Capítulo 2 #3
La lista incluía, entre otras cosas, que Teo no podía cambiar el canal cuando ella estuviera viendo el programa de repostería, que tenía derecho a veto sobre cualquier apodo cariñoso antes de que se usara en público, y que si en algún momento el pez Boro necesitaba una casa nueva, ella se ofrecía como candidata prioritaria, "por si las cosas no salen bien entre los mayores y hay que repartir bienes".
Renata leyó la lista completa sin corregir una sola coma, la dobló con cuidado, y la guardó en el mismo cajón donde ya empezaba a acumularse todo lo relacionado con aquel plan improvisado: notas de Nayara, el cuaderno de la mentira, y ahora una declaración de derechos redactada por una niña de siete años que, a su manera, entendía mejor que nadie lo que estaba en juego.
Nayara, antes de irse aquella tarde, dejó sobre la mesa una última advertencia que Renata tardaría días en entender del todo.
—Una cosa más. Si esto sale adelante, vas a tener que aprender a comportarte como pareja incluso cuando no haya nadie mirando.
No porque nadie te vigile todo el tiempo, sino porque las parejas de verdad no se acuerdan de actuar cuando llega la visita: ya están actuando, sin saberlo, desde antes.
Si tú y Teo solo sacáis el papel cuando suena el timbre, se os va a notar en la primera pregunta incómoda.
—¿Y cómo se practica eso exactamente?
—Viviendo, Renata. No hay otro método.
Aquella noche, mientras fregaba los platos de la cena con Coral haciendo comentarios sobre el fondant de la televisión desde el sofá, Renata pensó en la frase de Nayara más de lo que le hubiera gustado admitir.
No se trataba de memorizar una historia.
Se trataba de que la historia, con el tiempo, dejara de sonar a guion y empezara a sonar simplemente a lo que hacían un martes cualquiera sin que nadie lo estuviera evaluando.
Cuando Renata le contó a Nayara que Coral había redactado su propia lista de condiciones, la abogada se rio por primera vez desde que había empezado todo el proceso, una risa corta y genuina que a Renata le sonó casi a alivio.
—Guárdala. En serio. No para el juzgado, eso no sirve como prueba de nada. Guárdala para ti.
—¿Por qué?
—Porque dentro de un año, pase lo que pase con todo esto, vas a querer acordarte de que en medio del peor momento de vuestras vidas, esa niña seguía siendo capaz de sentarse a negociar sobre un pez de colores con la seriedad de un notario.
Eso no lo destruye ningún informe social, Renata.
Eso es lo que de verdad demuestra quién es esa cría y en qué casa está creciendo.
Renata no supo qué responder a eso, así que no respondió nada, y Nayara, que llevaba suficientes años en el oficio para reconocer un silencio que no necesitaba relleno, cerró la carpeta y cambió de tema hacia los plazos del juzgado, como si la conversación sobre listas de condiciones y peces de colores nunca hubiera interrumpido, aunque fuera solo un momento, la seriedad legal de todo lo demás.
Aquella misma noche, ya a solas, Renata repasó mentalmente la lista de todo lo que tendría que cambiar en su rutina si Teo aceptaba de verdad: quién recogía a Coral los días que ella tenía que quedarse hasta tarde cerrando caja, qué hacían con las llaves, cómo explicarían el reparto de gastos sin que sonara a contrato mercantil delante de nadie que no fuera Nayara.
Ninguna de esas preguntas tenía todavía respuesta, pero por primera vez en ocho semanas, Renata se durmió pensando en logística en lugar de pensando en pérdidas, y aunque no era exactamente un alivio, se le pareció bastante.
Marisol, que llevaba días conteniéndose, aprovechó un hueco entre clientes para asomarse a la trastienda con una pregunta que llevaba disimulando desde el lunes.
—¿Al final el veterinario ha dicho algo o seguís los dos en modo silencio incómodo de rellano?
—Ha dicho que sí. Con condiciones.
—Las condiciones siempre son lo interesante. ¿Cuáles?
—Discreción, y que no le pregunte por qué acepta.
Marisol se quedó pensando un momento, apoyada en el marco con los brazos cruzados, y al final soltó, con la sinceridad brusca que la caracterizaba:
—Un hombre que pone esa condición no lo hace por capricho.
Lo hace porque ya le duele algo de antes que no le apetece explicar dos veces.
Trátalo con cuidado, aunque sea solo mentira legal lo que tenéis entre manos.
Nayara le había advertido, ya al despedirse aquella tarde en la trastienda, que lo más difícil no sería el papeleo ni las visitas ni siquiera la vista final, sino aguantar las semanas intermedias sin desmoronarse cada vez que Fermín encontrara una manera nueva de recordarles, con su tono educado y demoledor, que él seguía ahí, esperando, convencido de estar haciendo lo correcto.
Renata guardó esa advertencia junto a todas las demás, en la misma carpeta mental donde ya cabían el cuaderno de la mentira, la lista de condiciones de Coral y el silencio nuevo de Teo dos pisos más abajo, y decidió que si tenía que sostener todo aquello a la vez, al menos ya no lo haría completamente sola.