Un héroe de corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 5) Capítulo 13
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Capítulo 13

Ben no se movió. No dijo nada.

Kelsey habría dado cualquier cosa por saber qué pasaba detrás de esos ojos marrones impenetrables.

Un vehículo pasó tocando la bocina a modo de saludo. Kelsey lo ignoró, con la mirada clavada en la de Ben.

—¿Qué quieres que diga? —preguntó él con rigidez—. ¿Crees que sé algo sobre ese dinero?

Kelsey asintió, suplicándole en silencio que dijera algo. Lo que fuera.

—¿Qué sabes tú sobre el dinero? —preguntó él.

Kelsey frunció el ceño, intentando comprender su repentino repliegue.

—Sé que se giraron tres cheques de la cuenta del restaurante hace unos cuatro años. Uno de treinta mil, los otros dos de veinticinco mil cada uno. Eran para ti. Al menos eso fue lo que dijo Carter.

Quería sostenerle la mirada, pero él parecía tan enfadado. Una punzada de miedo la recorrió. Carter había sido su socio, y Ben siempre era tan reacio a hablar de él.

No, se reprendió. No dudes. Ben no está involucrado. No puede estarlo. Apartó la mirada y se enroscó el cabello con fuerza alrededor del dedo.

—Carter le dijo a mi padre que el dinero era para ti. No tenemos los cheques cobrados, así que no sabemos a nombre de quién se extendieron.

El silencio opresivo se interpuso entre ellos, roto solo por el graznido burlón de un cuervo en lo alto.

Los dedos de Kelsey temblaban mientras esperaba.

Ben tenía que saber algo, lo que fuera, sobre esto.

Si no se lo contaba, solo podía suponer que estaba protegiendo a Carter.

Siempre se volvía tan hermético cuando surgía el nombre de Carter.

Esperó un momento más y, cuando ya no pudo soportar el silencio, lo miró directamente.

En su rostro se dibujaba la misma máscara inexpresiva de la primera vez que lo vio. La misma reserva severa. A Kelsey le dio un vuelco el corazón y se le cerró la garganta. Habían vuelto al principio.

—¿Crees que me quedé con el dinero?

Kelsey negó con la cabeza.

—Creo que sabes algo al respecto.

Ben cerró los ojos, como si quisiera apartar de sí aquella verdad.

—No debería importar, Kelsey. Ya pasó. No sé si puedas recuperar el dinero.

Sus palabras tan pragmáticas le provocaron otro escalofrío.

—¿Por qué no? ¿Qué hiciste con él? ¿Compraste algún equipo nuevo que se estropeó?

Aun así, él no dijo nada, y su silencio prolongado sembró demasiadas dudas en ella.

—No quiero recuperar el dinero. Quiero saber adónde fue a parar.

Ben se frotó el mentón con el pulgar.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dijo.

—¿Por qué? —Se sintió desconcertada ante aquel giro repentino.

—¿Puedo? —repitió él.

—Supongo que sí.

La mirada de Ben rozó la suya un instante y luego se desvió.

—Si Carter estuviera vivo y descubrieras que te había sido infiel, ¿lo aceptarías de vuelta si viniera a ti arrepentido, con flores y lágrimas?

Kelsey se preguntó a qué venía aquello, confundida por el cambio de tema. Vaciló, intentando averiguar cómo responder a una pregunta tan extraña.

—Recuerdo que siempre te enviaba flores —Ben bajó la mano y la apoyó en el capó de su camioneta—. Dijiste que te gustaba recibirlas.

—Claro que sí. Era mi marido. ¿A qué esposa no le gustaría recibir flores?

—Lo aceptarías de vuelta, ¿verdad? —dijo él con voz neutra—. A pesar de todo lo que hizo. Le bastaría con aparecer con flores y todo quedaría perdonado.

—Eso no es justo, Ben —respondió ella, con un dolor creciente mientras intentaba seguirle—. No puedo responder a eso porque nunca me enfrentaré a esa situación.

