Capítulo 5 #2
Coral se quedó pensando en aquella comparación durante el resto de la tarde, y esa misma noche, durante la cena, anunció con la solemnidad de quien hace una declaración importante que había decidido que quería ser veterinaria, o detective, o "las dos cosas a la vez, porque no veo por qué tendría que elegir".
—Apoyo totalmente la ambición doble —dijo Teo, sin ninguna ironía en la voz, algo que Renata notó y que le pareció, en ese momento concreto, una de las cosas más bonitas que le había visto hacer desde que empezó todo aquello: tomarse en serio, sin condescendencia, el sueño improvisado de una niña de siete años que hasta esa tarde quería ser repostera, y la anterior, bombera.
Al día siguiente, en el colegio, Coral le contó a Pilar lo de la espina y el pastor alemán con tanto entusiasmo que la tutora, según le contó después a Renata en otra recogida a la salida, "se pasó diez minutos enteros hablando de veterinaria en lugar de repasar las tablas de multiplicar, y sinceramente, mereció la pena la interrupción".
—Cada vez habla más de Teo con esa naturalidad —comentó Pilar, con cuidado, como quien no quiere entrometerse pero tampoco puede dejar de observarlo—.
Al principio era "el tío de mentira legal".
Ahora simplemente dice "Teo" sin ninguna explicación añadida, como si diera por hecho que todo el mundo sabe quién es.
Renata no supo qué responder a eso con precisión, así que simplemente asintió y se despidió, pero se pasó el resto del camino a casa pensando en la diferencia entre esas dos maneras de nombrar a alguien, y en cuándo exactamente, sin que ninguno de los tres lo hubiera decidido de manera consciente, habían dejado de necesitar la explicación jurídica para que la frase sonara verdadera.
El domingo siguiente, Marisol insistió en organizar una comida "sin motivo especial, solo porque me apetece cocinar para más de dos personas", y Renata sospechó, en cuanto recibió la invitación, que el motivo especial existía y tenía que ver con que Marisol quería ver con sus propios ojos, sin la presión de una visita oficial de por medio, cómo funcionaban los tres juntos en un contexto relajado.
Teo llegó con una tarta que había comprado en una pastelería de otro barrio, gesto que Renata consideró casi una provocación viniendo de alguien que vivía encima de una pastelería de verdad, y que él justificó alegando que "no me parecía apropiado presentarme con la competencia directa de tu negocio".
—No es competencia, Teo, es solidaridad gremial. Además, la tuya tiene peor pinta.
—Tiene pinta perfectamente decente.
—Coral, dale tu opinión profesional.
Coral, que ya se consideraba a sí misma una autoridad indiscutible en materia de repostería después de meses viendo el programa de la televisión, examinó la tarta con el ceño fruncido de un juez de concurso.
—El glaseado está mal repartido. Se nota que lo ha hecho alguien con prisa.
—Gracias por la sinceridad brutal, como siempre.
—De nada. Es gratis.
Marisol, que observaba la escena desde la cocina mientras terminaba de preparar el resto de la comida, se rio con ganas y le hizo un gesto a Renata para que se acercara un momento, aprovechando que Teo y Coral seguían discutiendo sobre los méritos relativos de la tarta comprada frente a una hipotética tarta casera.
—Se les ve cómodos —dijo, en voz baja, sin necesidad de más explicación.
—Se les ve cómodos, sí.
—¿Y a ti? ¿Cómo te ves a ti en todo esto?
Renata no tuvo una respuesta preparada, y Marisol, que llevaba suficientes años conociéndola para reconocer cuándo insistir y cuándo dejarlo pasar, no volvió a preguntar, aunque la pregunta se quedó flotando en la cabeza de Renata durante el resto de la comida, mezclada con las risas de Coral y los comentarios de Teo sobre lo poco que sabía nadie apreciar el esfuerzo de comprar una tarta decente en dos horas de margen.
Esa misma tarde, ya después de comer, mientras Teo y Coral se enzarzaban en una partida de cartas cuyas reglas parecían inventarse sobre la marcha según convenía a cada uno, Marisol se llevó a Renata a la trastienda con la excusa de revisar el pedido de harina de la semana siguiente, aunque el pedido tardó exactamente treinta segundos en quedar resuelto y el resto de la conversación fue por otro camino completamente distinto.
—Llevo queriendo decirte esto desde hace días, así que perdona si suena brusco. Se te nota distinta desde que él vive arriba. No hablo de la parte legal, ni del informe, ni de nada de eso. Hablo de que has vuelto a reírte de verdad, no solo por educación, y llevabas dos meses sin hacerlo.
—Es todo muy reciente, Marisol. No sé qué es esto todavía.
—Nadie te pide que lo sepas ya. Solo te pido que no finjas delante de mí que no lo notas tú también, porque se te nota en la cara cada vez que él dice algo gracioso sin darse cuenta de que lo es.
