Capítulo 5
La visita de Almudena había ido bien, pero Coral, que llevaba desde el jueves con una energía distinta, más despierta de lo habitual, decidió que aquello no significaba que el caso estuviera cerrado, sino que había entrado en una fase nueva que ella misma bautizó, durante el desayuno del sábado, como "la fase de comprobación continua".
—¿Qué significa eso exactamente? —preguntó Renata, untando mantequilla en una tostada sin mucha convicción, todavía medio dormida.
—Significa que ahora que la señora de la carpeta se ha ido convencida, tengo que asegurarme de que lo que le hemos contado sigue siendo verdad, aunque sea verdad de mentira. Si dejamos de comprobarlo, se nos puede escapar algo por accidente delante de otra persona.
—¿Y cómo piensas comprobarlo?
—Con preguntas. Aleatorias. Cuando menos las esperéis.
Cumplió su palabra esa misma tarde, en mitad de la cola del supermercado, cuando le preguntó a Teo, sin ningún contexto previo y en voz lo bastante alta como para que la señora de delante se girara con curiosidad, cuál era el segundo nombre de Renata.
—No tiene segundo nombre —respondió Teo, sin dudar, mientras metía los productos en la cinta—. Solo Renata Solá, a secas. Se lo pregunté la primera semana porque me pareció raro que no tuviera.
—Correcto —confirmó Coral, satisfecha, anotando mentalmente el resultado en algún marcador invisible—. Siguiente pregunta: ¿qué serie ve Renata cuando cree que estoy dormida?
—Coral.
—Es una pregunta legítima de comprobación.
—No sé qué serie ves cuando crees que está dormida —le dijo Teo a Renata, genuinamente confundido—, pero ahora tengo curiosidad real, no solo de mentira.
—Eso no cuenta para el ejercicio.
—Cuenta un poco.
La señora de delante en la cola, que llevaba todo el intercambio siguiéndolo con una sonrisa cada vez más amplia, comentó, sin que nadie le pidiera opinión, que "los niños de hoy en día son más listos que sus padres, y eso ya es un problema para todos".
Renata sonrió, pagó, y salió del supermercado pensando que si aquel examen improvisado servía de algo, al menos les había recordado que necesitaban seguir puliendo los detalles pequeños antes de que alguien con menos paciencia que una desconocida en una cola les hiciera la misma pregunta en un contexto mucho más serio.
El verdadero examen, sin embargo, llegó el lunes en el colegio, cuando la tutora de Coral, una mujer llamada Pilar con fama de no dejar pasar nada, pidió hablar un momento con Renata a la salida.
—Coral ha mencionado en clase que tiene "un tío nuevo que vive con nosotras, aunque no es tío de sangre, es más bien un tío de mentira legal, pero mentira buena". Cito textualmente, porque me pareció una formulación bastante precisa para tener siete años.
Renata sintió que el estómago le daba un vuelco, calculando en tiempo real cuánto de aquella frase podía interpretarse mal por alguien que no tuviera el contexto completo del informe social, del juzgado y de Fermín.
—Es una manera peculiar de explicarlo, sí. Estamos en un proceso legal por la custodia, y hay una persona que nos está ayudando a demostrar estabilidad en casa. Coral lo entiende todo con bastante más precisión de la que a veces me gustaría.
Pilar asintió, sin ningún juicio visible en la cara, y añadió algo que Renata no esperaba.
—No me preocupa la formulación. Me preocupaba que sonara a que le han pedido guardar un secreto incómodo. Pero por cómo lo cuenta, con esa naturalidad tan suya, no me da esa sensación. Parece que lo entiende como parte de un plan en el que confía, no como algo que tiene que esconder.
—Eso espero que sea, sí.
—Solo quería comentárselo, por si no lo sabía. Y, entre nosotras, la clase entera se rio mucho cuando explicó que el tío de mentira legal tiene un pez llamado Boro al que ella considera "el único miembro de la familia sin drama añadido". Tiene un sentido del humor bastante particular, su sobrina.
Cuando Renata llegó a casa esa tarde y le contó a Coral la conversación con Pilar, esperando algún tipo de reprimenda suave sobre discreción, Coral se limitó a encogerse de hombros con la misma tranquilidad de siempre.
—No he dicho nada que no fuera verdad. Es un tío de mentira legal. Eso es exactamente lo que es.
—Podrías haber dicho simplemente que es mi pareja, sin toda la explicación jurídica.
—Eso sería mentir de verdad, no mentira legal. Hay una diferencia, y yo la respeto.
Renata no supo si reírse o preocuparse, y al final hizo ambas cosas a la vez, algo que le pasaba cada vez con más frecuencia desde que Coral había empezado a desarrollar aquel sistema propio de clasificar las mentiras según su grado de honestidad interna.
Esa noche, cuando Teo subió después de cerrar la clínica, Renata le contó lo de Pilar mientras él se quitaba los zapatos junto a la puerta, ya con la naturalidad de quien lleva semanas haciendo ese gesto en ese sitio concreto.
