Capítulo 4 #4
Cerca de la medianoche, cuando por fin terminó la última bandeja, Teo la ayudó a recoger sin que ella se lo pidiera, y mientras subían juntos las escaleras hacia el piso, agotados los dos de maneras distintas, él comentó, casi de pasada, que llevaba tiempo sin sentirse tan tranquilo un martes cualquiera a medianoche.
—Yo tampoco —admitió Renata, y fue la primera vez que lo dijo en voz alta sin ninguna condición legal de por medio, solo la verdad simple de cómo se sentía en ese momento concreto, subiendo unas escaleras con alguien que, sin que ella lo hubiera planeado del todo, se había convertido en una de las pocas certezas estables de su vida reciente.
Subieron el resto de las escaleras en silencio aquella noche de la comunión, un silencio distinto al de las primeras semanas, más cómodo, más parecido al de dos personas que ya no necesitan llenar cada hueco con palabras para sentirse acompañadas.
Antes de separarse en el rellano, cada uno hacia su puerta correspondiente —aunque ya casi nunca usaran la de Teo salvo para recoger algo puntual—, él se quedó un momento más de lo estrictamente necesario, y Renata, demasiado cansada para analizar cada gesto con la misma cautela de siempre, no se apartó cuando él le apartó un mechón de pelo lleno de harina de la cara, un gesto pequeño, sin ninguna intención calculada detrás, que sin embargo se le quedó grabado durante el resto de la semana con más nitidez que cualquier otra cosa que hubiera pasado ese día.
El lunes siguiente, revisando el correo del colegio junto con Coral antes de que se fuera a dormir, Renata encontró una circular sobre la fiesta de fin de trimestre, con un apartado que pedía "la presencia de las familias" para una merienda comunitaria en el patio.
Antes habría dudado en apuntar a Teo en la casilla de acompañante, calculando cuánto se notaría, cuánto tendría que explicar.
Esa noche, sin embargo, escribió su nombre sin pensarlo dos veces, y solo al terminar se dio cuenta de con qué naturalidad lo había hecho, como si aquella casilla llevara semanas esperando ese nombre concreto sin que ella se hubiera percatado del todo.
La fiesta de fin de trimestre llegó el viernes siguiente, y Teo pidió permiso en la clínica para salir una hora antes, algo que no había hecho ni una sola vez desde que Renata lo conocía, ni siquiera para las visitas de Almudena.
Llegó al patio del colegio con la bata todavía puesta bajo la chaqueta, sin tiempo de cambiarse, y Coral, al verlo entrar por la puerta principal, salió corriendo hacia él delante de toda su clase con una efusividad que dejó a más de una madre observando la escena con curiosidad.
—Has venido con la bata puesta. Qué vergüenza.
—He venido lo más rápido que he podido. La vergüenza es el precio de la puntualidad.
—Está bien. Te perdono, esta vez.
Pilar, que coordinaba la merienda desde una mesa cercana, se acercó a saludar a Renata con una sonrisa cómplice que no necesitaba más explicación que la escena que acababan de presenciar juntas.
—Cada vez sois menos "familia de mentira legal" y más familia a secas, ¿no le parece?
Renata no supo qué responder exactamente, pero sonrió, y aquella tarde, entre juegos organizados y bandejas de bizcocho que las madres del colegio habían preparado con más entusiasmo que talento repostero, se permitió, por primera vez en mucho tiempo, no calcular nada: ni fechas, ni coartadas, ni riesgos legales.
Solo disfrutar de una tarde de viernes cualquiera, con Coral corriendo entre columpios y Teo todavía con la bata puesta, explicándole a un grupo de niños curiosos por qué los conejos no debían comer lechuga en exceso.
Antes de volver a casa, ya con la tarde del colegio terminada y el patio vacío de niños, Teo se ofreció a llevar en brazos a Coral, que se había quedado dormida en el banco esperando a que los adultos terminaran de recoger las bandejas vacías de bizcocho.
Renata los observó un momento desde atrás, la niña dormida contra el hombro de un hombre que ocho semanas atrás apenas le dirigía la palabra por un asunto de macetas, y pensó que ninguna carpeta de Almudena, por muy detallada que fuera, podría documentar del todo la escena exacta que tenía delante en ese momento.
Cuando llegaron a casa esa noche, con Coral ya despierta del todo y protestando que "podía caminar sola perfectamente, no hacía falta tanto teatro", Teo la dejó en el suelo del portal entre risas, y los tres subieron las escaleras juntos, sin prisa, comentando los detalles absurdos de la fiesta del colegio: la madre que había confundido el azúcar con la sal en su bizcocho, el profesor de educación física que se había torcido un tobillo persiguiendo un balón perdido, la insistencia de un niño de la clase de Coral en que los conejos, según él, "en realidad eran extraterrestres disfrazados".
Fue una escalera cualquiera, subida sin ninguna urgencia legal detrás, y sin embargo, para Renata, se quedó grabada como una de las más importantes que había subido en mucho tiempo.