Un hogar para dos y medio
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Capítulo 1
El temporizador del horno pitó tres veces antes de que Renata lo apagara de un manotazo sin mirar. Sacó la bandeja de hojaldres con las manos desnudas, se quemó la yema del dedo índice contra el borde metálico y soltó un taco que resonó por toda la trastienda.
—Eso ha sido un cuatro —dijo Coral desde el taburete alto, sin levantar la vista del cuaderno de matemáticas—. El otro día el del "joder" con la manga pastelera fue un siete. Llevas una racha floja.
—Estoy puntuando tacos ahora, genial. Fantástico sistema.
—Alguien tiene que hacerlo. Si no, no te enteras de que estás peor que de costumbre.
Renata dejó la bandeja sobre la rejilla y se sopló el dedo.
Por la ventanilla que separaba la trastienda del mostrador se veía a Marisol atendiendo a la cola de las siete y media, la misma de todos los martes: dos jubilados, una chica con perro y el hombre del tercero que solo compraba una napolitana y se quedaba mirando el móvil diez minutos antes de irse.
Renata llevaba ocho semanas sin fijarse en esos detalles con la misma atención de antes.
Ahora los archivaba sin querer, como si necesitara comprobar que el mundo seguía haciendo las mismas cosas de siempre mientras el suyo se había reordenado entero.
Coral tenía siete años, una coleta torcida que se hacía ella misma y una capacidad asombrosa para decir la frase exacta que nadie quería oír en el momento exacto en que nadie la quería oír.
Llevaba con Renata desde el funeral, en la habitación que antes era el trastero de las cajas de Navidad, y hasta ahora ninguna de las dos había dicho en voz alta la palabra "para siempre", aunque las dos la pensaban a diario.
El teléfono vibró contra la harina esparcida en la encimera de acero. Renata lo cogió con los dedos aún pegajosos.
—Despacho Ochoa y Fernán —leyó Coral, que había estirado el cuello para ver la pantalla antes que ella—. Uy. Eso nunca es una llamada de "cómo estás, qué tal el tiempo".
—A ver si algún día te concentras más en los números que en mi teléfono.
—Los números ya me salen. Lo tuyo es más entretenido.
Renata se apartó hacia el fondo, junto a la cámara de frío, y descolgó. La voz al otro lado no era la de su abogada, Nayara, sino la de una administrativa que la puso en espera sin preguntar si le venía bien. Cuando Nayara por fin se puso, no perdió tiempo en rodeos.
—Necesito que te sientes.
—Estoy de pie delante de doce bandejas de bollería, Nayara, así que dime lo que sea rápido, que se me enfría el género.
—Fermín Reyes ha presentado una solicitud formal de custodia. Su abogado la registró ayer.
Renata se quedó mirando el vapor que subía de la bandeja más cercana como si fuera a decirle algo útil. No lo hizo.
—Fermín no ha preguntado por Coral ni una vez en ocho semanas. Ni una llamada. Ni un wasap del tres al cuarto.
—Ahora lo hace por escrito, que es lo que cuenta ante un juez.
Tiene casa con jardín en las afueras, ingresos estables, coche del año y una pareja que, cito textualmente el informe preliminar, "aporta estabilidad emocional al núcleo familiar".
Tú tienes un piso de sesenta metros encima de una pastelería y jornadas de doce horas.
—Tengo a Coral. La conozco desde que nació. Fermín es el hermano de Diego, la vio en tres cumpleaños en siete años.
—Eso a un juzgado de familia le importa, pero no tanto como crees. Lo que de verdad pesa en el informe social es la fotografía del día a día: rutinas, entorno, capacidad de conciliar. Y ahí, Renata, tú partes en desventaja de entrada.
Al otro lado del cristal, Coral había abandonado el cuaderno y estaba dibujando algo con el dedo en la harina esparcida sobre la mesa.
Desde donde estaba, a Renata le pareció una casa con dos chimeneas.
O quizá un barco. No se le daba bien interpretar los dibujos de una niña de siete años sin que ella se lo explicara, y menos con el corazón haciéndole ese ruido sordo en los oídos que llevaba ocho semanas sin desaparecer del todo.
—¿Qué necesito hacer?
—De momento, nada dramático. Habrá una visita de la trabajadora social en las próximas tres o cuatro semanas, sin fecha fija todavía, y después una vista en el juzgado.
Yo presentaré alegaciones, pero te voy a ser sincera: si esto se decide solo por currículum de estabilidad, Fermín tiene más papel a su favor que tú.
—¿Y si no se decide solo por eso?
—Entonces depende de lo que consigamos demostrar sobre el terreno. Y ahí, la verdad, cualquier cosa que sume ayuda. Cualquier cosa.
Renata colgó sin despedirse, algo que hacía solo cuando de verdad no tenía nada más que decir.
Se quedó apoyada contra la cámara de frío un momento, notando el frío filtrarse a través de la camiseta, hasta que Coral gritó desde la trastienda algo sobre que los hojaldres se estaban "quemando bastante", con ese tono neutro de quien avisa de un incendio sin que le vaya nada en ello.
