Un hogar para dos y medio Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Pensó en Coral dormida al fondo del pasillo, con la luz encendida "por eficiencia", y en Teo dos pisos más abajo, probablemente todavía despierto revisando fichas de animales que no eran suyos, y en la extraña geometría que habían formado entre los tres en menos de una semana sin que ninguno lo hubiera planeado así.

No era la familia que Coral había tenido hasta hace ocho semanas.

No era, tampoco, nada parecido a lo que Fermín describía en sus formularios con letra de abogado.

Era, de momento, lo único real que tenían, y Renata decidió, antes de dormirse, que eso tendría que bastar hasta que el juzgado dijera lo contrario.

Al colgar con Nayara, antes incluso de que Marisol asomara la cabeza por la ventanilla, Renata se quedó un momento repasando mentalmente los últimos correos que había cambiado con el colegio de Coral.

La tutora había escrito hacía diez días para preguntar, con mucho tacto, si convenía que Coral hablara con la orientadora del centro "de forma preventiva, sin que sea nada alarmante, solo por si acaso".

Renata había respondido que sí, que le parecía bien, y no había vuelto a pensar en ello hasta ese momento, cuando de repente cada detalle de la vida de Coral —el colegio, la orientadora, las notas, hasta la hora a la que se acostaba— se convertía en una pieza que alguien más iba a examinar con lupa antes de decidir con quién debía vivir.

Le pareció, por un instante, una traición extraña: que el cuidado cotidiano, el que nadie ve ni aplaude, tuviera que convertirse en prueba documental para que contara como cuidado de verdad.

Apretó los puños contra el borde de la encimera, sintió el frío del acero bajo las palmas, y decidió que ese pensamiento no le servía de nada esa noche, así que lo guardó donde guardaba todo lo que no podía resolver de inmediato: en la lista mental de cosas para las tres de la madrugada, cuando el sueño no llegaba y había que ocupar la cabeza en algo, aunque fuera en preocuparse mejor organizada.

Antes de meterse en la cama, Renata sacó del armario la caja de fotos que había recogido del piso de Elena el mismo día del funeral, la misma que llevaba semanas sin abrir porque cada vez que lo intentaba se le quedaban las manos quietas encima de la tapa sin decidirse.

Esa noche sí la abrió. No buscaba nada en concreto, solo necesitaba ver caras que no fueran las del despacho de Nayara ni las del mensaje de Fermín.

Encontró una foto de Elena y Diego el día que compraron el local de la pastelería, los dos con las llaves nuevas en la mano y una sonrisa de gente que no tiene ni idea de lo que le espera, ni buena ni mala.

Encontró otra de Coral recién nacida, diminuta, en brazos de un Fermín mucho más joven que sonreía de una manera que Renata casi no reconoció, porque no se parecía en nada al hombre de los mensajes redondos y satisfechos de sí mismos.

Guardó la foto de Fermín aparte, no porque quisiera destruirla ni esconderla, sino porque necesitaba recordar, en medio de todo aquello, que las personas no siempre habían sido la peor versión de sí mismas que estaban mostrando en un momento dado.

Eso no le hacía sentir mejor respecto al informe, ni respecto al juzgado, ni respecto a lo que se estaba jugando.

Pero le pareció importante guardarlo en algún sitio de la cabeza, junto a todo lo demás que no sabía todavía cómo iba a resolver.

A la mañana siguiente, con la caja de fotos todavía abierta sobre la cómoda y las persianas a medio subir, Renata se sorprendió a sí misma calculando fechas en un cuaderno distinto al de Coral: cuánto faltaba para la visita de la trabajadora social, cuánto para la vista, cuántas semanas de margen tenían en realidad si contaban desde el día del mensaje de Fermín y no desde el día en que Nayara se lo había confirmado por teléfono.

El resultado no cambiaba mucho respecto a lo que ya sabía, pero necesitaba verlo escrito, con números y fechas concretas, para que el miedo dejara de tener la forma difusa de "algún día" y empezara a tener la forma manejable de un calendario con casillas que se podían ir tachando una a una.

Apagó la lámpara de la mesilla pasadas las dos, otra vez, y por un momento, antes de que el sueño terminara de ganarle la partida, pensó que quizá el error no había sido nunca dejar entrar a Teo en aquel plan improvisado, sino haber tardado ocho semanas enteras en pedirle ayuda a alguien, cualquiera, en lugar de intentar sostenerlo todo sola desde el primer día del funeral.

Cerró la trastienda esa noche pensando en la vista que Nayara ya había empezado a preparar, en la carpeta que crecía semana a semana con documentos, horarios y justificantes, y en que, pasara lo que pasara con el juzgado, ya no volvería a mirar el rellano del edificio, ni las macetas de albahaca, ni el pez de Teo, de la misma manera en que los miraba hacía apenas dos semanas, cuando toda aquella gente todavía le resultaba prácticamente desconocida.