable".

Teo, que llegó justo a tiempo para el desayuno con el pelo todavía mojado de la ducha, leyó la entrada por encima del hombro de Coral y asintió con solemnidad fingida.

—Un progreso notable, sin duda. Habrá que celebrarlo con algo que no sean lentejas, por una vez.

—Eso ya sería un avance histórico —confirmó Coral, sin levantar la vista de su tostada.

Renata los observó a los dos, discutiendo con cariño sobre el menú de esa noche mientras terminaban de desayunar, y sintió, no por primera vez pero sí con una claridad nueva, que aquella cocina pequeña, con sus discusiones absurdas y su puzle incompleto en la estantería, se había convertido, sin que ella lo planeara del todo, en el lugar exacto donde quería estar cada mañana durante el tiempo que le quedara por delante, resolviera lo que resolviera un juzgado en las semanas siguientes.

Salió hacia la pastelería con esa certeza todavía instalada en el pecho, y aunque la sombra de la vista adelantada seguía ahí, pendiente, inevitable, por primera vez en mucho tiempo no le pareció la amenaza más importante de su vida, sino solo un obstáculo más que atravesar antes de poder quedarse, por fin, con lo que ya había empezado a construir de todos modos.

Al cerrar la puerta de la pastelería tras de sí esa mañana, Renata se cruzó con el cartero, que le entregó, entre la correspondencia habitual, un sobre con el membrete del juzgado que reconoció de inmediato por haber visto ya varios parecidos en las últimas semanas.

No lo abrió allí mismo. Se lo guardó en el bolsillo del delantal, decidida a leerlo con calma, sin prisas, cuando tuviera tiempo de digerir lo que fuera que contuviera sin que el corazón le diera el vuelco habitual delante de los primeros clientes de la mañana.

Toda la mañana, entre bandejas de cruasanes y la cola habitual de las siete y media, Renata sintió el sobre como una presencia física en el bolsillo del delantal, un peso pequeño pero constante que le recordaba, cada vez que se rozaba contra la harina, que la tranquilidad de las últimas semanas tenía fecha de caducidad y que, tarde o temprano ese mismo día, tendría que enfrentarse a lo que fuera que el juzgado hubiera decidido comunicarle por escrito.

No lo abrió hasta la hora de comer, sentada en la trastienda con Marisol cubriendo el mostrador y el sobre por fin sobre la mesa, delante de ella, esperando a que reuniera el valor necesario.

Dentro no había ninguna sentencia, solo la confirmación formal de la nueva fecha de vista, adelantada tres semanas respecto a la original, y una nota breve indicando que ambas partes debían presentar toda documentación adicional antes de esa fecha.

Nada más. Ninguna pista sobre la "información relevante" que el abogado de Fermín decía tener preparada.

Solo una fecha nueva, más cercana, marcada en rojo en su calendario mental, y la sensación, otra vez, de que la tranquilidad de las últimas semanas había sido, como tantas otras cosas en su vida reciente, un préstamo con plazo de devolución más corto del que a ella le habría gustado.

Guardó la carta en el cajón donde ya se acumulaban todos los papeles del proceso, junto al cuaderno de la mentira y la lista de condiciones de Coral, y volvió al mostrador con la cara compuesta, decidida a no dejar que Marisol notara nada hasta que ella misma hubiera decidido cómo contárselo a Teo esa noche, con calma, sin que el miedo se le adelantara a las palabras antes de tiempo.