Un hogar para dos y medio Capítulo 3
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Capítulo 3

Teo tardó dos días, no uno, y se presentó en la pastelería a las nueve menos cuarto de la noche, cuando Marisol ya se había ido y Renata estaba fregando las bandejas con la radio apagada porque a esas horas ya no le apetecía ni eso.

—Dijiste un día —le recordó ella, sin dejar de fregar.

—Dije que lo pensaría. No especifiqué el plazo. Y tenía una urgencia con un galgo que se había tragado media manga de plástico, así que perdona si mi calendario no ha estado del todo a tu disposición.

—¿Se puso bien el galgo?

—Se puso bien el galgo.

Se sentó en uno de los taburetes altos sin que ella se lo ofreciera, con la misma naturalidad brusca con la que hacía todo lo demás, y esperó a que Renata terminara de aclarar la última bandeja antes de hablar.

—Lo hago. Con condiciones.

Renata se secó las manos en el delantal y se apoyó en la encimera, de brazos cruzados, en la postura exacta que Nayara le había advertido que no adoptara nunca delante de una trabajadora social porque parecía defensiva.

—Te escucho.

—Uno: nada de cursiladas delante de gente. Puedo cogerte de la mano si hace falta, puedo decir que vivimos "prácticamente juntos", pero no voy a llamarte cariño ni a fingir un beso de teatro si no es estrictamente necesario para que alguien firme un papel.

—De acuerdo. A mí tampoco me apetece especialmente.

—Dos: lo que hablemos de esto se queda entre los dos, Coral y Nayara. Nadie más. Ni tu abogada le cuenta detalles a nadie del bufete, ni tú se lo cuentas a Marisol, aunque te muerdas la lengua tres veces al día.

—Marisol ya sospecha algo, la vio subir un paquete.

—Pues que siga sospechando. Sospechar no es saber.

—Vale. Tres, imagino que hay un tres.

Teo se quedó callado un segundo, con la mandíbula apretada de la misma manera que en el rellano dos noches antes, y cuando habló lo hizo más despacio, escogiendo las palabras con un cuidado que a Renata le sorprendió más que las dos condiciones anteriores.

—Tres: no me preguntas por qué acepto esto.

Tengo mis razones, no son asunto tuyo, y si en algún momento del proceso alguien —una trabajadora social, un juez, tu abogada— empieza a hacer preguntas sobre mi historial con temas de menores, yo me encargo de responder. Tú no metes las manos en esa parte.

—¿Tu historial con temas de menores?

—Has dicho que no preguntarías.

—He dicho que aceptaría la condición, no que no me sorprendiera oírla.

Teo se bajó del taburete y fue hacia la puerta de la trastienda, como si la conversación hubiera terminado antes de que Renata hubiera dicho lo único que de verdad le importaba decir.

—Fui acogedor de urgencia hace unos años. Dos niños, seis meses, un proceso que se torció por razones que no tienen nada que ver contigo ni con Coral. No lo volví a hacer. Eso es todo lo que vas a saber, y es más de lo que pensaba contarte cuando bajé.

Se hizo un silencio que Renata decidió no llenar, porque algo le decía que llenarlo con una pregunta más sería la manera más rápida de perder aquello que, sin darse cuenta, ya había empezado a necesitar más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

—Gracias —dijo, en cambio, sin adornarlo con nada más.

—No me las des todavía. Todavía no he conocido a la niña oficialmente como "el novio".

—Coral tiene condiciones propias, te lo advierto.

—Después de lo que me acabas de pedir, no creo que unas condiciones de una niña de siete años vayan a asustarme especialmente.

Se equivocaba, y lo descubrió al día siguiente, cuando Renata lo invitó a cenar arriba —"una prueba", le dijo, "para que Coral decida si esto es viable antes de que nos comprometamos con nadie más"— y Coral, sentada al otro lado de la mesa con los brazos cruzados exactamente igual que su tía dos noches antes, empezó el interrogatorio antes de que él hubiera terminado de sentarse.

—¿Cuántos años tienes?

—Treinta y cuatro.

—¿Por qué vives solo con un pez?

—El pez se llama Boro y no es asunto tuyo, aunque viniendo de quien viene la pregunta, lo dejo pasar.

—¿Te gustan los animales más que las personas?

—Depende de la persona.

—Buena respuesta —admitió Coral, con la seriedad de un juez de instrucción—. ¿Sabes que si esto sale mal por tu culpa me tengo que ir a vivir con un tío que me regaló un peluche sin orejas bien puestas?

—Me lo han contado, sí.

—¿Y no te da miedo la responsabilidad?

Teo la miró un momento, sin la media sonrisa que Renata esperaba, sin el gesto condescendiente que cualquier adulto normal habría usado con una niña que hacía esas preguntas a la hora de la cena.

—Me da más miedo hacerlo mal que la responsabilidad en sí. Es distinto.

Coral pareció considerar aquella respuesta con la misma seriedad con la que consideraba las ecuaciones del cuaderno, pinchó un trozo de tortilla con el tenedor, y por fin, después de un silencio que a Renata le pareció eterno, dictó sentencia.