Sacó la segunda bandeja a tiempo, por poco. Los bordes estaban más dorados de lo que le gustaba, pero servirían.
—¿Era el bufete? —preguntó Coral, sin levantar los ojos del dibujo de la harina, que ahora Renata reconoció como una casa, efectivamente, con una ventana torcida y algo parecido a una nube encima.
—Era Nayara.
—¿Y qué quería Nayara?
Renata dudó. Llevaba semanas decidiendo, día a día, cuánto le contaba a una niña de siete años y cuánto se guardaba para las noches en que no podía dormir. No había un manual. Nadie le había dado uno en el funeral, junto con la caja de fotos y la ropa doblada.
—El tío Fermín quiere que hablemos de con quién vives.
Coral levantó la vista por primera vez desde que había sonado el teléfono. Algo en su cara, apenas un segundo, se le escapó del guion habitual de niña ingeniosa y volvió a ser, brevemente, una niña de siete años que había perdido a sus padres hacía menos de dos meses.
—¿Fermín el que me regaló el año pasado un peluche que no tenía ni orejas bien puestas?
—Ese mismo.
—Vale. Dile a Nayara que ese argumento ya gana el caso solo.
Lo dijo con la misma voz plana de siempre, la que usaba para puntuar tacos y comentar la cola del mostrador, pero se bajó del taburete y se quedó de pie junto a Renata, no abrazándola exactamente, más bien apoyando el hombro contra su cadera con la fuerza suficiente para que se notara.
Renata le puso la mano en la coleta torcida y no dijo nada, porque no tenía nada que decir que no sonara peor dicho en voz alta.
Esa noche, después de cerrar la persiana metálica de la pastelería y de que Coral se durmiera con la luz del pasillo encendida —insistía en que no era miedo, era "eficiencia, así no tropiezo si me tengo que levantar"—, Renata se sentó en el sofá con el portátil y buscó "informe social custodia menores requisitos" hasta las dos de la madrugada.
Encontró foros de padres divorciados, plantillas de abogados que cobraban por PDF, y una frase que se le quedó clavada en un artículo de una asociación de familias: los jueces no valoran quién quiere más al niño, sino quién puede demostrarlo con papeles.
Ella no tenía papeles. Tenía una pastelería con hipoteca, un horario imposible, un piso pequeño y una sobrina que dibujaba casas en la harina cuando no sabía cómo decir que tenía miedo.
Apagó el portátil sin cerrar las pestañas, como si fuera a servir de algo dejarlas abiertas para el día siguiente, y se quedó mirando el techo hasta que el ruido de la nevera del piso de abajo —el del veterinario, el hombre que le había cortado la cara de mala manera hacía tres semanas por lo de las macetas— se volvió lo único que se oía en todo el edificio.
Cuando colgó por segunda vez, esta vez para pedirle a Nayara que le mandara por escrito lo que acababan de hablar porque no confiaba en su memoria para retener nada más ese día, Marisol asomó la cabeza por la ventanilla del mostrador con la libreta de pedidos todavía en la mano.
—¿Va todo bien? Se te ha oído decir "custodia" desde aquí y no sé si debería fingir que no lo he oído o preguntar directamente.
—Pregunta directamente. Total, se va a enterar medio barrio antes de que yo decida cómo contarlo bien.
—¿El hermano del padre de Coral?
—El hermano del padre de Coral, que ha decidido que ocho semanas de silencio absoluto se compensan con un abogado y una casa con jardín.
Marisol dejó la libreta sobre el mostrador y se apoyó en el marco de la ventanilla, con esa mezcla de indignación y cariño práctico que llevaba usando con Renata desde que trabajaban juntas, mucho antes de que hubiera niñas de siete años ni testamentos ni abogados de por medio.
—¿Y qué dice tu abogada?
—Que sobre el papel, Fermín gana. Que lo que cuenta para el juzgado no es quién quiere más a Coral, sino quién puede demostrarlo con nóminas y horarios.
—Pues que venga el juzgado a comer aquí un mes seguido, a ver si con eso no le basta para entender quién hace de comer a esa niña todas las noches.
—No creo que acepten hojaldres como prueba documental, pero gracias por la oferta.
Cerraron juntas la persiana a las ocho, Marisol contando la caja con la agilidad de quien lleva quince años haciéndolo y Renata mirando el móvil por si Nayara mandaba algo más, aunque sabía que no lo haría hasta el día siguiente.
Subió al piso con la sensación de llevar una losa nueva encima de la que ya llevaba desde el funeral, una losa distinta, con forma de fecha límite.
Coral estaba en el sofá viendo un programa de repostería con el volumen demasiado alto, algo que Renata había dejado de corregirle porque discutir por el volumen de la televisión le parecía, en comparación con todo lo demás, un lujo que no le apetecía gastar.
—Han hecho un fondant que da vergüenza —anunció Coral, sin apartar la vista de la pantalla—. Yo lo haría mejor con los ojos cerrados.
—Seguro que sí.
—¿Va todo bien? Tienes cara de "va todo mal pero no lo voy a decir todavía".