Un hogar para dos y medio Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Me levanto, bebo agua, y a veces hablo con alguien si hay alguien despierto para escucharlo. No hay una manera de arreglarlo del todo. Solo maneras de hacerlo un poco más llevadero cada vez.

Coral asintió, aceptando aquella respuesta sin exigirle más de lo que podía dar, y los tres se quedaron un rato en la habitación pequeña, sin hablar de nada importante, hasta que ella volvió a dormirse con la luz del pasillo encendida y una mano de cada adulto sujetando, sin comentarlo, cada uno un extremo de la manta.

Cuando salieron al pasillo, ya de madrugada, Renata y Teo se quedaron un momento frente a frente, demasiado cansados para fingir cualquier distancia estratégica.

—Gracias por quedarte —dijo ella, en voz baja, para no despertar a Coral otra vez.

—No lo he hecho por estrategia, si es lo que te preocupa.

—No me preocupaba eso.

—Lo he hecho porque me importa, Renata. Ella, y esto, y lo que sea que estamos construyendo entre los tres, aunque empezara como un trato de conveniencia con condiciones escritas en el reverso de una factura de harina.

Renata no respondió con palabras. Se quedó mirándolo un momento, con el pasillo a oscuras y el cansancio compartido pesándoles a los dos por igual, y cuando finalmente se dieron las buenas noches y cada uno volvió a su habitación, ninguno de los dos mencionó lo que casi había pasado en ese pasillo, ni la distancia que se había acortado sin que ninguno la calculara, ni la certeza incómoda, para ambos, de que aquel trato que habían firmado por necesidad legal llevaba semanas convirtiéndose en otra cosa que ningún informe social sabría nunca cómo documentar del todo.

La logística semanal, la que nadie había planeado del todo al principio, se fue asentando sola con el paso de las semanas en una rutina que ninguno de los dos había diseñado conscientemente pero que funcionaba, con sus roces ocasionales, mejor de lo que cualquiera de los dos habría predicho al principio.

Teo recogía a Coral los martes y jueves, cuando su horario en la clínica se lo permitía y Renata tenía que quedarse cerrando caja; Renata se encargaba de los deberes y del baño casi todos los días, salvo cuando algún encargo grande de la pastelería la retenía hasta tarde, y entonces era Teo quien improvisaba una cena y fingía, sin mucho éxito, que sabía ayudar con las divisiones de tres cifras.

—Esto está mal —anunció Coral, un jueves cualquiera, señalando el cuaderno de matemáticas con el bolígrafo de Teo todavía marcando una respuesta incorrecta—. Lo has hecho mal a propósito para que yo lo corrija y me sienta lista, ¿verdad?

—No, lo he hecho mal porque hace veinte años que no divido nada más complicado que la cuenta de un bar entre amigos.

—Eso es peor de lo que pensaba. ¿Cómo sobrevives en la vida adulta sin saber dividir bien?

—Con calculadora, como hace todo el mundo que es sincero consigo mismo.

Renata, que llegó a casa a tiempo de escuchar el final de esa conversación, se apoyó en el marco de la puerta un momento antes de anunciar su presencia, observando la escena con una sensación cálida que ya no intentaba analizar con tanto detalle como al principio: Teo con las mangas subidas, Coral señalándole errores con la confianza absoluta de quien sabe que puede hacerlo sin miedo a que el otro se lo tome mal, los platos de la cena ya listos en la encimera esperando a que ella llegara para sentarse los tres juntos.

—¿Interrumpo una clase magistral de matemáticas?

—Interrumpes un desastre pedagógico, más bien —corrigió Coral—. Pero llegas justo a tiempo para salvarlo.

Cenaron los tres con las divisiones de tres cifras todavía sobre la mesa, junto a los platos, y cuando Renata las revisó después de cenar, con la paciencia de quien ha hecho ese ejercicio cientos de veces en su propia infancia, encontró que Teo, a pesar de sus protestas sobre calculadoras, había acertado bastantes más de las que él mismo creía.

La rutina tranquila duró, exactamente, hasta el viernes siguiente, cuando Nayara llamó con una voz distinta a la de las últimas semanas, más tensa, más cuidadosa en la manera de escoger las palabras antes de soltar la noticia.

—El abogado de Fermín ha presentado una solicitud para adelantar la vista. Dice que tiene "nueva información relevante" que aportar al expediente.

—¿Qué información?

—No lo especifica en la solicitud, lo cual, sinceramente, me preocupa más que si lo especificara.

Podría ser un farol para meterte presión antes de la fecha original.

