Capítulo 9
Cuando el camarero trajo el pedido, Ben sintió un momento de alivio.
Cada vez que Kelsey mencionaba a Carter, cada vez que hablaba de él como si hubiera sido la respuesta a todos sus sueños, sentía un inexplicable arrebato de celos seguido de rabia por lo que él había desperdiciado.
Como siempre, tuvo que resistir la tentación de contarle lo que sabía.
No cambiaría nada para ninguno de los dos. Era cosa del pasado.
El camarero sirvió el filete a Ben y las fajitas a Kelsey. Le dieron las gracias y, cuando se retiró, Kelsey vaciló un momento antes de inclinar la cabeza para rezar.
Ben sabía que no debería mirarla mientras rezaba. En ese momento, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados, estaba indefensa.
No pudo apartar la mirada.
El ceño que le había arrugado la frente un momento antes se desvaneció, y sus labios se curvaron en una delicada sonrisa mientras su expresión irradiaba una paz que él anhelaba de pronto.
Tras una breve pausa, él también inclinó la cabeza. No sabía por qué lo hacía. Quizá en parte como respuesta a la oración de ella. Quizá como un regreso a cuando era niño y se quedaba con su abuela, la persona que le había enseñado a rezar.
Recordó retazos de oraciones a medio olvidar. Por favor, Señor, bendice estos alimentos... Se detuvo, tratando de recordar el resto. Pero no le venía.
En cambio, recordó el tono natural y desenfadado de Kelsey al rezar. Pero no sabía qué pedir, aparte de paciencia y una respuesta a las preguntas que lo atormentaban, que se llenara el vacío que crecía cada año.
Cuando levantó la cabeza, Kelsey ya había terminado de rezar. Aliviado, desdobló la servilleta y se la colocó en el regazo. El aroma del filete, asado a la perfección y aún chisporroteante, le hizo la boca agua.
Miró a Kelsey y se desconcertó al ver que ella lo observaba con atención.
Cuando pensó por primera vez en esta «cita», tenía varios objetivos en mente.
El principal, se había dicho, era encontrar una manera diplomática de cumplir con la obligación que sentía desde que se enteró de que Carter había cancelado la póliza de seguro de vida: el «asunto» al que se había referido de forma velada.
El otro era menos claro. Apenas una vaga esperanza de que pasar tiempo con ella disminuyera la fascinación que sentía por Kelsey.
No estaba funcionando.
—Dijiste que estudiaste en casa —dijo Kelsey mientras acomodaba los distintos cuencos que acompañaban su comida.
Lo miró con una sonrisa, claramente dispuesta a cambiar de tema—. ¿Fuiste alguna vez a una escuela normal?
Ben cogió el tenedor y jugueteó con las verduras mientras consideraba la pregunta, agradecido de volver a una conversación más distendida.
—Si estábamos en un lugar el tiempo suficiente, iba —dijo al fin, con la sensación de tener que disculparse por su falta de estudios—. Pero casi siempre nos mudábamos.
—¿Ninguna experiencia de instituto? ¿No luchaste con las combinaciones de las taquillas, no te saltaste clases, no robaste patatas fritas del plato de otro en la cafetería?
Ben se rio al ver su sonrisa traviesa.
—Fui al instituto un par de semestres en cuarto de la ESO, cuando mi padre estaba sin trabajo. No lo suficiente para salir en ningún anuario —cortó un trozo de filete—. Consiguió un trabajo enorme, el instituto quedó olvidado y me pusieron a trabajar.
No quería seguir hablando de su pasado. Sonaba a familia desestructurada y, por alguna razón, no quería que Kelsey lo viera con malos ojos.
Kelsey pinchó unos trozos de pollo que goteaban salsa sobre la tortilla.
—Vaya comida más pringosa —comentó, cambiando de tema.
Ella le sonrió.
