Capítulo 6
La convivencia real, la que no tenía trabajadora social ni tutora de colegio observando, resultó ser mucho más complicada de coordinar que cualquier examen improvisado de Coral en la cola del supermercado.
El primer choque serio llegó un miércoles, cuando Renata descubrió que Teo había reorganizado la nevera entera sin consultarle, siguiendo un criterio que a él le parecía obvio —lo que caduca antes, delante; lo que dura más, atrás— y que a ella le pareció una invasión de un territorio que hasta entonces había sido exclusivamente suyo.
—Es una nevera, Teo, no una consulta veterinaria. No necesita un protocolo.
—Se te caducaba el yogur de Coral sin que te dieras cuenta porque estaba escondido detrás de un táper de hace tres semanas. Solo intentaba ayudar.
—Pues ayuda preguntando antes de mover mis cosas.
—Son nuestras cosas ahora, técnicamente. Eso es lo que se supone que estamos demostrando.
La discusión, que empezó por yogures caducados, se extendió durante toda la cena a temas colindantes: quién decidía el menú semanal, si Teo tenía derecho a opinar sobre el horario de baño de Coral cuando no era su tutor legal, y si el hecho de vivir bajo el mismo techo le daba derecho a reorganizar cualquier cosa que le pareciera ineficiente, incluida, según insinuó Renata en algún momento acalorado, la manera en que ella llevaba la pastelería desde hacía ocho años.
—Eso no tiene nada que ver con la nevera.
—Tiene que ver con que últimamente opinas de todo como si llevaras aquí toda la vida, y solo llevas unas semanas.
Teo se quedó callado un momento, con la mandíbula apretada de esa manera que Renata ya reconocía como su versión particular de contar hasta diez antes de responder algo de lo que pudiera arrepentirse.
—Si te molesta tanto que opine, dilo claramente en vez de sacarlo a la hora de la cena delante de Coral, que por cierto lleva callada toda la discusión fingiendo que le interesa mucho su plato.
Coral, en efecto, llevaba varios minutos con la vista fija en la comida, sin intervenir, algo tan poco habitual en ella que su silencio resultaba más elocuente que cualquier comentario sarcástico que pudiera haber hecho.
—Perdona —dijo Renata, bajando la voz, dirigiéndose tanto a Coral como a Teo—. No debería haber sacado el tema de la pastelería. Eso no tiene que ver con los yogures.
—No tiene que ver, no —confirmó Teo, algo más calmado también—. Pero quizá sí tiene que ver con que llevamos semanas actuando como pareja delante de todo el mundo y nunca hemos discutido de verdad como pareja delante de nadie, ni siquiera entre nosotros. Se nos iba a acumular en algún momento.
Coral, sin levantar la vista del plato, soltó la frase que puso fin, de manera inesperada, a la parte más tensa de la discusión.
—¿Podéis discutir de yogures otro día que no sea el día de las lentejas? Me está costando disfrutar la cena con este ambiente.
Nadie pudo evitar reírse, ni siquiera Renata, que un segundo antes tenía la mandíbula tan apretada como la de Teo, y la tensión se deshizo con la misma rapidez con la que se había formado, dejando en su lugar algo parecido a la vergüenza compartida de dos adultos que se habían dejado llevar delante de una niña de siete años que, al final, había resultado ser la más razonable de los tres.
Después de cenar, mientras Coral veía su programa de repostería con el volumen alto de siempre, Teo se quedó en la cocina ayudando a recoger, y Renata aprovechó el ruido de fondo para decir lo que no había dicho durante la discusión.
—Tienes razón. Sobre lo de que nunca discutimos de verdad. Todo lo que hacemos parece calculado para que otro nos vea, y cuando por fin discutimos de algo real, ni siquiera sabemos hacerlo bien porque no hemos practicado.
—Tampoco hace falta practicar discutir, Renata. Sale solo, para bien o para mal.
—Ya, pero prefiero que salga sin gritar delante de Coral.
—Yo tampoco he gritado. He subido el tono, que es distinto.
—Es prácticamente lo mismo.
—No es prácticamente lo mismo, pero no voy a discutir de si discutimos bien o mal, porque eso sí que sería ridículo.
Se quedaron los dos frente al fregadero, ella lavando, él secando, en una coreografía doméstica que ninguno de los dos había ensayado y que, sin embargo, les salía con una naturalidad incómoda de reconocer en voz alta.
En un momento en que ambos alcanzaron el mismo plato a la vez, las manos se tocaron más tiempo del estrictamente necesario para el traspaso, y ninguno de los dos la retiró de inmediato, ni comentó nada al respecto, aunque Renata notó cómo el pulso se le aceleraba de una manera que no tenía nada que ver con la discusión de los yogures ni con ninguna estrategia legal diseñada por Nayara.
—Lo de la nevera —dijo Teo, rompiendo el silencio, con la voz algo más baja de lo habitual—. Lo siento. Tienes razón en que no era mi sitio para decidir sin preguntar.
—Y yo siento haber mezclado la pastelería. Eso no tenía nada que ver contigo.
