Un hogar para dos y medio Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Fue lo más cerca que habían estado, en semanas de convivencia cuidadosamente coreografiada, de decir en voz alta lo que ambos llevaban tiempo evitando nombrar, y aunque ninguno de los dos añadió nada más esa noche, el silencio que siguió no tuvo nada de la incomodidad de las primeras semanas, sino algo mucho más parecido a dos personas que, sin haberlo planeado, habían decidido quedarse.

El fin de semana antes de que llegara cualquier noticia oficial sobre la vista adelantada, decidieron, casi sin planearlo, no hablar más del tema hasta tener información concreta que discutir.

Fue un sábado extrañamente normal: Renata trabajando la mañana en la pastelería, Teo llevando a Coral a comprar material nuevo de dibujo porque el cuaderno viejo se le había llenado enseguida de casas con chimeneas y peces con nombre propio, y una tarde entera dedicada a montar un puzle de mil piezas que Coral había insistido en comprar "porque las familias de verdad hacen puzles juntas, lo he visto en la tele".

Consiguieron colocar apenas una cuarta parte antes de que Coral se aburriera y decidiera que el resto podía esperar hasta el día siguiente, dejando el puzle a medio hacer extendido sobre la mesa del salón, ocupando un espacio que ninguno de los tres tenía intención de despejar todavía.

Renata, mirando aquel amasijo de piezas sueltas y las pocas que ya encajaban formando un fragmento reconocible de cielo azul, pensó que aquella imagen —incompleta, desordenada, pero avanzando poco a poco en la dirección correcta— describía bastante bien lo que fuera que estaban construyendo entre los tres, con o sin la aprobación final de un juzgado que todavía tardaría semanas en pronunciarse.

El domingo por la noche, ya con el puzle todavía a medio hacer sobre la mesa y Coral dormida desde hacía rato, Renata y Teo se sentaron juntos a terminar algunas piezas del cielo azul, más por costumbre reciente de compartir ese rato de silencio que por verdadero interés en completar el puzle esa misma noche.

—¿Has pensado en lo que pasará después de la vista? —preguntó Renata, sin levantar la vista de la pieza que intentaba encajar—. Sea cual sea el resultado.

—Un poco. No me atrevo a pensarlo demasiado, la verdad, por si acaso pensarlo mucho gafa algo.

—Yo tampoco. Pero hay una parte de mí que se pregunta qué pasa con todo esto si ganamos y ya no hace falta demostrar nada a nadie. Si seguimos... como estamos, o si cada uno vuelve a su piso y a su vida de antes.

Teo dejó la pieza que tenía en la mano y la miró directamente, con la seriedad que reservaba para las conversaciones que de verdad le importaban.

—Yo no quiero volver a mi piso, Renata. No lo he querido desde hace semanas, si te soy sincero, aunque no encontrara el momento adecuado para decirlo sin que sonara a que estoy aprovechándome de la situación legal para colarme en tu vida.

—No suena a eso.

—¿A qué suena, entonces?

—Suena a que los dos hemos estado esperando el momento adecuado para decir lo mismo, y quizá ese momento ya ha pasado varias veces sin que ninguno se atreviera a aprovecharlo.

Se quedaron mirándose un momento, con el puzle a medio hacer entre los dos y la casa en silencio a su alrededor, y aunque ninguno dio el paso final esa noche —quizá por cansancio, quizá por la sombra todavía pendiente de la vista adelantada de Fermín, quizá simplemente porque algunas cosas necesitan su propio tiempo para madurar sin que nadie las apresure— ambos supieron, sin decirlo en voz alta, que aquella conversación había cambiado algo entre ellos de una manera que ya no tenía marcha atrás.

Guardaron el puzle a medio hacer en su caja, con cuidado de no mover las piezas ya encajadas, y se despidieron con las buenas noches de siempre, aunque algo en la manera de decirlas esa noche concreta sonó distinto, más cargado, como si ambos supieran que la próxima vez que retomaran esa conversación pendiente ya no habría vuelta atrás posible ni excusa legal que sirviera de escudo.

Renata se metió en la cama pensando que, pasara lo que pasara con la vista adelantada de Fermín, ya había una parte de aquel trato que no dependía de ningún juzgado para ser real, y que esa certeza, pequeña pero firme, era quizá lo único de lo que estaba completamente segura en medio de tanta incertidumbre legal.

El lunes, ya con la noticia de la vista adelantada asentada entre los tres como un peso nuevo pero manejable, retomaron la rutina con una determinación distinta a la de las semanas anteriores, menos ingenua, más consciente de que cada detalle de aquella convivencia podía convertirse pronto en prueba o en argumento delante de un juez.

Y sin embargo, en medio de esa alerta renovada, siguieron dejando el puzle a medio hacer sobre la mesa, añadiendo una pieza cada noche antes de dormir, como un recordatorio silencioso de que, pasara lo que pasara con Fermín, había cosas que ya habían decidido terminar de construir juntos, con calma, sin necesidad de que nadie más las validara primero.

Esa misma noche, después de la fiesta del colegio, con Coral dormida antes de lo habitual por el cansancio acumulado de una tarde entera corriendo entre columpios, Renata y Teo se quedaron en el salón terminando por fin las últimas piezas del puzle, el cielo azul ya casi completo salvo por un hueco pequeño en la esquina superior que ninguna pieza suelta parecía encajar del todo.

—Creo que hemos perdido una pieza —dijo Teo, revisando la caja vacía por segunda vez.

—No me sorprendería. Con lo que se mueve esta casa, podría estar en cualquier sitio.

—Podemos dejarlo así, con el hueco. No hace falta que esté perfecto para que cuente como terminado.