Un hogar para dos y medio Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—¿Estás preparada para que esto se sienta real en algún momento?

No hablo de la trabajadora social ni del informe.

Hablo de la parte en la que convivimos, cenamos, criamos entre los dos a una niña que ya me ha aprobado con reservas, y en algún punto deja de ser un papel que interpretamos y empieza a ser, sin que lo decidamos, otra cosa.

Renata no tuvo una respuesta preparada para eso, y no la fabricó solo para llenar el silencio, como había hecho tantas veces esa semana con Coral.

—No lo sé. Pero prefiero descubrirlo contigo que no descubrirlo nunca por haber tenido demasiado miedo a que pasara.

Teo asintió, sin decir nada más, y bajó las escaleras con las manos en los bolsillos.

Renata cerró la puerta, apagó la luz del pasillo que insistía en dejar encendida por si Coral se despertaba, y se quedó un momento apoyada contra la madera, escuchando los pasos de él perderse dos pisos más abajo, hasta que la casa entera volvió a quedarse en ese silencio nuevo, distinto, que llevaba ocho semanas sin saber si era de duelo o de otra cosa que todavía no tenía nombre.

Al día siguiente, un lunes cualquiera que empezaba a no sentirse tan cualquiera, tuvieron su primera puesta en escena sin haberla planeado.

Marisol subía la compra por la escalera cuando se cruzó con los tres bajando hacia el colegio, Teo con la bata de veterinario a medio abotonar y Coral entre los dos con la mochila colgando de un solo hombro.

—Vaya, qué panorama más familiar —dijo Marisol, sin ninguna sutileza, deteniéndose a media escalera con las bolsas todavía en las manos.

—Bajo a abrir la clínica —dijo Teo, con una naturalidad que a Renata le pareció, viniendo de él, casi sospechosa de lo bien ensayada que sonaba—. Renata me ha pedido que la ayude con Coral esta semana, con lo del colegio.

—Ya, ya. "Ayudarla con lo del colegio." Como se llame ahora.

—Se llama exactamente así, Marisol —intervino Coral, sin inmutarse, con el tono de quien lleva ensayando esa frase concreta desde el sábado—. Ayudarla con lo del colegio. Nada más raro que eso.

Marisol la miró un segundo, sin del todo creérselo, y después miró a Renata con una ceja levantada que decía mucho más de lo que se atrevía a decir en voz alta delante de la niña.

—Luego hablamos tú y yo.

—Luego hablamos.

Siguieron bajando, Coral entre los dos sin que nadie se lo hubiera pedido así, y cuando llegaron al portal y Teo se despidió hacia la clínica y Renata hacia el colegio con Coral de la mano, ninguno de los tres dijo nada sobre lo que acababa de pasar, aunque los tres sabían que acababan de pasar la primera prueba real, sin trabajadora social, sin carpeta, sin nadie tomando notas oficiales, solo una vecina con bolsas de la compra y una ceja levantada que por ahora, de momento, había bastado.

Boro, el pez de Teo, resultó ser un tema de conversación más largo de lo que cualquiera de los tres había previsto.

Coral, que se había prometido a sí misma no encariñarse con nada relacionado con "el gruñón del veterinario" hasta tener pruebas suficientes de que merecía la pena, hizo una excepción inmediata con el pez, al que visitó tres tardes seguidas con la excusa de "comprobar que seguía vivo antes de comprometerme emocionalmente con el resto del plan".

—¿Por qué solo tienes un pez? —le preguntó, la segunda tarde, plantada delante de la pecera con los brazos cruzados—. Los veterinarios deberían tener como mínimo un perro. Es sospechoso que no tengas ninguno.

—Trabajo doce horas al día con animales que no son míos. Cuando llego a casa, prefiero algo que no necesite que lo saque a pasear a las once de la noche.

—Eso es una excusa de adulto cansado.

—Es exactamente eso, sí.

—Al menos eres honesto. Eso suma puntos.

Renata, que los observaba desde la puerta del salón sin intervenir, empezó a notar, en aquellos primeros días, una cosa que no había anticipado cuando le propuso el trato a Teo: que Coral y él encajaban de una manera extraña y funcional que no tenía nada que ver con el guion que habían escrito en el cuaderno de la mentira.

Coral lo interrogaba, él respondía sin condescendencia, y de algún modo ese intercambio directo, sin diminutivos ni voces de "hablarle a un niño", parecía sentarle mejor a Coral que cualquier gesto cariñoso forzado que otro adulto hubiera intentado.

El miércoles por la noche, con la historia oficial ya memorizada por los tres y el cuaderno de la mentira guardado en el cajón de la cocina "por si el juzgado hace redadas", según la teoría de Coral, Renata bajó un momento a devolverle a Teo un táper vacío y se encontró con él sentado en el suelo del salón, rodeado de fichas de la clínica que había llevado a casa para revisar antes del día siguiente.

—¿Trabajas hasta estas horas siempre?

—Cuando hay un caso complicado, sí. Un labrador con una obstrucción que no me convence del todo cómo va a evolucionar.

—¿Se va a poner bien?

—Probablemente. Probablemente no es lo mismo que seguro, pero es lo que tengo esta noche.

Renata se quedó un momento en la puerta, sin decidir si sentarse o marcharse, y al final se sentó en el sofá, no en el suelo con él, dejando una distancia que a los dos les pareció, sin decirlo, la correcta para esa fase concreta de lo que fuera que estaban construyendo.

—Gracias por lo de esta mañana. Con Marisol.

—No hice nada especial. Dije la verdad a medias, que es lo único que sé hacer bien en esto.

—Pues se te da mejor de lo que esperaba.

—Tú tampoco lo has hecho mal, para ser tu primera mentira coordinada con testigos.

Se quedaron un rato en silencio, él revisando fichas, ella mirando el techo del salón que era casi idéntico al suyo dos pisos más arriba, y por primera vez desde que todo aquello había empezado, el silencio no le pareció a Renata el de dos desconocidos obligados a compartir una farsa, sino algo un poco más parecido, aunque todavía no se atreviera a nombrarlo, a estar simplemente acompañada.

Antes de despedirse esa noche, Teo se detuvo un momento junto a la puerta y sacó del bolsillo la lista de condiciones de Coral, que ella misma le había entregado en mano "para que conste, con testigos", antes de irse a dormir.

—¿Has leído la parte del pez?