Capítulo 4 #3
La frase de Teo se le quedó a Renata clavada durante varios días, no porque fuera especialmente cruel, sino porque encajaba con una sospecha que ella misma llevaba semanas evitando nombrar del todo: que quizá Fermín no estaba luchando por Coral en absoluto, sino por ganar algo que ni siquiera tenía muy claro qué era, más allá de la certeza abstracta de que hacer lo correcto, según él, significaba llevarse a la niña a vivir a un sitio con jardín y una pareja "estable emocionalmente", sin preguntarse nunca si esa niña concreta, con su cronómetro mental y sus dibujos improvisados en la pared, prefería otra cosa.
Aquella misma semana, antes de que llegara la llamada tensa de Nayara sobre la vista adelantada, hubo una tarde tranquila que Renata guardó en la memoria con un cuidado especial, quizá precisamente porque presentía, sin saber todavía por qué, que las tardes tranquilas iban a escasear pronto.
Teo había llegado temprano de la clínica, algo poco habitual, y en lugar de sentarse a revisar fichas como solía hacer, propuso algo que ninguno de los tres había hecho desde que empezó todo aquello: salir a dar un paseo sin ningún propósito legal ni estratégico detrás, solo porque hacía buena tarde y Coral llevaba días quejándose de que "esta familia de mentira legal nunca hace nada divertido de verdad".
Fueron al parque que había dos calles más abajo, el mismo al que Renata llevaba a Coral los domingos desde niña cuando todavía existía otra familia, otra configuración de personas alrededor de aquel columpio concreto que ahora Coral reclamaba con la misma urgencia de siempre.
Teo la empujó en el columpio con una torpeza inicial que fue corrigiendo a medida que Coral le indicaba, con precisión de instructora exigente, la altura exacta que consideraba aceptable.
—Más fuerte. No tengas miedo de que me caiga, sé caer bien.
—Eso no me tranquiliza especialmente.
—Debería. Significa que confío en mi propio criterio de seguridad más que en el tuyo.
Renata los observaba desde el banco cercano, con una tranquilidad que llevaba meses sin sentir de manera tan completa, sin el peso constante del informe, del juzgado, de las fechas que no cuadraban del todo.
En un momento en que Coral se bajó del columpio para ir a jugar con otra niña que había reconocido del colegio, Teo se sentó junto a Renata en el banco, ambos observando a Coral desde la distancia prudente que los padres —o quienes hicieran ese papel, con o sin papeles oficiales de por medio— aprenden a mantener sin dejar de vigilar del todo.
—Esto es agradable —dijo Teo, sin mirarla directamente, con la vista todavía puesta en Coral—. Sin cuaderno de mentiras, sin ensayar respuestas. Solo esto.
—Sí que lo es.
—¿Te asusta lo agradable que es?
Renata se quedó pensando la pregunta un momento, sorprendida de que la hubiera formulado con tanta precisión, tocando exactamente la parte de ella que llevaba semanas evitando nombrar.
—Un poco. Porque si esto deja de ser solo estrategia legal, entonces hay mucho más que perder si sale mal.
—O mucho más que ganar si sale bien.
No respondió a eso, no porque no tuviera respuesta, sino porque en ese momento Coral volvió corriendo hacia ellos, reclamando su atención para algo relacionado con la niña nueva del colegio, y la conversación quedó suspendida en ese punto exacto, sin resolver, esperando el momento adecuado para retomarse que, Renata sospechaba, no llegaría hasta que las cosas con Fermín estuvieran resueltas de una manera u otra.
De camino a casa desde el parque, con Coral corriendo unos metros por delante persiguiendo palomas que se negaban a dejarse alcanzar, Teo retomó la conversación que habían dejado suspendida en el banco, esta vez sin rodeos.
—No espero que me des una respuesta ahora. Solo quería que supieras que la pregunta sigue ahí, de mi parte, cuando estés lista para pensarla en serio.
—Lo sé. Y te lo agradezco, aunque no sepa todavía qué hacer con ella.
—No hay prisa. Tenemos, según Nayara, varias semanas más antes de la vista. Eso también es tiempo para nosotros, no solo para el juzgado.
Renata sonrió, algo que le costaba menos hacer con Teo que con casi cualquier otra persona desde el funeral, y por un momento, viendo a Coral perseguir palomas dos calles antes de llegar a casa, pensó que quizá aquello —el tiempo compartido sin urgencia legal encima, las conversaciones suspendidas que se retomaban sin presión— era, en el fondo, la definición más honesta de lo que llevaban semanas construyendo sin ponerle nombre todavía.
Días después del paseo por el parque, Renata tuvo que hacer un pedido grande para una comunión, el tipo de encargo que la obligaba a quedarse hasta bien entrada la noche preparando bandejas de dulces variados, y Teo, sin que ella se lo pidiera, se presentó en la pastelería después de cerrar la clínica con la excusa de "hacer compañía mientras trabajas, no vaya a ser que te quedes dormida sobre el hojaldre".
—No necesito compañía, Teo. Necesito silencio para concentrarme en las cantidades.
—Puedo hacer silencio. Se me da sorprendentemente bien, para ser alguien que discute contigo por yogures.
Se sentó en el mismo taburete de siempre, con un libro sobre patologías comunes en animales domésticos que había traído de la clínica, y durante casi dos horas mantuvo su palabra, leyendo en silencio mientras Renata amasaba, horneaba y decoraba bandeja tras bandeja sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de llenar el silencio con conversación.
De vez en cuando, ella le pasaba algún dulce recién salido del horno para que lo probara, "control de calidad", según lo justificaba, y él aceptaba cada vez con un comentario distinto sobre lo que le parecía mejorable, ninguno especialmente útil desde el punto de vista profesional pero todos suficientes para hacer que ella sonriera sin darse cuenta.