Capítulo 10
Kelsey alzó el rostro hacia el sol, dejando que su calor la envolviera.
Al hacerlo, sintió una punzada de pesar por todo el tiempo que pasaba encerrada.
Cuando estaba casada con Carter, solía llevar a Chris a dar largos paseos junto al río, disfrutando del aire fresco.
Ahora pasaba la mayor parte del día dentro del restaurante o intentando no atrasarse con las tareas domésticas y la colada.
Hoy no era una excepción. Se había quedado en el trabajo todo lo posible y luego pasó por casa de sus padres a recoger a Chris. Podría haberse quedado allí mientras ella hacía la compra, pero sentía que pasaban tan poco tiempo juntos que lo llevó con ella.
—Mira, mamá. La feria está en el pueblo y tengo muchas ganas de ir.
Kelsey miró el cartel grapado al tablón de anuncios junto al supermercado. Ya lo sabía y había pensado en llevar a Chris. Sin embargo, la semana se había esfumado y hoy era el último día.
—No lo sé, cariño.
Pensó en lo poco que llevaba en la cartera y luego miró a su hijo, que contemplaba el cartel de colores brillantes con ojos anhelantes.
—Billy dice que tienen una montaña rusa y una noria —dijo Chris con anhelo. Miró a su madre arrugando la nariz—. ¿Qué es una noria?
Kelsey sonrió y le revolvió el pelo. Chris nunca había ido a una feria, y ese pensamiento hizo que la culpa volviera a asomar.
—Es una rueda enorme con asientos que da vueltas.
—¿Podemos ir?
—No lo sé, cariño. Lo pensaré.
Que probablemente era todo lo que podía hacer. Chris echó una última mirada anhelante al cartel y entró arrastrando los pies detrás de su madre.
Kelsey fue tachando su lista aparentemente interminable, y para cuando empujó el carrito hacia la fila de la caja, estaba agotada y Chris, irritable.
Rebuscó en el bolso y sacó una moneda.
—Toma —dijo, dándole el dinero—, ve a comprar chicle.
El soborno siempre funcionaba, y no tenía reparos en recurrir a él. No después de un día como ese.
Chris se animó y se abrió paso entre los carritos alineados en la caja hasta llegar a la máquina de chicles.
Kelsey se apoyó en el carrito, paseando la mirada con desgana por los estantes de revistas mientras avanzaba en la fila.
Mujeres con cabello perfecto y dientes perfectos le devolvían sus sonrisas perfectas.
Se preguntó si alguna de ellas tendría que hacer la compra sumando las cantidades mentalmente.
Si alguna tendría que buscar dinero perdido en una maraña de mala contabilidad.
Si alguna tendría que cuestionarse su relación con su difunto esposo.
Una vez más, las dudas la asaltaron. ¿Estaría exagerando?
Incluso mientras esas preguntas le daban vueltas en la cabeza, pensó en lo que Lorelei había dicho. Sus palabras subrayaban las inseguridades y las preguntas que la habían atormentado en el último año de su matrimonio con Carter.
Miró a las hermosas mujeres que adornaban las portadas de las revistas y leyó un titular sobre otra estrella de cine que se divorciaba de su marido.
Tener un cónyuge infiel era casi mundano hoy en día. Algo corriente.
Hasta que te pasa a ti, pensó. Entonces la humillación dolía. Era casi peor cuando no había nadie a quien gritar.
Detrás de ella, alguien carraspeó, trayéndola de vuelta al presente. La persona de delante había terminado y le tocaba a ella en una fila cada vez más larga. Mientras ponía la compra en la cinta, se dio cuenta de que Chris no había vuelto.
Sintió ese pánico momentáneo tan propio de las madres mientras escudriñaba la tienda. Entonces lo vio, todavía junto a la máquina de chicles.
Hablando con Ben.
A Kelsey se le secó la garganta y se le aceleró el corazón.
Toda la semana había estado pensando en él.
Toda la semana había paseado como quien no quiere la cosa por el restaurante a la hora de la cena, preguntándose si estaría allí, sintiendo alivio y decepción a partes iguales cuando no lo encontraba.
Claro, tenía que encontrarse con Ben precisamente así. Sin maquillaje, con el pelo recogido y sujeto con una horrible pinza de plástico. Kelsey se miró la mancha de kétchup en los vaqueros, del almuerzo, y la línea de polvo en la camiseta, de rebuscar entre los archivos viejos.
Estaba hecha un desastre.
Ben, en cambio, no. Llevaba el pelo oscuro bien peinado, lo que resaltaba su leve pico de viuda. La camisa color canela estaba impecable, igual que los vaqueros. Hasta las botas camperas estaban relucientes.
Estaba de pie hablando con Chris, con el peso apoyado en una pierna y los pulgares enganchados en las presillas del cinturón, esbozando una sonrisa. Mientras Kelsey lo observaba, dos mujeres aminoraron el paso al cruzarse con él y se volvieron a mirarlo.
Ni siquiera se dio cuenta.
—Son 75,06 dólares, por favor —dijo la cajera.
Kelsey volvió la cabeza de golpe, aturdida y aliviada de que Ben no la hubiera pillado mirándolo.
—¿Perdón? —preguntó.
La cajera repitió la cantidad y Kelsey abrió el bolso. Sacó unos billetes de la cartera y se los entregó.
La chica miró el dinero y luego a Kelsey.
—No es suficiente, señora.
Kelsey frunció el ceño. Miró la cantidad en la caja registradora y luego los billetes en la mano de la chica. Le faltaban diez dólares.