—Un poco sí tenía que ver. Llevo semanas viviendo en tu casa, comiendo de tu nevera, opinando de tu hija sin ser nadie legalmente para hacerlo. Es lógico que en algún momento te sintieras invadida.
—No es mi hija. Es mi sobrina.
—Ya me entiendes.
Renata lo entendía, y por primera vez desde que había bajado aquel primer día con el paquete y la propuesta absurda, no supo si lo que sentía en el pecho era alivio por haber arreglado la discusión o algo completamente distinto, más difícil de nombrar y mucho más peligroso de admitir en voz alta a esas alturas del plan.
Coral, desde el sofá, sin apartar la vista de la pantalla, gritó que "el fondant de esta semana daba todavía más vergüenza que el anterior", ajena por completo a que en la cocina, dos adultos que se suponía que solo estaban fingiendo, acababan de descubrir que discutir de verdad, con gritos moderados y manos que tardaban en soltarse, se parecía sospechosamente a lo que hacían las parejas de verdad cuando nadie más estaba mirando.
La conversación sobre el dinero, la que Teo había prometido tener "en algún punto" desde la primera semana, llegó por fin un domingo por la mañana, mientras Coral todavía dormía y los dos se sentaron en la mesa de la cocina con dos cuadernos distintos: el de las cuentas de la pastelería, que Renata llevaba con precisión de años de práctica, y uno nuevo, en blanco, que Teo había comprado expresamente para la ocasión.
—Propongo algo simple —empezó él, abriendo el cuaderno nuevo con una primera página ya rayada en columnas—.
Gastos fijos de la casa, a partes iguales, independientemente de quién gane más ese mes.
Gastos de Coral, los cubres tú porque legalmente es tu responsabilidad, pero yo aporto lo que pueda sin que se convierta en un tema de discusión constante.
—¿Y si algún mes gano mucho menos por la pastelería, en temporada baja?
—Entonces lo hablamos ese mes concreto, no lo decidimos ahora para siempre. No quiero un sistema tan rígido que se rompa en la primera excepción.
Renata revisó las columnas que Teo había dibujado, sorprendida de lo meditado que parecía todo, como si hubiera pasado más de una noche pensando en la mejor manera de plantearlo sin que sonara ni a caridad ni a contrato.
—¿Por qué te importa tanto que esto quede bien definido?
—Porque he visto, en mi trabajo anterior con los niños en acogida, cuánto se estropean las cosas cuando el dinero se convierte en un tema que nadie quiere sacar hasta que ya es demasiado tarde para hablarlo con calma. No quiero que nos pase eso a nosotros, sea lo que sea esto que tenemos.
Fue la primera vez que Teo mencionaba directamente su experiencia anterior sin que Renata le hubiera preguntado, y ella decidió, con cuidado, no forzar la conversación hacia ese terreno todavía prohibido, aceptando en cambio la parte que él sí estaba dispuesto a compartir en ese momento concreto.
—Me parece bien el sistema. Simple, revisable, sin rigidez excesiva.
—Entonces trato hecho.
—Trato hecho.
Se dieron la mano por encima de la mesa, en un gesto que empezó como broma por lo formal que sonaba y que terminó, sin que ninguno lo comentara en voz alta, durando unos segundos más de lo que cualquier broma necesita para quedar completa.
La pesadilla llegó un martes de madrugada, casi un mes después de que Teo se instalara oficialmente en el piso, con un grito de Coral que sacó a Renata de la cama antes de que su cerebro terminara de procesar qué estaba pasando.
Cuando llegó a la habitación, Coral estaba sentada en la cama, empapada en sudor, con los ojos abiertos pero todavía atrapada a medias en lo que fuera que había estado soñando.
—Estaban en el coche otra vez —dijo, con una voz mucho más pequeña que la que usaba de día, sin rastro de sarcasmo ni de ironía, solo el miedo desnudo de una niña de siete años que llevaba dos meses cargando algo que ningún adulto a su alrededor sabía exactamente cómo aligerar—.
Y yo estaba ahí, pero no podía hacer nada.
Renata se sentó en la cama y la abrazó sin decir nada al principio, dejando que el cuerpo pequeño de Coral se sacudiera contra el suyo un rato antes de intentar cualquier palabra.
Fue Teo quien apareció en la puerta unos minutos después, alertado por el ruido, y quien se quedó apoyado en el marco sin entrar, dándole espacio a Renata pero sin irse tampoco, hasta que Coral, todavía llorando, levantó la vista y le preguntó directamente si podía sentarse también.
Se sentó al otro lado de la cama, sin decir gran cosa, sin intentar explicar la pesadilla ni minimizarla con frases hechas, y cuando Coral por fin se calmó lo suficiente para hablar de nuevo, fue a él a quien le hizo la pregunta que lleva tiempo sin hacerle a nadie.
—¿Tú también sueñas con gente que se ha ido?
—A veces. No con la misma frecuencia que tú, imagino, pero sí.
—¿Y qué haces cuando pasa?