—Vale. De momento apruebas. Pero si me llamas "campeona" o "peque" alguna vez, retiro el aprobado sin previo aviso.

—Anotado.

—Y si el pez se muere de repente en mitad de todo esto, mejor no lo menciones delante de la señora del juzgado. Suena sospechoso.

—También anotado.

Renata, que había estado conteniendo la respiración desde que Coral abrió la boca por primera vez, dejó escapar el aire despacio y cogió el tenedor.

Fuera, en la calle, alguien cerraba una persiana metálica con ese estruendo particular de las nueve y media de la noche en un barrio que aún no dormía del todo.

Dentro, en la mesa pequeña del piso de sesenta metros, los tres comían tortilla en un silencio que ya no era exactamente incómodo, aunque tampoco fuera todavía lo otro.

—Una cosa más —dijo Teo, cuando ya casi habían terminado—. Si vamos a hacer esto, necesitamos una historia que se sostenga. Fechas, lugares, cómo nos conocimos de verdad frente a cómo vamos a decir que nos conocimos. La gente se cae con los detalles pequeños, no con los grandes.

—¿Cómo nos conocimos de verdad? —preguntó Renata.

—Tú me dejaste una nota pasivo-agresiva sobre unas macetas.

—Tú me dejaste una nota pasivo-agresiva a mí primero.

—Da igual quién la dejó primero. El punto es que no vamos a contarle eso a una trabajadora social.

Coral, que llevaba un rato callada masticando, levantó la mano como si estuviera en clase.

—Yo puedo inventarme una versión mejor. Se me da bien mentir con estilo. Lo dice mi profe de lengua, aunque no en ese contexto exacto.

—No vas a inventarte nuestra historia de amor, Coral.

—Es una oferta que vais a lamentar no haber aceptado.

Teo se rio, un sonido corto y algo oxidado, como si no lo usara con frecuencia, y por primera vez desde que Renata lo conocía —ocho semanas de macetas, notas y silencios en el rellano— le pareció que quizá aquello no fuera del todo un error, aunque todavía no se atreviera a decírselo ni a él ni, sobre todo, a sí misma.

Terminaron de cenar y Teo se quedó un rato más de lo que Renata esperaba, ayudando a recoger la mesa sin que nadie se lo pidiera, apilando los platos con la misma eficacia práctica con la que, imaginó ella, debía de manejar una consulta llena de animales nerviosos.

—Necesitamos una historia de cómo empezó esto —dijo, mientras dejaba los platos en el fregadero—. Algo que Coral también se sepa igual que nosotros, para que no la pillen contradiciéndose delante de nadie.

—Yo ya me he ofrecido a inventarla —recordó Coral desde la mesa, sin levantar la cabeza del último trozo de tortilla.

—Y ya te hemos dicho que no.

—Vuestra pérdida.

Se sentaron los tres alrededor de la mesa pequeña, con un cuaderno nuevo que Renata sacó de un cajón —"el cuaderno de la mentira", lo bautizó Coral en el acto, y el nombre se quedó— y empezaron a construir, punto por punto, la versión oficial.

Que se habían cruzado en el rellano durante meses, con roces pequeños al principio, cierto, eso no había que inventarlo.

Que la relación había empezado hacía diez semanas, poco antes del accidente, con una cena improvisada que en realidad no había existido pero que a partir de esa noche existiría en la memoria oficial de los tres.

Que Teo conocía a Coral desde antes de que se instalara en casa de Renata, algo que tampoco era mentira del todo, porque se habían visto un par de veces en el portal sin cruzar palabra.

—Esto es literatura de mala calidad —opinó Coral, revisando la lista con el ceño fruncido de un editor exigente—. Muy poco creíble. Nadie se cree una cena improvisada si no hay detalles. ¿Qué cenasteis?

—Pasta —dijo Teo.

—Demasiado genérico. Di algo más raro, así parece verdad.

—Pasta con setas y demasiada pimienta, porque a Renata se le fue la mano y no dijo nada por no admitirlo.

Renata lo miró, sorprendida de la rapidez con la que había encontrado el detalle exacto que Coral pedía, y todavía más sorprendida de que le hiciera gracia en lugar de fastidio.

—Eso no ha pasado nunca.

—Ya, pero ahora existe, según las reglas que acabamos de inventar. Bienvenida a la mentira con estilo, que diría alguien de esta mesa que no eres tú ni yo.

Coral levantó el pulgar sin mirar, ocupada anotando en el cuaderno de la mentira con una letra sorprendentemente ordenada para tener siete años, mientras Teo y Renata seguían añadiendo capas a una historia que cada vez se sostenía mejor sobre sus propios detalles inventados, como si construir mentiras juntos fuera, de todas las cosas raras que les había tocado hacer esa semana, la que menos esfuerzo les costaba.

Antes de que Teo bajara a su piso, ya pasadas las diez, se quedó un momento en la puerta con la mano en el marco, en la misma postura del primer día, pero con algo distinto en la cara que Renata no supo nombrar hasta más tarde.

—Una cosa más, y esta no es una condición, es solo una pregunta honesta.

—Dime.