Un hogar para dos y medio Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—La he leído. Y acepto la cláusula. Si algún día Boro necesita casa nueva, tiene prioridad sobre cualquier otro candidato.

—Eso la va a hacer muy feliz. Más feliz de lo que probablemente debería admitir en voz alta.

—Es una negociadora bastante mejor que muchos adultos que conozco.

—Viene de familia, me temo.

Teo sonrió, otra vez esa sonrisa corta y poco entrenada, y bajó las escaleras con la lista doblada en el bolsillo, dejando a Renata en la puerta con la sensación, cada vez más difícil de ignorar, de que aquello que habían empezado por pura necesidad legal se estaba llenando, capítulo a capítulo, de detalles que ninguna estrategia de despacho de abogados podría haber previsto ni fingido.

Ya en la puerta, con la lista de Coral guardada en el bolsillo, Teo añadió una última cosa antes de bajar, como si se le hubiera ocurrido en el último momento y no quisiera dejarla para el día siguiente.

—Voy a necesitar que hablemos de dinero en algún punto. No ahora, no esta noche. Pero si vamos a compartir gastos de verdad, para que Nayara pueda decir con la conciencia tranquila que convivimos, hay que hacerlo de forma que ninguno de los dos acabe resentido dentro de dos meses.

—Me parece razonable.

—No te lo digo por desconfianza. Te lo digo porque he visto a gente destrozar cosas mucho más sencillas que esta por no hablar de dinero a tiempo.

—¿Lo dices por experiencia?

—Lo digo por sentido común. La experiencia la guardo para otro día, si no te importa.

Renata no insistió. Cerró la puerta cuando él ya había empezado a bajar el primer tramo de escaleras, y se quedó un momento con la mano todavía en el pestillo, pensando que, de todas las condiciones que Teo había puesto sobre la mesa esa semana, aquella —hablar de dinero para no acabar resentidos— era, sin proponérselo, la más parecida a algo que diría alguien planeando quedarse mucho más tiempo del que un informe social exigía.

La semana terminó con una cena más, la cuarta desde que empezó el trato, y esta vez fue Teo quien subió con algo preparado en un táper, en lugar de esperar a que Renata bajara con excusas de paquetes mal entregados.

—He hecho de más en la clínica. Bueno, en mi cocina, no en la clínica, aunque suene raro decirlo así.

—Suena raro de las dos maneras.

—Es guiso de lentejas. Nada especial, pero se me ocurrió que si vamos a construir una historia de convivencia creíble, en algún momento tenía que aparecer yo cocinando algo que no fuera pasta con demasiada pimienta imaginaria.

Coral, que ya tenía tres platos puestos en la mesa antes de que ninguno de los dos adultos hubiera decidido formalmente que aquello iba a ser una cena conjunta, anunció desde la cocina que las lentejas "olían a que alguien por fin se estaba tomando esto en serio", lo cual, tradujo Renata para sí misma, era el equivalente en lenguaje de Coral a una aprobación oficial.

Cenaron los tres sin el cuaderno de la mentira sobre la mesa por primera vez desde que había empezado todo, sin repasar fechas ni detalles inventados, solo comentando si las lentejas necesitaban más sal y si el programa de repostería del día siguiente traía la final que Coral llevaba esperando toda la semana.

No parecía un ensayo. No parecía, tampoco, todavía, la vida real que terminaría siendo.

Era, por primera vez desde el funeral, simplemente una cena de martes, ordinaria y sin urgencias, y a Renata, que llevaba ocho semanas contando los días como quien cuenta heridas, aquello le pareció, sin necesidad de nombrarlo en voz alta, suficiente.

Cuando Teo se fue esa noche, Coral esperó a que se cerrara la puerta del edificio dos pisos más abajo antes de asomarse desde su habitación, todavía en pijama, con la excusa de un vaso de agua que en realidad no necesitaba.

—¿Va a funcionar? —preguntó, sin ninguno de sus tonos habituales, directa, sin sarcasmo por primera vez en varios días.

—No lo sé todavía. Pero lo estamos intentando en serio, no a medias.

—Eso ya es más de lo que hacía Fermín.

—Eso ya es más de lo que hacía Fermín, sí.

Coral asintió, se bebió el agua que había pedido de excusa, y volvió a su habitación sin decir nada más, dejando a Renata con la certeza extraña de que aquella pregunta, hecha sin ironía y sin necesidad de anotarla en ningún cuaderno, pesaba más que cualquier informe que Nayara pudiera presentar en su nombre.

Renata se quedó un rato más en el salón después de que Coral volviera a su habitación, ordenando sin necesidad los cojines del sofá, y pensó que aquella pregunta suya —"¿va a funcionar?

"— era, en realidad, la misma que ella se hacía desde el primer día, solo que dicha en voz alta por alguien que todavía no había aprendido a disfrazar el miedo de otra cosa antes de soltarlo.

Apagó la luz de la cocina, comprobó dos veces que la puerta estuviera bien cerrada —una costumbre nueva, desde el mensaje de Fermín, que antes no tenía— y se quedó un momento más de pie en el pasillo a oscuras, escuchando el silencio del edificio entero, antes de decidir que por esa noche ya habían hecho suficiente los tres.