Renata no respondió de inmediato, ocupada revisando el pedido de harina con más atención de la que el pedido en sí merecía, y Marisol, satisfecha con haber soltado lo que llevaba días queriendo decir, cambió de tema hacia algo más ligero, sabiendo que la semilla ya estaba plantada y que forzarla más no serviría de nada.
Cuando volvieron al salón, Coral acababa de ganar la partida de cartas con una jugada que Teo protestaba enérgicamente como ilegal, y el resto de la tarde transcurrió entre risas y acusaciones de trampa que nadie se tomaba del todo en serio, dejando a Renata con la sensación extraña de estar observando su propia vida desde fuera, sorprendida de cuánto se parecía, en ese momento concreto, a algo que llevaba meses sin atreverse a esperar de nuevo.
Un jueves, mientras esperaban en la sala de espera de la clínica a que Teo terminara con el último paciente del día, Coral aprovechó el rato muerto para hacerle a Renata una de esas preguntas directas que solo ella sabía plantear sin ningún rodeo previo.
—¿Vosotros os vais a besar en algún momento, o eso no forma parte del trato?
Renata estuvo a punto de atragantarse con el agua que estaba bebiendo, y tardó unos segundos en recomponer una respuesta que no sonara ni evasiva ni comprometedora en ninguna dirección.
—Eso no es exactamente algo que se planifique con antelación, Coral.
—Ya, pero tenéis un cuaderno para todo lo demás. Me parecía raro que ese tema en concreto no estuviera anotado en ninguna parte.
—No todo necesita estar anotado.
—Entonces sí que os gustáis. Porque si no os gustarais, dirías directamente que no, en vez de decir esa frase tan de adulto que no dice ni sí ni no.
Renata se quedó sin argumentos frente a la lógica implacable de una niña de siete años que llevaba semanas observando cada detalle de la convivencia con la misma atención con la que Teo observaba la cojera de un perro para diagnosticar una espina escondida.
—Es complicado.
—Los adultos decís mucho eso. "Es complicado." Normalmente significa que sí pero tenéis miedo.
—¿Desde cuándo eres una experta en sentimientos de adultos?
—Desde que vivo con dos que fingen no tener ninguno delante de mí y luego se quedan mirándose demasiado tiempo cuando creen que no me doy cuenta.
Teo salió de la consulta justo en ese momento, interrumpiendo lo que fuera que Renata hubiera podido responder a esa última observación, y durante el resto de la tarde ninguna de las dos volvió a mencionar el tema directamente, aunque Renata sospechó, por la mirada satisfecha que Coral le lanzaba de vez en cuando, que su sobrina consideraba aquella conversación pendiente lejos de estar cerrada, solo aplazada hasta el momento que ella misma decidiera oportuno para retomarla.
Esa noche, después de que Coral se durmiera, Renata se quedó pensando en la observación que su sobrina había hecho en la sala de espera de la clínica, la de que se quedaban mirando demasiado tiempo cuando creían que nadie se daba cuenta.
No era la primera vez que Coral demostraba una capacidad de observación que superaba con creces lo que Renata consideraba razonable para su edad, y no supo decidir si aquello la enorgullecía o la ponía nerviosa, quizá ambas cosas a la vez, como le pasaba con casi todo desde hacía dos meses.
Se prometió, sin mucha convicción, dejar de mirar a Teo "demasiado tiempo" durante las cenas siguientes, una promesa que rompió esa misma semana en menos de tres días, cuando lo pilló explicándole a Coral, con una paciencia infinita, por qué los peces no podían comer las mismas galletas que los humanos, y algo en la manera en que él se reía de su propia explicación torpe la hizo olvidar por completo el propósito de contenerse.
Coral decidió, sin consultarlo con ningún adulto, invitar a la niña nueva del parque —se llamaba Nadia y vivía dos calles más allá, según explicó con todo lujo de detalles innecesarios— a merendar en casa el sábado siguiente, y solo informó a Renata de la decisión una vez que ya estaba tomada, con la misma naturalidad con la que anunciaba cualquier otro plan.
—¿No deberíamos preguntar primero si a mí me parece bien?
—Te lo estoy preguntando ahora. Técnicamente es antes de que pase, así que cuenta.
Cuando Nadia llegó con su madre el sábado, Renata se encontró explicando, por primera vez a una desconocida sin contexto legal previo, la configuración exacta de su casa: la tía, el vecino que ya no era solo el vecino, la sobrina que hablaba de ambos con la misma naturalidad con la que hablaba de cualquier otra cosa.
La madre de Nadia, una mujer llamada Susana con aspecto de no juzgar mucho nada mientras las niñas se lo pasaran bien, aceptó la explicación sin hacer más preguntas de las estrictamente necesarias, y las dos madres —o lo que fueran técnicamente Renata y ella en aquella conversación— acabaron charlando durante toda la merienda sobre temas mucho menos complicados: coles del barrio, precios de material escolar, la eterna dificultad de encontrar tiempo libre entre trabajo y crianza.