Un hogar para dos y medio Capítulo 2
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Capítulo 2

Nayara llegó a la pastelería a las diez de la mañana del jueves con un café para llevar que no se bebió y una carpeta que dejó sobre la mesa de la trastienda como si pesara más de lo que pesaba.

—He estado dándole vueltas a lo de "cualquier cosa ayuda" —dijo Renata, sentándose frente a ella con las manos todavía blancas de harina.

—No me digas que has adoptado un perro. Eso no cuenta, ya te lo advierto.

—No he adoptado un perro. He estado pensando en lo que dijiste sobre el informe. Sobre las rutinas, el entorno, la parte del "núcleo familiar" que tiene Fermín y que yo no tengo.

Nayara levantó la vista de la carpeta con la expresión de alguien que empieza a sospechar hacia dónde va la conversación y preferiría equivocarse.

—Renata.

—Solo digo que si el problema es que sobre el papel parezco una mujer soltera con horarios imposibles, y él parece un hombre con pareja estable y casa con jardín, hay una diferencia entre esos dos perfiles que es bastante fácil de imaginar cuál es.

—Como abogada tuya, te voy a pedir que termines la frase antes de que yo tenga que fingir que no la he entendido.

—Una relación. Necesitaría una relación estable, o algo que se le parezca sobre el papel, para que el informe deje de estar tan escorado.

Nayara se recostó en la silla plegable, que crujió bajo su peso de una manera que sonó a advertencia general sobre toda la conversación.

—Vale. Como amiga, te digo que eso es una idea espantosa.

Como abogada, te digo que técnicamente no es mentira si de verdad convivís, compartís gastos, hay continuidad y ambas partes pueden sostenerlo delante de una trabajadora social sin reírse.

Pero necesitarías a alguien real, dispuesto, y con la paciencia de un santo para aguantar una visita sorpresa del juzgado sin desmoronarse en la primera pregunta incómoda.

—No conozco a nadie así.

—Conoces a alguien real y dispuesto a discutir contigo por macetas, que ya es más avance social del que has tenido en dos meses.

Renata tardó tres segundos en entender a quién se refería, y cuando lo entendió puso la misma cara que había puesto Coral la noche anterior al oír el nombre de Fermín.

—El del piso de abajo me odia.

—El del piso de abajo te dejó una nota pasivo-agresiva sobre unas macetas de albahaca. Eso no es odio, es vecindad española estándar.

—Nayara, hablo en serio.

—Yo también. No te estoy diciendo que sea tu media naranja, te estoy diciendo que es la única persona de tu vida con la que has tenido roce reciente y suficiente contacto visual para que una trabajadora social se crea que os conocéis de algo más que del rellano.

Esa tarde, mientras cerraba la persiana y Coral hacía los deberes en el mostrador con la radio de Marisol de fondo, Renata bajó al primer piso con la excusa, no del todo falsa, de devolverle un paquete que le habían dejado por error en la pastelería.

Llamó al timbre dos veces antes de que Teo abriera, con una bata de veterinario manchada de algo que Renata prefirió no identificar y cara de quien acaba de terminar una jornada que no ha ido bien.

—Si es por las macetas, ya las he movido —dijo él, antes de que ella dijera nada.

—No es por las macetas.

—Vale. ¿Es por el perro del cuarto que vuelve a mear en el ascensor?

—Tampoco.

Teo se cruzó de brazos en el marco de la puerta, sin invitarla a pasar ni cerrarle la puerta en la cara, lo cual, Renata calculó, era prácticamente un gesto de cordialidad viniendo de él.

—Este es tuyo —dijo ella, tendiéndole el paquete—. Lo dejó el repartidor en la pastelería.

Él lo cogió, miró la etiqueta, la miró a ella, y no dijo nada durante un tiempo lo suficientemente largo como para que Renata decidiera que aquello había sido una idea absurda, exactamente como había dicho Nayara, y que lo mejor era despedirse y subir a fingir que nunca se le había pasado por la cabeza.

—¿Necesitas algo más? —preguntó él, en un tono que no era hostil, solo directo, como todo lo que Renata había oído salir de su boca desde que se mudó al edificio.

—Sí. No. Es raro.

—Suéltalo raro, entonces. Llevo un día bastante malo y no me queda mucha paciencia para las versiones editadas.

Renata respiró hondo, apoyó el hombro en el marco de la puerta contraria al de él, y se lo contó.

Todo: Fermín, el informe social, la frase de Nayara sobre el núcleo familiar, la parte en la que ella necesitaba parecer, sobre el papel, alguien con una vida menos precaria de la que en realidad tenía.

Teo la escuchó sin interrumpir, apoyado en su propio marco, con el paquete todavía en la mano, y cuando ella terminó no dijo nada durante unos segundos que a Renata le parecieron los más largos de la semana.

—¿Me estás pidiendo que finja ser tu pareja delante de un juzgado.

No fue una pregunta. Fue una comprobación, de las que la gente hace cuando necesita oír la frase completa antes de decidir si merece una respuesta seria o una puerta cerrada.