—Me di cuenta después de pedir. Y yo que quería impresionarte con mis buenos modales —sacudió la cabeza y terminó de preparar la fajita.
Con otra sonrisa que a él le desestabilizó por completo, se inclinó hacia delante y le dio un mordisco.
El jugo goteó de la tortilla y le resbaló por un lado de la boca, pero tenía las manos ocupadas y no pudo evitarlo a tiempo.
Ben cogió la servilleta y se la llevó a la mejilla mientras con la otra mano le sujetaba la barbilla.
Sus miradas se encontraron y la mano de él se quedó suspendida, consciente de la suave piel de ella bajo los dedos.
Sintió el impulso imprudente de acercarse un poco más.
Apartó las manos y bajó la mirada, y el momento se rompió.
Ella terminó el bocado y dejó la tortilla, limpiándose la boca por si acaso.
—Vaya debut más desastroso, ¿no? —dijo con una risa suave.
Su tono bromista los devolvió a un terreno más cómodo.
—No pasa nada. Encantado de ayudar —Ben dejó la servilleta en la mesa, sorprendido de lo alterado que se sentía tras aquel breve momento.
—Debería haber pedido el asado de cerdo, supongo. Claro que ese viene con salsa. Las patatas fritas vienen con kétchup —inclinó la cabeza, enumerando otros platos del menú y sus inconvenientes, y luego lo miró—. Aunque me vista de seda, mona me quedo —concluyó con una sonrisa.
A Ben le asombraba su ingenio autocrítico, su capacidad de reírse de sí misma.
Era encantadora.
—¿Sales mucho? —preguntó, esperando que no pareciera que estaba husmeando en su vida sentimental. Que era exactamente lo que hacía.
Kelsey negó con la cabeza.
—No. El restaurante y Chris me ocupan mucho tiempo —se limpió la boca de nuevo; sus ojos se posaron un instante en los de él y luego se apartaron.
No debería importarle que ella saliera todas las noches de la semana. No estaba allí para ligar con ella. Lo que esperaba era aliviar parte de la culpa que sentía por no haberse esforzado más en mantener el contacto.
Pero su respuesta le produjo una curiosa satisfacción.
Ella le preguntó por la obra en la que estaban ahora y por cosas de las que Chris le había hablado.
Ben complació su curiosidad mientras cortaba el filete y buscaba el momento adecuado para sacar el otro motivo de la velada.
Pero todavía no, pensó mientras Kelsey hacía otra pregunta con una sonrisa fugaz. Sabía que era orgullosa e independiente. Le preocupaba cómo reaccionaría si le ofrecía dinero, y no quería romper el hechizo de la velada.
Hablaron de Sweet Creek, de algunos de sus habitantes. El humor afable de Kelsey dejaba entrever el cariño que sentía por el pueblo y su gente.
Una vez más, Ben sintió envidia de las raíces que ella había echado, de la historia que la unía a su ciudad natal.
Finalmente, la cena llegó a su fin, y Kelsey se recostó en la silla, jugueteando con el cabello mientras el camarero retiraba los platos.
—Dijiste que tenías asuntos que tratar... —dijo Kelsey, arqueando las cejas.
—Así es. Pero he decidido que puede esperar —respondió Ben. Le sostuvo la mirada, aunque sabía que lo que quería hablar con ella rompería el ambiente.
Kelsey parecía desconcertada pero, afortunadamente, no insistió. Por un momento, Ben se preguntó si ella sospecharía de qué quería hablarle.
Kelsey rechazó el postre, y cuando el camarero dejó la cuenta sobre la mesa, intentó cogerla.
—Yo invito. Ya te lo dije —dijo Ben, que la había cogido a tiempo.
Kelsey parecía a punto de protestar, pero para sorpresa de Ben, se encogió de hombros y le dedicó otra sonrisa fugaz.
—Gracias, entonces. Te lo agradezco.
Cogió el bolso, señal de que estaba lista para marcharse.
