Un hogar para dos y medio Capítulo 4
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Capítulo 4

La llamada de la trabajadora social llegó un martes a las nueve de la mañana, con fecha fijada para el jueves siguiente, "visita domiciliaria de valoración", según la terminología oficial que Nayara tradujo por teléfono en una sola frase: "Van a entrar en tu casa y van a mirarlo todo, literalmente todo, así que prepárate. "

—¿Todo qué? —preguntó Renata, con el teléfono sujeto entre la oreja y el hombro mientras metía la última bandeja en el horno.

—La nevera. Si hay comida de verdad o solo comida de emergencia.

Si la niña tiene su propio espacio, aunque sea pequeño.

Si hay señales de rutina, deberes hechos, ropa limpia, algún dibujo en la nevera.

Y sí, también van a fijarse en si hay señales de que tu pareja convive de verdad o solo aparece los jueves con corbata puesta para la ocasión.

—No tengo corbata. Ni Teo tampoco, que yo sepa.

—Mejor. Las corbatas de última hora se notan más de lo que la gente cree.

Renata colgó y se quedó mirando la cocina de la pastelería como si de repente contuviera pruebas incriminatorias en cada rincón, aunque lo único que había allí era harina, azúcar y una lista de pedidos pegada con celo torcido junto a la caja registradora.

La casa era otra cosa. La casa sí necesitaba trabajo, y no tenía dos días para fingir ocho semanas de convivencia sin que se notara el pegamento fresco.

Esa noche bajó al primer piso con una lista distinta a las anteriores, esta vez escrita a mano en el reverso de otra factura de harina, porque parecía que las facturas de harina se habían convertido, sin que nadie lo decidiera, en el papel oficial de todos los planes importantes de su vida reciente.

—Jueves a las cuatro —anunció, sin preámbulos, cuando Teo abrió la puerta—. Visita domiciliaria.

—¿En tu casa o en la mía?

—En la mía, que es donde vivimos "oficialmente" según lo que le hemos contado a todo el mundo. Pero necesito que estés allí, con cosas tuyas visibles. Ropa, un cepillo de dientes, algo que no parezca recién comprado en una farmacia de urgencia esta misma tarde.

Teo se apoyó en el marco de la puerta, cruzado de brazos, con la expresión de alguien haciendo cuentas mentales sobre cuánto de su vida privada estaba dispuesto a trasladar dos pisos más arriba por una mentira que, técnicamente, todavía no era del todo mentira.

—¿Cuánta ropa hablamos?

—La suficiente para que un cajón no parezca vacío si alguien lo abre. No creo que lo abran, pero Nayara dice que hay que jugar como si fueran a abrirlo todo.

—¿Y el cepillo de dientes lo dejo en tu baño sin más, o hacemos alguna ceremonia?

—Cállate y ayúdame a mover cajas, Teo.

Pasaron la tarde del miércoles trasladando lo mínimo indispensable: dos camisas, un neceser, unas zapatillas de estar en casa que Teo dejó junto a la puerta con una sensación visible de estar invadiendo un territorio que no era suyo del todo, y el cepillo de dientes, que acabó, en efecto, sin ceremonia alguna, en un vaso junto al de Renata, ocupando un espacio que hasta ese momento había pertenecido solo a ella y, antes, a un tiempo que ya no existía.

Coral supervisó toda la operación sentada en el sofá con las piernas cruzadas, dando su opinión sobre cada objeto que entraba.

—Esas zapatillas son horribles. Ningún hombre que vive de verdad con alguien tiene zapatillas tan feas.

—Son cómodas.

—Eso lo dicen todos los hombres con zapatillas horribles. Es la frase estándar.

—¿Tienes alguna sugerencia mejor, o solo criticas?

—Tengo sugerencias, pero cuestan dinero y no es mi trabajo financiar tu vestuario de mentira.

El jueves a las cuatro menos cinco, Renata había repasado la casa tres veces: la nevera con comida real y no solo congelados, los deberes de Coral pegados con un imán en la puerta del frigorífico, el neceser de Teo visible en el baño sin resultar sospechosamente ordenado, y a Teo mismo, sentado en el sofá con una camiseta que Renata no le había visto nunca y que sospechaba que se había puesto expresamente para la ocasión a pesar de haber discutido, dos días antes, sobre lo mal que sentaban las corbatas de última hora.

La trabajadora social se llamaba Almudena, tenía una carpeta más gruesa que la de Nayara y una sonrisa profesional que no revelaba nada sobre lo que estaba pensando en cada momento.

Se sentó en el sillón que Renata le ofreció, aceptó el vaso de agua que le tendió Teo con una normalidad que a Renata le sorprendió gratamente, y empezó con preguntas sencillas: cuánto tiempo llevaban en la casa, cómo se organizaban los horarios, cómo estaba Coral llevando el colegio.

—Bien —respondió Coral, antes de que ninguno de los adultos pudiera adelantarse—, aunque depende del día. Los lunes son malos porque hay mates a primera hora. Los jueves son buenos porque hay plástica y toca pintar cosas que no tienen que estar bien hechas.

