Capítulo 2 #2
—Con dos o tres meses de convivencia progresiva antes de la vista, y una historia que se sostenga sin fisuras en los detalles pequeños, es suficiente. Nadie va a pedirte el certificado de empadronamiento el primer día.
—¿Y si algo sale mal? ¿Si alguien lo descubre?
Nayara cerró la carpeta despacio, en un gesto que a Renata le pareció, más que dramático, sinceramente preocupado.
—Si esto se descubre a mitad de proceso, no solo pierdes credibilidad.
Pierdes la que tenías antes de intentarlo.
Por eso te lo pregunto ahora, antes de que hables con él: ¿estás seguro de que puedes sostener esto delante de una desconocida con carpeta y bolígrafo sin que se te note que estás actuando?
—No estoy segura de nada desde hace ocho semanas, Nayara. Pero sí estoy segura de que Fermín no se va a llevar a Coral a vivir a las afueras con un peluche sin orejas como única prueba de cariño.
Aquella tarde, cuando bajó a devolverle el paquete a Teo, llevaba la lista de la factura de harina doblada en el bolsillo del delantal, aunque al final no la necesitó: la conversación se le escapó de las manos en cuanto él dijo la palabra "raro" y ella decidió que no había forma elegante de introducir aquello, así que lo soltó todo de golpe, sin notas.
Y cuando subió después, con la respuesta de Teo todavía sin confirmar del todo —"tengo que pensarlo", que en la cabeza de Renata sonaba más a un no aplazado que a un sí en construcción —, se encontró a Coral esperándola con los brazos cruzados y el cronómetro mental ya en marcha.
Le contó lo que pudo contarle esa noche. Al día siguiente, después del colegio, Coral volvió a sacar el tema mientras hacía los deberes en el mostrador de la pastelería, con la misma seriedad práctica con la que resolvía las divisiones.
—¿Y si dice que no?
—Entonces buscamos otra cosa. Siempre hay otra cosa.
—¿Cuál?
Renata no tenía respuesta para eso, y Coral, que a los siete años ya sabía distinguir un silencio de adulto sincero de uno de adulto que solo intenta tranquilizarla, no insistió.
Se limitó a subrayar el resultado de una resta con una raya tan recta que parecía trazada con regla, aunque no había usado ninguna, y a decir, sin levantar la vista del cuaderno:
—Pues que diga que sí. Total, peor que Fermín no puede ser.
El sábado, mientras esperaban a que Teo decidiera si aceptaba o no, Renata dedicó la tarde libre a lo que Nayara llamó, sin ninguna gracia, "preparación de contingencia": sentarse con Coral a repasar qué decir y qué no decir si alguien —una trabajadora social, una vecina curiosa, la profesora del colegio— preguntaba directamente por la situación en casa.
—No tienes que mentir sobre nada importante —le explicó, sentada frente a ella en la mesa de la cocina con dos vasos de leche con cacao que ninguna de las dos había tocado—. Solo tienes que saber qué partes son nuestras y qué partes son de fuera.
—¿Como un secreto de familia pero legal?
—Más o menos.
—He visto series de esto. Normalmente sale mal porque alguien se pone nervioso y dice una fecha que no coincide con otra fecha.
—Por eso vamos a practicar.
Coral se tomó el ejercicio con una seriedad que a Renata le resultó, a partes iguales, tranquilizadora y ligeramente inquietante, como si su sobrina llevara toda la vida esperando la oportunidad de participar en un interrogatorio simulado.
Inventaron preguntas trampa —¿cuánto tiempo llevan juntos tu tía y el vecino?
, ¿duerme él en casa alguna vez?, ¿te cae bien?
— y Coral respondió a todas con una mezcla de naturalidad y sarcasmo calculado que, Renata tuvo que admitir, sonaba más convincente que cualquier cosa que ella misma hubiera podido preparar.
—Si te preguntan si te cae bien, di que "todavía lo estás valorando" —sugirió Renata—. Suena honesto y no compromete nada.
—Eso ya iba a decir de todas formas, porque es verdad.
—¿No te cae bien?
—No he dicho eso. He dicho que lo estoy valorando. Aprende a escuchar, que es gratis.
El domingo, cuando Teo bajó a confirmar que sí, que lo haría, con condiciones, Renata ya tenía a Coral entrenada, un cuaderno con notas y la sensación, nueva y todavía frágil, de que aquello quizá no fuera solo una estrategia legal desesperada, sino el principio de algo que ninguna de las tres personas involucradas sabía todavía cómo nombrar.
Antes de bajar aquella primera vez, Renata había considerado y descartado otras dos opciones, ninguna mejor que la de Teo, ambas más ridículas cuanto más las pensaba.
La primera fue su primo Álvaro, que vivía a dos horas en coche y con el que apenas hablaba desde la boda de una tía en común; descartada en cuanto imaginó explicándole por teléfono que necesitaba que se hiciera pasar por su pareja durante varios meses.
La segunda fue un antiguo compañero de instituto con el que aún mantenía algo de contacto por redes sociales, cuya novia actual probablemente tendría opiniones muy firmes sobre el asunto en cuanto se enterara, si es que llegaba a enterarse antes de que Renata pudiera explicárselo bien.
Teo, con todo lo incómodo que resultaba pedírselo, tenía al menos una ventaja innegable: vivía en el mismo edificio, lo que significaba que la convivencia que Nayara exigía para que el informe resultara creíble no requería que nadie se mudara, ni fingiera domicilios, ni inventara direcciones.
Solo requería que dos personas que apenas se soportaban por culpa de unas macetas empezaran a compartir cenas, rutinas y, con el tiempo, algo que ninguna de las dos sabía todavía si iba a ser mentira o no.
Nayara, cuando Renata le contó que Teo había aceptado con condiciones, hizo una pausa larga antes de responder, del tipo que en ella significaba estar calculando riesgos legales en silencio.
—¿Qué condiciones?
—Nada de cursiladas en público, discreción total, y que no le pregunte por qué acepta.
—La última me preocupa más que las otras dos juntas.
—A mí también, un poco. Pero si le insisto, creo que retira la oferta.
—Entonces no insistas. Pero apunta en algún sitio, para ti, que si esto avanza y la trabajadora social empieza a hacer preguntas sobre el historial de Teo, vas a necesitar saber al menos lo básico antes de que lo pregunten delante de ti. No para juzgarlo. Para no quedarte muda si sale el tema.
Renata no le contó a Nayara lo que Teo sí le había dicho, lo de los dos niños en acogida de urgencia y el proceso que se torció, porque algo le decía que aquello era suyo, de él, y que compartirlo con la abogada sin su permiso sería la primera grieta en una confianza que todavía ni siquiera habían empezado a construir con seriedad.
El domingo por la tarde, mientras esperaban la respuesta definitiva de Teo, Coral decidió por su cuenta que necesitaba una lista propia de condiciones, igual que las que había mencionado él, y se pasó una hora entera redactándola en una hoja aparte del cuaderno de la mentira con una letra que se esforzaba visiblemente por parecer más formal de lo habitual.
—No puedo firmar nada legal, Coral, tienes siete años.
—No es legal. Es moral. Es distinto.