Él captó la indirecta y se levantó para ayudarla, pero ella ya estaba de pie, alisándose la parte delantera del vestido.
—Uf —dijo, sonriendo—. Sin migas, sin manchas. Lo conseguí.
—¿Tan raro te parece?
—¿Raro? Para mí, es un milagro.
Ben volvió a reírse.
Kelsey entró en el guardarropa y descolgó el abrigo.
Ben estaba justo detrás y se lo quitó de las manos. Ella resistió un momento, pero luego se detuvo y se giró para que la ayudara.
Se lo ajustó sobre los hombros, dejando que sus manos se demoraran. Pero ella se apartó, y ahí quedó la cosa.
Le sostuvo la puerta abierta y luego caminó a su lado mientras ella se dirigía al coche, con el taconeo resonando en el asfalto del aparcamiento. Atravesaron un cono de luz y salieron de él; la penumbra creaba una intimidad serena.
Justo cuando iba a abrir el coche, se volvió hacia Ben.
—Gracias por una velada tan agradable, Ben. La he disfrutado mucho.
Cambió el peso de un pie a otro, sintiéndose tan torpe como un adolescente: una sensación extraña para alguien que se preciaba de tener siempre el control.
—Tendremos que repetirlo algún día.
La luz de la farola proyectaba sombras en su rostro, bruñía su cabello cobrizo, iluminaba su sonrisa.
—Quizás —respondió con vaguedad, mientras la brisa se llevaba su voz.
Esa misma brisa le echó un mechón de pelo sobre la cara, que se le quedó pegado a los labios.
Los dos alargaron la mano para apartarlo.
Cuando sus dedos se rozaron, fue como si se entrelazaran por voluntad propia.
Ben no se detuvo a pensar, a analizar. Le llevó la mano a los labios y rozó con ellos la suave calidez de su piel.
Oyó cómo ella contenía el aliento mientras los dedos de Kelsey se curvaban en torno a su mejilla. Ante aquella tierna respuesta, él volvió el rostro hacia su caricia, le rodeó la muñeca con los dedos y le sostuvo la mano allí.
Ella susurró su nombre, y a él le sonó como una plegaria.
No pudo contenerse: le deslizó una mano por el brazo y con la otra la atrajo hacia sí. Ella se dejó llevar sin oponer resistencia.
Entonces la besó, estrechándola entre sus brazos. Era como volver a casa, pensó mientras cerraba los ojos y sus labios recorrían la mejilla de ella, la frente, la sien, cada beso abriendo otra parte de su corazón.
Una mano de ella se aferraba a su espalda mientras la otra le sostenía la nuca. Ben suspiró contra su cabello.
Permanecieron inmóviles en el cálido refugio que habían creado.
Le acarició el pelo con la barbilla mientras una inesperada satisfacción se apoderaba de él. Aquello estaba tan bien. Se sentía tan bien.
Entonces, de forma casi imperceptible al principio, ella empezó a apartarse. Él protestó con un murmullo.
Pero las manos de ella se deslizaron hasta su pecho, ejerciendo una suave presión.
—Por favor —susurró ella, y esa única palabra lo hirió más de lo que habría creído posible.
Tenía la cabeza gacha, el pelo cayéndole hacia delante y cubriéndole el rostro.
—Supongo que ahora es cuando debería decir que lo siento, pero no es así.
Kelsey levantó la cabeza y se apartó el pelo de la cara. Le brillaban los ojos bajo la luz. Le sostuvo la mirada un momento y, sin decir nada más, se metió en el coche.
La observó arrancar, mientras la confusión y el anhelo batallaban en su interior.
—¿Qué tal la cita con la encantadora Kelsey Swain? —Drew se subió a la camioneta de Ben y sacó la fiambrera, mirándolo con expresión expectante. Drew rara vez trabajaba los sábados, pero su mujer y sus hijos estaban fuera el fin de semana, así que había dicho que se quedaría a echar una mano.