Almudena sonrió, esta vez con algo que parecía genuino y no solo profesional, y anotó algo en la carpeta que Renata no pudo leer desde donde estaba sentada.

—¿Y en casa, Coral? ¿Cómo van las cosas en casa?

—Depende de quién cocine. Si cocina mi tía, comemos bien pero tarde. Si cocina Teo, comemos a tiempo pero con demasiadas lentejas.

—Solo han sido unas lentejas, Coral.

—Han sido dos veces esta semana. Eso ya es una tendencia.

Almudena se rio, de verdad, y Renata sintió que algo en su pecho se destensaba un grado, solo un grado, porque todavía quedaba mucha visita por delante y no era momento de relajarse del todo.

La trabajadora social preguntó por la rutina de las noches, por si Coral tenía pesadillas, por cómo se llevaba con Teo específicamente, y aquí Coral, sin que nadie se lo hubiera indicado, respondió con la frase exacta que había practicado semanas atrás en la mesa de la cocina.

—Todavía lo estoy valorando. Pero de momento no ha hecho nada para que retire el aprobado provisional.

—¿Aprobado provisional? —repitió Almudena, con una ceja levantada que a Renata le recordó, de manera incómoda, a la de Marisol en la escalera.

—Tengo un sistema. No es complicado, solo es riguroso.

Teo, desde su sitio en el sofá, no intervino para suavizar la respuesta ni para explicarla, y aquello, curiosamente, pareció funcionar mejor que cualquier intento de traducción adulta: dejó que Coral hablara como hablaba siempre, sin filtro edulcorado para la ocasión, y Almudena pareció apreciar precisamente esa falta de guion tanto como cualquier otra cosa que hubiera visto en la casa.

Antes de irse, ya en la puerta, Almudena hizo una última pregunta, dirigida a Teo directamente, con un tono que sonaba menos a protocolo y más a curiosidad personal.

—¿Cuánto tiempo lleva usted en la vida de Coral?

—Oficialmente, unas semanas viviendo bajo el mismo techo. Pero la conocía del edificio desde antes, aunque no hablábamos mucho.

—¿Y cómo describiría su relación con ella, más allá del papel de pareja de su tía?

Teo se quedó un segundo pensando la respuesta, no porque no la tuviera, sino porque parecía estar decidiendo cuánta verdad ponía en una frase que técnicamente formaba parte de una estrategia legal.

—Directa. Ella pregunta lo que quiere saber, yo respondo lo que puedo responder, y de momento eso ha bastado para que no me odie del todo.

—Eso suena a una relación bastante sana, la verdad —dijo Almudena, cerrando la carpeta—. Muchos adultos tardan años en aprender a hablarle así a un niño, sin condescendencia ni cuentos.

Cuando la puerta se cerró y los tres se quedaron solos en el salón, ninguno dijo nada durante varios segundos, hasta que Coral, sentada todavía en el sofá con las piernas cruzadas, rompió el silencio con la practicidad que la caracterizaba.

—Creo que ha ido bien. Le he caído bien a la señora de la carpeta.

—Le has caído muy bien —confirmó Renata, dejándose caer en el sillón que Almudena acababa de dejar libre, con la sensación de haber corrido, sin moverse del sitio, una distancia considerable.

—Vosotros también, para ser sinceros. Sobre todo cuando no habéis intentado corregirme delante de ella. Eso ha estado bien.

Teo, todavía en el sofá, con la camiseta nueva y las zapatillas horribles de Coral criticadas dos días antes visibles junto a la puerta, se permitió por primera vez desde que había aceptado el trato una expresión que no era ni cautela ni condición negociada, sino algo mucho más simple y, por eso mismo, más difícil de ignorar para Renata: alivio compartido, del tipo que solo se siente cuando algo importante ha salido bien y hay alguien más en la habitación con quien celebrarlo sin necesidad de explicarlo.

Los dos días entre la llamada de Almudena y la visita en sí transcurrieron para Renata en un estado de alerta constante que le recordaba, sin que le gustara la comparación, a los primeros días después del accidente: listas, llamadas, la sensación de que cualquier detalle olvidado podía convertirse en un problema mucho más grande de lo que parecía a simple vista.

Nayara le mandó, sin que ella lo pidiera, un documento de dos páginas con lo que llamaba "errores frecuentes en visitas domiciliarias", una lista que incluía cosas tan dispares como no dejar medicación a la vista sin justificar, asegurarse de que la niña tuviera acceso fácil a un baño limpio, y —esto subrayado dos veces— no ensayar las respuestas delante de la trabajadora social, porque los niños ensayados se notan a la legua y generan más sospechas que confianza.

—Entonces qué hago, ¿le digo a Coral que responda lo que le salga y ya está?

—Le dices que responda la verdad, que es distinto de "lo que le salga". Coral tiene más sentido común que la mayoría de adultos que conozco. Confía un poco en eso.

Renata no estaba del todo convencida de que confiar en el sentido común de una niña de siete años fuera una estrategia legal sólida, pero tampoco tenía ninguna mejor, así que el miércoles por la noche, en vez de ensayar preguntas y respuestas como había hecho la primera vez, se limitó a explicarle a Coral, con la mayor sencillez posible, quién iba a venir y por qué.