Capítulo 5 #3
Teo se unió a la merienda a última hora, después de cerrar la clínica, y Nadia, que no tenía ningún contexto previo sobre la situación legal de la familia, simplemente lo trató como lo que parecía ser desde fuera: el hombre de la casa, sin necesidad de más explicación, sentado a la mesa partiendo trozos de bizcocho para las dos niñas con la misma naturalidad con la que lo haría cualquier padre un sábado por la tarde.
A Renata, observando la escena desde la cocina, le pareció que aquella mirada externa, sin contexto legal, sin cuaderno de mentiras, era quizá la prueba más honesta que habían tenido hasta ahora de que lo que fuera que estaban construyendo ya no necesitaba explicación para sostenerse.
Cuando Susana y Nadia se marcharon esa tarde, con la promesa de repetir la merienda pronto, Coral se quedó recogiendo las migas de bizcocho de la mesa con una satisfacción evidente que no tenía nada que ver con la limpieza en sí.
—Le ha caído bien a Nadia. Y a su madre no le ha parecido raro lo nuestro, ni una vez.
—¿Esperabas que le pareciera raro?
—Un poco. La gente a veces pone caras cuando le explico cómo estamos formados. Pero Susana ni siquiera ha preguntado más de la cuenta. Eso me ha gustado.
Renata la abrazó desde atrás, sin que Coral se lo pidiera, y por un momento se quedaron las dos así, en la cocina llena de migas, sin necesidad de añadir nada más a una tarde que ya había dicho, sin palabras grandilocuentes, todo lo que necesitaba decir sobre lo que habían construido entre los tres.
Días después, Coral volvió a sacar el tema del beso pendiente, esta vez sin previo aviso, en mitad de la cena, con la misma naturalidad con la que comentaba el fondant de la televisión.
—Sigo esperando la actualización sobre el tema del beso, para que conste.
—Coral, estamos cenando.
—Eso no responde a la pregunta. Solo la aplaza.
Teo, sin dejar de masticar, la miró con una media sonrisa que no intentaba disimular nada.
—Cuando pase algo que valga la pena contar, serás la primera en enterarte, te lo prometo.
—Más te vale. Llevo un cuaderno de seguimiento distinto para este tema, por si acaso.
—¿Tienes un cuaderno para todo?
—Tengo un cuaderno para lo que de verdad importa.
Y esto, aunque os dé vergüenza admitirlo, importa bastante.
En la fiesta del colegio, mientras Teo entretenía al grupo de niños con explicaciones sobre conejos, Coral se acercó a Renata con el aire conspirativo de quien tiene algo importante que compartir en privado.
—¿Has visto cómo lo miran las otras niñas de mi clase? Creo que algunas piensan que es guapo.
—¿Y tú qué opinas de eso?
—Opino que tienen razón, pero no se lo voy a decir a él, que ya tiene el ego suficientemente alimentado con lo de las lentejas.
Renata se rio, una risa completa, sin reservas, que hacía semanas no soltaba con esa facilidad, y Coral, satisfecha con el efecto de su comentario, se alejó corriendo de vuelta hacia el grupo de conejos y niños curiosos, dejando a Renata un momento a solas con la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara con la vista adelantada, aquella tarde concreta ya había merecido la pena por sí misma.
Camino a casa, con Coral ya despierta pero todavía adormilada en brazos de Teo, Renata pensó en la frase de Pilar sobre dejar de ser "familia de mentira legal" para convertirse en familia a secas, y decidió que, si alguna vez tenía que explicarle a un juez en qué momento exacto había dejado de ser un trato de conveniencia, probablemente señalaría esa tarde de viernes, con bata de veterinario y bandejas de bizcocho mediocre, como el punto exacto donde la mentira legal había dejado de necesitar el adjetivo.
Aquella misma semana, Coral decidió documentar por escrito, en un cuaderno nuevo que bautizó "registro oficial de pruebas de que esto es real", una lista de momentos que consideraba evidencia suficiente de que lo suyo ya no era mentira legal: la vez que Teo le explicó lo de la espina del pastor alemán, la tarde del parque, el puzle a medio terminar en la estantería, la bata puesta en la fiesta del colegio.
Se lo enseñó a Renata una noche antes de dormir, con la seriedad de quien presenta pruebas ante un tribunal imaginario.
—Esto no hace falta enseñárselo a nadie del juzgado, ¿verdad? —preguntó Renata, hojeando la lista con una mezcla de ternura y sorpresa por la meticulosidad de su sobrina.
—No, esto es solo para nosotros. Para que si algún día alguno de los dos duda de si esto es real, tengamos pruebas escritas de que sí lo es.
Renata cerró el cuaderno con cuidado y se lo devolvió, pensando que, de todas las cosas que Coral había aprendido en aquellos meses complicados, quizá la más valiosa era esa certeza tranquila de que las cosas importantes merecían quedar anotadas en algún sitio, aunque solo fuera para el archivo privado de quien las había vivido.
Esa tarde, cuando Coral volvió del colegio, encontró a Renata sentada en la trastienda con la carta del juzgado todavía en la mano, y aunque intentó disimular guardándola rápido en el bolsillo del delantal, su sobrina ya la había visto.
—Eso es del juzgado. Reconozco el sobre, es igual que los otros.
—Es solo la fecha de la vista, que se ha adelantado un poco. Nada más.
—¿Cuánto es "un poco"?
—Tres semanas.
Coral se quedó pensando aquello con la seriedad que reservaba para los asuntos importantes, dejó la mochila en el suelo junto al taburete de siempre, y preguntó lo que de verdad le preocupaba, sin rodeos innecesarios.
—¿Eso significa que Fermín tiene algo nuevo contra nosotros?
—No lo sabemos todavía. Puede que sí, puede que solo quiera meternos prisa para ponernos nerviosos.
—Pues que sepa que no funciona. Llevamos meses de entrenamiento en no ponernos nerviosos delante de gente con carpeta.
Renata sonrió, a pesar del peso que todavía sentía en el pecho, y por primera vez en toda la tarde se permitió creer, aunque fuera solo un poco, que Coral tenía razón: que fuera lo que fuera lo que Fermín tuviera preparado, los tres habían pasado las últimas semanas construyendo algo lo bastante sólido como para no desmoronarse a la primera fecha adelantada en un calendario judicial.