—Si viniera con flores, arrepentido y pidiendo perdón, ¿lo perdonarías? —repitió, con un deje de dureza en la voz.

Kelsey retrocedió un paso ante su ira.

—¿De qué va esto, Ben? ¿Adónde quieres llegar?

—No estoy seguro —se pasó la mano por el pelo—. Pero no creo que pueda hacer esto ahora.

—¿Qué quieres decir con «hacer esto»? ¿Qué está pasando? Todavía no me has dicho nada sobre el dinero.

—Lo siento, Kelsey. Tengo que volver al trabajo. He tomado algunas decisiones que necesito reconsiderar.

Rodeó la parte delantera de su camioneta y se subió de un salto. Sin mirarla, salió marcha atrás del aparcamiento, haciendo chirriar las ruedas.

Kelsey sintió que un nudo de dolor se le retorcía en el estómago. ¿Qué había pasado? ¿Qué había querido decir con que tenía que reconsiderar decisiones?

¿Decisiones sobre ellos?

Mientras veía alejarse su camioneta, una pregunta se le clavó con garras furiosas.

¿Cómo había podido salir todo tan mal?

Kelsey revolvió unos papeles en su escritorio, frustrada consigo misma.

Se sentía como una cobarde, y como una tonta por estar tan alterada por la reacción de Ben a lo que tenía que decirle.

Demasiado vulnerable, pensó. Vulnerable con creces.

Sabía que enamorarse de Ben la pondría en esa posición.

Ahora estaba en un limbo de incertidumbre.

¿Por qué se había alejado de ella cuando le preguntó por Carter?

¿Qué había pasado con el dinero?

Las preguntas giraban en su cabeza como una bandada de pájaros asustados en pleno invierno. Tenía que intentarlo de nuevo, tenía que atreverse a confrontarlo una vez más. Tenía que terminar la conversación que habían dejado a medias hacía apenas unos momentos.

Apartó un montón de papeles del teléfono para llamarlo y vio la luz parpadeante que indicaba mensajes nuevos. No lo había comprobado en todo el día, ya que había estado demasiado ocupada revisando extractos bancarios y enfrentándose tanto a su padre como a Ben. Vaya día, pensó.

Pero solo pensar en llamar a Ben le revolvía el estómago. Escuchar los mensajes parecía el menor de dos males.

El primero era del banco. Llamaron ayer para hablar sobre el cierre de las cuentas y los trámites de quiebra. Que devolviera la llamada de inmediato.

Pulsó el botón para borrarlo. Aplazando lo doloroso e inevitable.

El siguiente mensaje era de un vendedor que ofrecía una oferta increíble en mobiliario para restaurantes. ¿Le interesaría a Kelsey Swain recibir un folleto?

—No lo creo —dijo Kelsey en voz alta, y volvió a pulsar el botón.

El último era de Allen Andrews, muy satisfecho, el agente inmobiliario con el que Kelsey había contactado.

—He encontrado un comprador para el restaurante, Kelsey —decía el mensaje—. Llámame en cuanto puedas. Da igual la hora.

El contestador indicó la fecha y hora de la llamada.

Anoche.

Mucho antes de que se enfrentara a Ben y a su padre.

Kelsey miró de golpe el reloj de la pared mientras cogía el teléfono. Con dedos temblorosos, marcó el número de Allen y respiró hondo para calmar su corazón desbocado.

—Hola, Allen. Te devuelvo la llamada.

—Seguro que esto ya no es noticia para ti, pero el restaurante está oficialmente vendido —dijo Allen—. Me llamó anoche para decirme que quería comprarlo y ha firmado el contrato de compraventa esta tarde. Dijo que quería contártelo cuanto antes.

El corazón de Kelsey se detuvo un instante, latió una vez y luego se aceleró.

—¿Él? ¿Quién es?

—Pensé que por eso Ben fue al restaurante justo después de pasar por aquí... —la voz de Allen se fue apagando.

—¿Ben? ¿Qué tiene él que ver con esto?

—¿No te lo ha dicho? Anoche compró el restaurante. Dijo que te lo contaría hoy.