—¿"Tío de mentira legal, pero mentira buena"? —repitió él, con una media sonrisa que ya no parecía tan oxidada como las primeras semanas—. Es más honesto que la mitad de lo que Nayara nos ha hecho memorizar.
—Es lo que pienso yo también, aunque no se lo voy a decir a Nayara.
—¿Crees que puede meternos en problemas, que Coral lo cuente así en el colegio?
—Pilar no parecía preocupada. Al contrario. Dijo que le daba la sensación de que Coral confiaba en el plan, no que lo estuviera escondiendo.
Teo se quedó pensando un momento, apoyado contra la encimera de la cocina, con esa expresión suya que Renata había empezado a reconocer como la de alguien calculando riesgos en silencio antes de hablar.
—Eso es raro de admitir, pero me alivia más de lo que esperaba. Que confíe en esto, digo. No solo que finja bien.
—A mí también.
Se quedaron un momento en silencio, cada uno en su lado de la cocina, sin necesidad de llenar el espacio con más palabras, hasta que Coral apareció en el pasillo en pijama, reclamando su turno de baño antes de que "los mayores monopolizaran la conversación seria toda la noche", y la burbuja se rompió con la misma naturalidad con la que se había formado, dejando detrás algo que ninguno de los dos, todavía, se atrevía a llamar por su nombre real.
El sábado, tal como habían acordado, Renata y Teo se sentaron con Marisol en una mesa vacía de la pastelería después de bajar la persiana, con tres cafés que ninguno tocó y la sensación, compartida por los dos, de estar a punto de confesar algo mucho más grave de lo que en realidad era.
—Ya sé que no lleváis juntos desde antes del verano —dijo Marisol, antes incluso de que Renata terminara de plantear el tema, con una tranquilidad que desmontó de golpe todo el discurso que había preparado—. No hace falta que me deis explicaciones como si fuera la trabajadora social.
—¿Lo sabías?
—Renata, os vi cruzaros en el rellano durante meses sin dirigiros la palabra más que para discutir de macetas. No hace falta ser detective para darse cuenta de que la historia oficial y la historia real no son exactamente la misma.
—¿Y por qué no has dicho nada?
—Porque no era asunto mío hasta que decidierais contármelo, y porque entiendo perfectamente por qué lo estáis haciendo.
Si alguien me pregunta directamente cuánto tiempo lleváis, diré que no lo sé con exactitud, que nunca preguntáis esas cosas entre vecinos, y que lo que sí sé con certeza es que esa niña está mejor cuidada ahora que en cualquier otro escenario que se me ocurra.
Teo, que había permanecido callado durante casi toda la conversación, intervino con una pregunta directa, la misma que llevaba preocupándole desde la noche anterior.
—¿Y si alguien te pregunta con más insistencia? ¿Con carpeta, con nombre oficial, en un contexto donde mentir tenga consecuencias legales para ti?
Marisol lo miró un momento, sopesando la pregunta con la seriedad que merecía, y respondió sin ninguna vacilación en la voz.
—Entonces diré la verdad exacta que acabo de decir: que no lo sé con certeza, porque nunca lo he preguntado, y que lo que he visto con mis propios ojos es una familia funcionando mejor de lo que funcionaba hace dos meses. Eso no es mentir. Es no saber una fecha exacta, que es distinto.
Aquella distinción, la misma que Nayara llevaba semanas repitiendo de otras maneras, pareció tranquilizar a Renata más de lo que esperaba, y cuando se despidieron esa noche, con Marisol insistiendo en que aquello no cambiaba nada entre ellas, Renata sintió que una capa entera de la lógica de capas que llevaba acumulando se aligeraba, aunque solo fuera un poco, dejando sitio para las siguientes preocupaciones que ya sabía que llegarían.
Coral empezó a acompañar a Teo a la clínica algunas tardes después del colegio, al principio con la excusa de "vigilar de cerca al pez Boro por si necesita representación legal en el reparto de bienes", y después, sin ninguna excusa en absoluto, porque le había cogido gusto a sentarse en la sala de espera con un cuaderno de dibujo mientras Teo atendía a los animales que entraban por la puerta con sus dueños nerviosos.
Una tarde entró un perro grande, un pastor alemán llamado Ruso, con una cojera que su dueño describía como "de repente, sin motivo, esta misma mañana", y Teo, después de examinarlo con una concentración que a Coral le pareció fascinante desde su silla en la esquina, diagnosticó una espina clavada entre las almohadillas que nadie había pensado en mirar.
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Coral, cuando el dueño se fue con el perro ya curado y visiblemente aliviado.
—Porque cojeaba de una manera concreta, no de cualquier manera. Los animales no pueden explicarte con palabras qué les pasa, así que hay que aprender a leerlo en cómo se mueven, en dónde evitan pisar, en qué gesto hacen cuando les tocas cada zona.
—Es como resolver un misterio, pero con patas en vez de pistas.
—Es exactamente eso, sí.