—Delante de una trabajadora social, en principio. El juzgado sería, con suerte, mucho más adelante y mucho más breve.

—Con suerte.

—Sí.

—¿Y por qué yo?

—Porque eres el único vecino con el que he tenido una conversación de más de dos frases en ocho semanas, aunque la mitad fuera sobre albahaca. Y porque no tengo a nadie más a quien pedírselo sin que suene todavía más raro de lo que ya suena.

Teo se pasó la mano por la cara, un gesto cansado que a Renata le pareció, por primera vez, humano en lugar de simplemente cerrado.

—Tengo que pensarlo.

—Claro.

—No es un no.

—No he dicho que lo fuera.

—Tampoco es un sí. Solo digo que hay cosas de mi vida que no te voy a contar en un rellano a las ocho de la tarde, y que si esto sigue adelante vas a tener que aceptar que hay partes que no se negocian.

Renata no preguntó cuáles. Algo en la manera en que lo dijo, con la mandíbula un poco apretada y los ojos fijos en el paquete que sostenía en lugar de en ella, le indicó que insistir esa misma noche sería un error del que se arrepentiría antes de llegar al piso de arriba.

—Vale.

—Dame un día.

—Tienes cuatro semanas, según Nayara. Un día está bien.

Subió las escaleras sin volver a mirar atrás, y cuando entró en el piso encontró a Coral esperándola sentada en el sofá con los brazos cruzados y la expresión de quien lleva rato preparando una acusación.

—Has bajado a ver al gruñón del veterinario.

—He bajado a devolverle un paquete.

—Has tardado quince minutos en devolver un paquete que se tarda quince segundos en entregar. He cronometrado.

—¿Tienes algo mejor que hacer que cronometrarme?

—Tengo deberes de mates que no voy a hacer hasta que me cuentes por qué has bajado quince minutos a devolver un paquete de quince segundos.

Renata se sentó a su lado, se quitó los zapatos con los pies sin agacharse, y decidió, en ese instante, que si aquello iba a funcionar de verdad, Coral tenía que enterarse antes de que nadie más lo hiciera.

Antes de la trabajadora social, antes de Fermín, antes de que se convirtiera en una versión de la historia que otra persona le contara mal.

—¿Sabes lo que es fingir algo por una buena razón?

—Sé lo que es fingir que me duele la tripa para no ir a natación. ¿Es parecido?

—Un poco más complicado que eso.

Y se lo contó, con las palabras más sencillas que encontró, sin la parte de Fermín cargada de rabia y sin la parte del informe social cargada de miedo, solo los hechos: que iban a decirle a algunas personas que Teo, el vecino de abajo, era su pareja, para que el juzgado no se llevara a Coral a vivir a las afueras con un tío que le regalaba peluches sin orejas.

Coral se quedó callada un momento, procesando, con esa seriedad repentina que le salía de vez en cuando entre broma y broma y que a Renata siempre le encogía algo por dentro.

—¿El gruñón sabe que tiene que ser simpático conmigo también, o solo contigo?

—Contigo también. De hecho, contigo va a tener que esforzarse más.

—Bien. Porque a mí no me convence con dos frases sobre albahaca. Antes de bajar al primer piso, Renata había hecho la lista mental de todas las razones por las que aquello era mala idea, y las había descartado una por una con el mismo argumento: no tenía otra.

La primera vez que había cruzado dos frases con Teo, un mes después de mudarse a la pastelería, había sido por un macetero de albahaca que él tenía en el hueco de la escalera y que a ella se le había caído al subir cajas de harina.

La segunda, dos semanas más tarde, cuando él le dejó una nota debajo de la puerta explicándole, con una educación tan extrema que resultaba ofensiva, que el hueco de la escalera no era zona de almacenaje comunitario.

La tercera fue la nota que ella le devolvió, igual de educada y con el doble de sarcasmo, sugiriéndole que quizá el veterinario del edificio podría concentrar su atención en pacientes con cuatro patas y dejar en paz los maceteros de los vecinos con dos.

Desde entonces se habían cruzado en el rellano con la cortesía mínima indispensable, el "buenos días" que no invita a nada más, hasta la noche en que Renata bajó con un paquete y una propuesta que no tenía nada que ver con la albahaca.

Nayara había insistido en verla antes de que hiciera nada oficial, así que al día siguiente de la conversación en el rellano, Renata volvió a la trastienda con una lista de preguntas que había escrito en el reverso de una factura de harina.

—¿Cómo hacemos esto sin que parezca que estamos mintiendo a un juzgado?

—No mientes a un juzgado si convives de verdad, compartes gastos de verdad y hay continuidad real —repitió Nayara, con la paciencia de quien ya ha dicho esa frase varias veces y sospecha que tendrá que repetirla más—.

Lo que no puedes hacer es inventarte una historia de cinco años de relación si lleváis dos días de trato.

La trabajadora social no necesita que finjáis una boda.

Necesita ver que hay estabilidad y que Coral tiene un entorno sostenido, con o sin anillo.

—¿Cuánto tiempo tenemos que llevar "juntos" para que suene creíble?