Kelsey no conseguía ordenar sus pensamientos. ¿Ben? ¿Había comprado el restaurante?

¿Era por eso por lo que había venido?

Y ella lo había recibido con ira y acusaciones. ¿Qué estaría pensando?

—¿Sigues ahí, Kelsey?

—Sí. Sí, aquí estoy.

—Te doy su número.

Kelsey cogió un bolígrafo con dedos temblorosos. Garabateó el número que ya se sabía de memoria.

—Enhorabuena otra vez —añadió Allen—. Parecía muy ilusionado con la idea cuando vino.

—Sí. Gracias otra vez. Adiós.

Colgó el teléfono y se quedó mirándolo con la vista perdida.

Ben había comprado el restaurante. Antes de venir y antes de que ella prácticamente lo acusara de quedarse con el dinero de su padre. Dinero del que él sabía algo, pero sobre el que no quería hablar.

Todavía no conseguía encajar todas las piezas.

Tenía que volver a llamarlo.

¿Se atrevía? ¿Qué diría él? Sujetó el teléfono, rezó una oración rápida y marcó el número de Ben antes de que más dudas la asaltaran.

—Drew al habla.

—Ay, perdona. Me he equivocado de número.

¿Cómo demonios había hecho eso?

—No, no te has equivocado. Tengo el móvil de Ben. Se lo dejó aquí. Iba con prisas esta mañana. ¿Eres Kelsey?

—Sí, soy yo.

Le faltaba el aliento, se dio cuenta. Jadeante y asustada.

—¿Quieres dejarle un mensaje a Ben?

—Sí... bueno, no. Debería hablar con él en persona.

—Me he enterado de que ha comprado tu restaurante. Enhorabuena.

Lo único que quería Kelsey era colgar, pero teniendo en cuenta lo que Drew acababa de mencionar, habría sido una grosería despedirse sin más.

—Yo también acabo de enterarme.

Vaciló un momento. Si Drew sabía lo del restaurante, quizá estaba al tanto de otras cosas.

—Drew, ¿dónde está Ben ahora?

—Ni idea. No lo he visto desde que se marchó.

—¿Puedes decirme...? Necesito preguntar...

Se detuvo, mordiéndose el labio. No podía hacer esto.

—¿Decirte qué? —la voz de Drew sonó más suave—. ¿Qué quieres saber?

Todo.

—¿Trabajaste alguna vez con Carter? —preguntó Kelsey por fin.

—Carter solía trabajar en otras obras con otro capataz. He quedado con él después del trabajo un par de veces.

Kelsey tragó saliva y se apretó los ojos con los dedos.

—Drew, no me lo digas si no puedes, pero... —volvió a hacer una pausa, preguntándose si estaba haciendo lo correcto—. Necesito saber algo sobre Carter. Sobre un dinero que le pidió prestado a mi padre. Le dijo que era para Ben. Intenté hablar con Ben de eso, pero no quiere contármelo.

Las palabras, una vez que empezó, le salieron a borbotones.

—¿Crees que Ben se quedó con el dinero?

—No sé qué pensar, pero lo que sí sé es que él sabe lo que pasó con el dinero. Y no me lo quiere contar.

—Seguro que tiene una buena razón para no contártelo —dijo Drew.

—¿Tú lo sabes?

Drew guardó silencio un momento, lo que confirmó la corazonada de Kelsey.

—¿Puedes decirme adónde fue a parar? —insistió ella.

Siguió otro silencio y luego:

—Carter era un imbécil, Kelsey. No te merecía.

Sus palabras airadas fueron la confirmación definitiva de algo que ella llevaba años evitando reconocer.

—¿Por qué no me contaría Ben la verdad sobre el dinero?

El silencio se prolongó mientras Kelsey esperaba, aferrada al teléfono.

—Es un hombre orgulloso, Kelsey. Y le importas mucho.

Las palabras eran solo sonidos, incorpóreos y desvinculados de una persona. Llegaban por el auricular.

Esas palabras, esos pocos sonidos, lo cambiaron todo.

