Un hogar para dos y medio Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Renata se sentó a su lado, se quitó las zapatillas de trabajo sin agacharse y decidió, otra vez, cuánto contar y cuánto guardarse. Aquella noche eligió guardárselo casi todo. Al día siguiente, cuando ya tuviera algo más concreto que ofrecer que solo el miedo, se lo contaría bien.

—Va todo razonablemente. Cosas de mayores, nada que tengas que resolver tú.

—Eso es lo que dicen los mayores justo antes de que resulte que sí tengo que resolverlo yo.

Tenía razón, aunque Renata no se lo dijo esa noche.

Se quedaron viendo el resto del programa de repostería, comentando en voz baja los errores del concursante con el fondant, y cuando por fin Coral se durmió con la luz del pasillo encendida, Renata volvió al portátil y a la búsqueda que la mantuvo despierta hasta las dos, dándole vueltas a una frase que no dejaba de repetirse: cualquier cosa ayuda.

Fermín mandó un mensaje a las once de la noche, después de que Renata ya hubiera cerrado el portátil y decidido que no iba a buscar nada más ese día.

Lo vio de refilón en la pantalla bloqueada, sin abrirlo todavía: "He hablado con mi abogado.

Creo que es lo mejor para todos, espero que lo entiendas con el tiempo.

" Ni una pregunta sobre cómo estaba Coral.

Ni una mención al colegio, a si dormía bien, a si había vuelto a preguntar por sus padres antes de dormirse.

Solo esa frase, redonda y satisfecha de sí misma, escrita por alguien que llevaba ocho semanas sin marcar el número de Renata ni una sola vez.

Se acordó, sin querer, de la última vez que había visto a Elena de verdad contenta, no en fotos ni en recuerdos editados por el duelo, sino contenta de verdad, un domingo cualquiera en la cocina de su hermana enseñándole a Coral a hacer un bizcocho que salió plano como una suela de zapato y que las tres se comieron igual, riéndose de lo mal que había quedado.

Elena había dicho aquella tarde, con la boca llena de bizcocho fallido, que Fermín "tenía buen fondo, aunque lo escondiera detrás de gestos raros con el dinero.

" Renata nunca había estado del todo de acuerdo, y ahora, con el mensaje todavía sin abrir en la pantalla, le costaba encontrarle algún fondo bueno a alguien que medía el cariño en metros cuadrados de jardín.

No respondió esa noche. Tampoco al día siguiente. Dejó el mensaje leído a las nueve de la mañana, sin más, y se concentró en la bandeja de cruasanes que llevaba media hora esperando en el horno mientras la cabeza le daba vueltas alrededor de la misma frase de Nayara: cualquier cosa ayuda.

Esa tarde, antes de bajar al primer piso con el paquete y la excusa que ya no engañaba a nadie, se paró un momento delante del espejo del baño, no para arreglarse, sino para comprobar qué cara tenía, como si necesitara saber con qué versión de sí misma iba a presentarse ante un vecino que apenas le dirigía la palabra para pedirle que fingiera una vida entera con ella delante de un juzgado.

La cara que le devolvió el espejo era la de una mujer cansada, con una mancha de harina en la sien que llevaba ahí desde por la mañana sin que nadie se lo hubiera dicho, y un miedo que no se le notaba del todo si no se sabía dónde buscarlo.

Se limpió la mancha, se recogió el pelo, y bajó.

La pastelería la había montado con Elena, no sola, aunque en los papeles solo apareciera el nombre de Renata desde el principio.

Elena ponía las ideas y las recetas de la abuela, Renata ponía los números y los turnos de horno, y entre las dos habían convertido un local que antes vendía electrodomésticos en algo que, ocho años después, tenía cola los sábados por la mañana.

Cuando Elena murió, Renata había pensado, en algún momento del primer mes de duelo administrativo —papeles, seguros, llamadas al banco—, en cerrar el negocio entero.

No lo hizo porque cerrar habría significado admitir que aquello también se había terminado, y ya había demasiadas cosas terminándose de golpe como para añadir una más por decisión propia.

Coral, que a sus siete años entendía la muerte de sus padres con una claridad brutal que a Renata le seguía sorprendiendo, había empezado a llamar a la pastelería "el sitio de mamá" en lugar de por su nombre real, y nadie en la familia la había corregido, porque corregirla habría sido mentirle sobre algo que era, sencillamente, verdad.

El lunes por la mañana, mientras amasaba la última hornada antes de bajar a devolverle el paquete a Teo, Renata pensó que quizá parte de por qué le costaba tanto imaginarse fingiendo una relación con un desconocido no era el desconocido en sí, sino la sensación de estar construyendo algo nuevo justo encima de los restos de lo que se había roto hacía ocho semanas, sin haber terminado siquiera de contar los pedazos.

—Estás amasando esa masa como si te hubiera hecho algo —observó Marisol desde la puerta de la trastienda, con la bandeja de la mañana vacía en las manos.

—Es la masa de siempre.

—Ya, pero normalmente no le clavas los dedos con esa cara.

Renata se miró las manos, hundidas hasta los nudillos en la masa, y se dio cuenta de que llevaba un rato entero pensando sin darse cuenta de que también estaba amasando, dos actividades que su cuerpo había decidido hacer a la vez sin consultarle.

—Tengo la cabeza en otro sitio.

—Ya me imagino en qué sitio. ¿El del hermano del cuñado o el del vecino de abajo?

—En los dos, que es lo peor de todo.

Marisol no insistió. Cogió la bandeja siguiente, la llenó de cruasanes recién salidos, y antes de volver al mostrador le puso a Renata una mano en el hombro, un gesto breve, sin discurso detrás, del tipo que Renata había aprendido a valorar más que cualquier frase de ánimo bien construida.

—Sea lo que sea que decidas hacer, hazlo.

Lo peor que te puede pasar ahora mismo es quedarte pensándolo hasta que decida Fermín por ti.

Antes de acostarse, Renata releyó el mensaje de Fermín una tercera vez, esta vez con el dedo suspendido sobre la pantalla como si escribir una respuesta fuera un acto físico que requiriera cierto entrenamiento previo.

Al final no contestó nada. Guardó el teléfono en el cajón de la mesilla, boca abajo, con la misma sensación de quien aparta un plato que no piensa terminarse esa noche, y se quedó mirando la grieta del techo que llevaba prometiéndose reparar desde que se mudó y que, con el paso de las semanas, había empezado a parecerle casi una compañía más que un desperfecto.