—Oh, lo siento —dijo.
Contrólate, se reprendió. Aparece Ben y te desmoronas.
Abrió la cartera, pero estaba vacía. Se le encendieron las mejillas mientras comprobaba la cantidad de nuevo.
Dejó la cartera a un lado y rebuscó en el bolso, esperando encontrar algo, lo que fuera.
Todo lo que logró reunir fue un puñado de monedas sueltas. No era suficiente.
La tarjeta de crédito estaba al límite y había dejado la de débito en casa, así que no podía sacar efectivo. Qué humillación. Se le encendieron aún más las mejillas al mirar las bolsas de la compra en el carrito.
—Me temo que tendré que devolver algo —dijo, cada vez más avergonzada mientras la gente de detrás empezaba a removerse y murmurar. Estaba tan segura de haberlo sumado todo bien.
La cajera suspiró con fastidio y tiró del carrito hacia atrás.
—¿Qué quiere que saque?
Entonces Kelsey sintió a Ben a su lado. Su altura, su envergadura. No la había tocado, ni siquiera había hablado, pero era tan consciente de la presencia de Ben Dempsey junto a ella como si lo hubiera hecho.
—Toma. Con esto debería bastar.
Kelsey miró de reojo y lo vio ofrecerle un billete de diez dólares.
Estaba mortificada.
—No. No hace falta —susurró, esperando que solo Ben y la cajera pudieran oírla—. Devolveré algunas cosas.
Se atrevió a lanzarle una mirada rápida a Ben.
Ni siquiera la estaba mirando.
—Por favor, Ben. De verdad que no pasa nada —insistió, cada vez más avergonzada.
Pero la cajera ya había terminado la transacción, y Ben solo la miró de reojo cuando le entregó el recibo.
—Podría haberlo solucionado yo sola —dijo, reprimiendo su irritación.
—¿Nos vamos? —dijo él, poniéndole una mano en el hombro y empujándola con suavidad—. Hay gente esperando.
Kelsey miró hacia atrás. Algunos clientes ponían los ojos en blanco o refunfuñaban, impacientes.
Quiso protestar, pero se dio cuenta de lo infantil que sería. Al fin y al cabo, solo eran diez dólares. Podía devolvérselos.
Cedió, consciente de que no estaba siendo muy agradecida.
—Muchas gracias —dijo, cerrando el bolso y esbozando lo que esperaba que fuera una sonrisa madura y agradecida mientras rodeaban el mostrador hacia el carrito.
La mano de Ben se demoró un instante en su hombro antes de retirarse.
—De nada —dijo él.
A pesar de lo que acababa de pasar, Kelsey deseó que no hubiera apartado la mano, que la hubiera dejado un momento más. Por un momento, se había sentido querida. Protegida. Por un momento, necesitaba esa sensación.
—Mami, Ben también me compró un chicle —exclamó Chris, corriendo hacia ella con la boca manchada de rojo.
—Ya lo veo —Kelsey sacó un pañuelo del bolso y le limpió la boca.
—¿Lo pensaste, mamá? —preguntó, con los ojos muy abiertos, expectante.
—¿Pensar en qué, cariño? —Kelsey le pasó el pañuelo otra vez por la boca y se incorporó.
—La feria. ¿Podemos ir?
Kelsey pensó en lo que acababa de pasar y se preguntó cómo decirle, delante de Ben, que no podían permitírselo. Sería demasiado humillante.
—Podemos ir a dar una vuelta por el recinto ferial, ¿vale? ¿Echar un vistazo?
—¿Podemos montar en la noria?
Chris era implacable, y Kelsey recurrió a la respuesta de toda la vida que usan los padres para salir del paso.
—Ya veremos.
Chris debió de intuir que esa era la única concesión que le arrancaría por el momento, porque dejó de insistir. Se volvió hacia Ben.
—¿Vienes con nosotros a la feria? ¿Puede venir, mamá?
—Creo que eso depende de Ben, ¿no te parece? —dijo, metiendo el bolso en el carrito.
—¿Puedes venir, Ben? ¿Por favor?
Tras una semana sin verlo, y después de que apareciera justo a tiempo para pagarle la compra, Kelsey estaba dividida entre querer que Ben se fuera y querer que se quedara.
Pero entremezclado con esas emociones estaba el recuerdo de la semana anterior y de aquel beso inesperado. No sabía qué significaba.
—Primero llevemos la compra al coche de tu mamá, ¿vale? —le dijo Ben a Chris. Un comentario diplomático que les daba a ambos un poco de espacio.
Pero meter las pocas bolsas en el coche llevó poco tiempo. Después se quedaron en el aparcamiento, con un silencio incómodo flotando entre ellos. Chris no se dio cuenta. Estaba entretenido dando botes en el asiento del coche, jugando con la ventanilla.
Kelsey por fin se atrevió a mirarlo de nuevo.
—Sé que ya lo dije, pero gracias por echarme una mano ahí dentro. Te lo devolveré...
—No empieces con eso, Kelsey. Solo fueron diez dólares —se metió las manos en los bolsillos traseros de los vaqueros.
—Bueno, fue vergonzoso.
Ben lo descartó con un gesto.
—Y tú, ¿has hecho la compra? —preguntó Kelsey, esperando que su tono sonara despreocupado. No lo había visto en toda la semana y, para su sorpresa, lo había echado de menos.
Ben la miró entonces, clavando los ojos en los suyos.
—No he venido a comprar. Pasé por el restaurante y Anton me dijo que estabas aquí.