Se dejó caer contra la silla y se llevó la mano a la boca. Sin siquiera despedirse, arrojó el teléfono sobre el receptor, giró la silla y salió volando de su oficina.

—Busco a Ben Dempsey.

Kelsey sonrió a la señalera que estaba en la entrada de la obra.

Era guapa, con el cabello oscuro y rizado y unos ojos marrones profundos.

¿Trabajaba también para Carter? ¿Se habría sentido atraído por ella?

Aquel pensamiento fugaz empañó el momento, y Kelsey lo apartó.

Carter se había ido. Tenía que seguir adelante.

La señalera asintió.

—Preguntaré si alguien sabe dónde está.

Se llevó a los labios la radio rectangular y murmuró unas palabras ininteligibles; luego escuchó mientras el aparato le respondía con chirridos.

—Avanza medio kilómetro desde aquí —dijo—. Verás números pintados con aerosol en la carretera. Busca el «467». Está aparcado cerca de ahí. Camioneta verde con marcas blancas.

—Gracias.

Kelsey pulsó el botón para subir la ventanilla y, una vez más, esta se negó a obedecer. Esta vez no le importó. Mientras conducía, rezó, con el corazón latiéndole de miedo y expectación.

Los comentarios de Drew se repetían en su mente. Se aferró a ellos, los atesoró.

Quería oír esas palabras de labios del propio Ben.

Por fin vio una camioneta verde. Se detuvo detrás y, al apagar el coche, le inquietó notar que le temblaban los dedos. Cerró el puño y lo abrió, y tras elevar otra oración, salió.

Lo primero que oyó fue el estruendo de los motores diésel. Miró hacia la cabina de la camioneta de Ben, pero estaba vacía.

Gotas de lluvia salpicaban la carretera. Kelsey alzó la vista hacia las nubes oscuras que se acercaban veloces y bajas.

Una camioneta se detuvo junto a ella y el conductor bajó la ventanilla.

—¿A quién buscas? —gritó.

—A Ben Dempsey —gritó Kelsey por encima del estruendo de las Caterpillar y las excavadoras.

—Volverá en unos quince, veinte minutos. ¿Quieres esperar?

Le palpitaba la cabeza por el estruendo y por los problemas y el estrés de los últimos días. No podía hablar con Ben allí.

Entonces recordó la cabaña y la paz que había sentido allí. Ese sería un lugar mejor.

Se volvió hacia el conductor.

—Le dejaré una nota en su camioneta. Si lo ves, ¿puedes pedirle que se reúna con Kelsey Swain en la pequeña cabaña del otro extremo de la obra?

—Sé cuál dices. Se lo diré.

Le sonrió y subió la ventanilla mientras se alejaba.

Kelsey se frotó los brazos, aterida por el frío creciente.

Entró vacilante en la camioneta de Ben y cerró la puerta tras ella.

La cabina olía a diésel mezclado con el tenue aroma de su loción de afeitado.

Se le contrajo el estómago ante aquel olor familiar, y lo echó de menos con un anhelo creciente.

Un portapapeles descansaba en el salpicadero, y Kelsey lo cogió. La primera página estaba llena de notas de Ben. Kelsey sonrió al revisarlas. Nunca había visto su letra. Precisa y definida. Como él, pensó, observando los trazos nítidos. Pasó la página.

El corazón se le detuvo cuando vio la siguiente.

En ella estaba escrito «Kelsey». No una vez, ni dos, sino una y otra vez. Ben había dibujado garabatos alrededor de cada nombre.

Recorrió la escritura y los remolinos con el dedo, preguntándose qué significaría aquello: un hombre práctico como Ben entregándose a frivolidades propias de un colegial.

Sonrió, reconfortada, y pasó las hojas hasta encontrar una página en blanco. La sacó y la puso encima del portapapeles.

«Por favor, reúnete conmigo en la cabaña que le mostraste a Chris», escribió. «Sé dónde está. Te estaré esperando».

Firmó con cuidado, como si pusiera todo su amor en las dos palabras que escribió debajo.

«Con amor, Kelsey».