O podría ser algo real que hayan encontrado indagando en las fechas, en los vecinos, en cualquier grieta de la historia que hayamos dejado sin cubrir del todo.

Renata sintió que el estómago se le encogía con la misma sensación exacta de la primera llamada de Nayara, semanas atrás, cuando todo aquello había empezado con un mensaje del bufete Ochoa y Fernán un martes cualquiera a media tarde.

—¿Qué hacemos?

—De momento, nada distinto a lo que ya estáis haciendo. Seguid con la rutina, seguid siendo lo que sois. Si tienen algo real, lo sabremos pronto. Si es un farol, no hay que darle más peso del que merece.

Colgó y se quedó un momento sentada en el sofá, con el teléfono todavía en la mano, mientras en la cocina Teo terminaba de fregar los platos de la cena y Coral tarareaba algo desafinado desde su habitación, ajena por completo a que la tranquilidad relativa de las últimas semanas acababa de recibir el primer aviso serio de que no iba a durar mucho más sin ponerse a prueba de verdad.

Cuando se lo contó a Teo esa noche, él se quedó callado un momento, secándose las manos en el paño de cocina con más cuidado del necesario, como si necesitara ese gesto mecánico para ordenar lo que iba a decir.

—¿Crees que puede ser por lo de Marisol? ¿Por las fechas?

—No lo sé. Podría ser eso, podría ser cualquier otra cosa. Podría ser, simplemente, que Fermín quiere presionar antes de que tengamos tiempo de consolidar más pruebas a nuestro favor.

—Sea lo que sea, lo afrontamos juntos. Eso no ha cambiado, pase lo que pase con la fecha de la vista.

Renata asintió, queriendo creer en esa certeza con la misma firmeza con la que Teo la había pronunciado, aunque una parte de ella, la misma que llevaba semanas contando fechas y calculando riesgos en cuadernos improvisados, ya sabía que lo que fuera que Fermín estuviera a punto de sacar a la luz iba a poner a prueba no solo la historia que habían construido para el juzgado, sino todo lo demás que había crecido, sin que ninguno lo planeara, alrededor de esa mentira original.

Después de colgar con Nayara aquel viernes, y antes de contarle nada a Teo, Renata se quedó un rato repasando mentalmente cada detalle de las últimas semanas, buscando la grieta concreta que el abogado de Fermín pudiera haber encontrado.

Pensó en Marisol, en la conversación del sábado, en la promesa de decir solo que "no sabía la fecha exacta" si alguien preguntaba directamente.

Pensó en Pilar, la tutora, y en si alguna otra madre del colegio habría comentado algo sobre lo reciente que parecía todo aquello.

Pensó, también, aunque intentó no detenerse demasiado en esa idea, en si el propio Fermín habría contratado a alguien para investigar directamente, para preguntar puerta por puerta en el edificio cuánto tiempo llevaba Teo viviendo allí de verdad.

Esa noche, después de contarle a Teo la llamada y de la conversación breve sobre si afrontarían lo que viniera juntos, se quedaron los dos despiertos mucho después de que Coral se durmiera, sentados en el sofá con la televisión apagada y la única luz encendida la de la lámpara del rincón, repasando en voz alta cada posible grieta con la misma meticulosidad con la que Coral revisaba las condiciones del trato.

—Si preguntan directamente a los vecinos, ¿qué crees que dirán? —preguntó Teo, con el cuaderno de cuentas todavía abierto sobre la mesa, aunque ya no lo estuvieran usando para hablar de dinero.

—La mayoría apenas nos conoce. El único que podría decir algo concreto es el del cuarto, el que tiene el perro, porque nos ha visto entrar y salir juntos desde el principio. Pero no creo que sepa fechas exactas tampoco.

—¿Y si Fermín ha hablado directamente con Marisol, sin pasar por el vecindario?

—Marisol ya me ha dicho lo que diría si le preguntan. Confío en que lo mantenga.

Teo asintió, sin del todo convencido, y se quedó mirando un punto fijo en la pared, pensativo, hasta que soltó algo que llevaba claramente un rato dándole vueltas sin decirlo en voz alta.

—Si esto se complica de verdad, si Fermín encuentra algo real que usar, quiero que sepas que no voy a desaparecer.

Pase lo que pase con el juzgado, con el informe, con cualquier cosa legal que se tuerza.

Esto ya no es solo un trato para mí, Renata, y no pienso fingir lo contrario solo porque la situación se ponga difícil.

Renata lo miró un momento, sopesando cuánto de esa declaración era consuelo estratégico para una noche difícil y cuánto era, simplemente, la verdad que él ya no se molestaba en disimular del todo.

—Yo tampoco quiero que desaparezcas.