—Bien.
—Vale. Noto cierta resistencia. ¿Qué pasó?
—Nada.
—Supongo que ese es parte del problema —Drew le lanzó una mirada astuta.
Ben quería ignorarlo, como solía hacer cuando Drew se ponía en plan casamentero. Pero Drew había conocido a Carter y, por primera vez, Ben sintió la necesidad de compartir aquel problema con su amigo.
—Desembucha —lo animó Drew, como si percibiera su vacilación.
Ben se pasó las manos por la cara mientras inspiraba hondo.
—Creo que sigue enganchada de Carter.
—¿Crees que sabe lo de Carter? ¿La verdad?
Ben negó con la cabeza y, afortunadamente, Drew no añadió nada más.
Ben se apoyó en el volante, observando sin interés cómo las apisonadoras avanzaban por la explanada frente a él. En lugar de eso, pensaba en Kelsey y en Carter.
Cuando Carter vivía, lo que sabía sobre las actividades de su socio le quemaba en la mente como un hierro candente, y había sentido que debía contárselo a Kelsey.
Pero cuando fue a su casa y vio a Kelsey con Chris en el regazo, contemplando a Carter con una sonrisa serena, supo que no podía hacerlo. Ella dependía de aquel hombre para su seguridad.
Drew terminó de almorzar y cerró la fiambrera de golpe.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Qué se puede hacer? —Se frotó la nuca mientras movía el cuello—. La invité a cenar para agradecérselo y sigue hablando de Carter.
Hizo un gesto con la mano, desechando el tema.
—¿Y si es un mecanismo de defensa?
—Eres más romántico que ella, y eso ya es decir.
—Lo dices como si fuera una enfermedad.
—No lo es. Pero el romanticismo también puede ser falso. Viví el matrimonio de mis padres. Las flores y los gestos románticos de mi padre eran tan vacíos como los de Carter.
Ben cogió el casco del asiento y recogió los guantes, consciente de que hablaba con más bravuconería de la que sentía.
Al mirar a Drew desde el otro lado del asiento, vio compasión en los ojos de su amigo.
—Que sea leal a Carter no quiere decir que sea como tu madre —dijo Drew.
—Mi madre debería haber dejado a mi padre hace años. Se habría ahorrado mucho dolor y muchos cardenales.
Ben se caló el casco y estaba a punto de marcharse cuando se volvió hacia Drew.
—¿Cómo crees que habría sido la vida de Kelsey si Carter no hubiera muerto?
—Eso te importa, ¿verdad?
Ben suspiró.
—Por mucho que me cueste admitirlo, ella me importa.
—Esto es nuevo en ti.
Ben no dijo nada. Tenía los sentimientos tan revueltos...
¿Qué pretendía hacer al respecto? Su estancia cerca de Sweet Creek era temporal.
¿Qué haría cuando llegara el momento de marcharse?
Para él, Kelsey no era el tipo de mujer de la que uno se aleja sin más.
Con cada momento que pasaba con ella, su vida nómada le resultaba menos atractiva.
—Mira, Ben, la vida no viene con manual de instrucciones —continuó Drew—.
No está todo planificado y ordenado. Tú mismo lo sabes.
A veces hay que dejarse llevar. ¿Por qué no te olvidas de Carter?
Olvida quién era y qué era, y céntrate en Kelsey.
Pasa más tiempo con ella, a ver qué tal.
Si no funciona, pues no funciona. No sería distinto de otras mujeres con las que has salido.
Ben escuchó el consejo de Drew. Tenía sentido.
El problema era que no quería tratar a Kelsey como a cualquier otra mujer con la que hubiera salido.
No quería tratarla como un experimento. Tenía un hijo, y había que andarse con cuidado.
Chris se estaba encariñando con él, y Ben no podía ignorar esa realidad.
También sabía que cuanto más tiempo pasaba con ella, más hondos se volvían sus sentimientos.