Capítulo 6
¿Y si había pasado algo? ¿Y si habían tenido un accidente? Kelsey contuvo el pánico creciente y lo calmó con unas cuantas respiraciones rápidas.
Desde la muerte de Carter, no conseguía librarse de esa sensación de vulnerabilidad que la asaltaba en los momentos más inesperados.
Si pudo pasar una vez, le decía siempre una parte negativa de su mente, puede volver a pasar.
«Él te cubrirá con sus plumas, y bajo sus alas encontrarás refugio; su fidelidad será tu escudo y tu baluarte».
¿Cuántas veces se había recitado este Salmo en los días oscuros en que estaba completamente sola? ¿Cuando el dolor amenazaba con ahogarla?
Dios era fiel. Dios era fuerza y consuelo en la vida y en la muerte.
Después de lo que había pasado esa tarde, se aferraba con tenacidad a esas palabras. Solo Dios era fiel, se recordó mientras volvía a la cocina.
Durante toda la tarde, las crueles palabras de Lorelei le habían dado vueltas en la cabeza. Ojalá pudiera olvidarlas. Y sin embargo, pensaba en el poco tiempo que Carter pasaba en casa cuando estaba. En cómo evitaba arreglar todo lo que necesitaba reparación.
En cambio, ella esperaba a que Carter se fuera a otro trabajo. Entonces llamaba a su padre, usando la ausencia de Carter como excusa para que viniera.
No dejaba de pensar en el dinero del seguro que Ben había mencionado y se preguntaba si habría más cosas sobre Carter que solo él supiera.
Kelsey volvió a la cocina e hizo más ruido de lo habitual al abrir la puerta del horno para comprobar la cazuela, intentando mantener el silencio a raya.
La quietud le recordaba las veces en que Carter trabajaba fuera.
Había odiado esas tardes vacías y solitarias en que Chris ya estaba en la cama y las dudas sobre Carter la acosaban.
Entonces Carter llamaba, y durante unos momentos, se sentía unida a él, importante para él.
Las llamadas nunca duraban lo suficiente, y él siempre tenía prisa por colgar.
Y ella se quedaba de nuevo a solas con su soledad y sus dudas.
Kelsey cerró la puerta del horno de golpe, para apartar los bordes afilados del recuerdo. Ella y Carter habían sido felices. Él había sido bueno con ella. La había cuidado. Había querido a Chris.
Y quizá Ben también lo habría hecho, si le hubieras dado una oportunidad y no te hubieras dejado deslumbrar por el encanto de Carter.
En cuanto cerró la puerta del horno, le alivió oír la voz emocionada de Chris subiendo por el camino. La puerta principal se abrió de golpe.
—Hola, mamá, ya llegamos —gritó, y su vocecita de niño llenó la casa—. Entra, Ben —dijo, y Kelsey oyó el murmullo de la voz de Ben en respuesta.
Kelsey se alisó el pelo y se estiró el cárdigan amarillo pálido sobre la camiseta de tirantes a juego. Al llegar a casa del trabajo, había dudado qué ponerse. Su atuendo habitual, vaqueros y sudadera, le parecía poco favorecedor. Sobre todo sabiendo que Ben vendría a dejar a Chris.
Sentía un deseo perverso de sentirse atractiva. De calmar un orgullo herido por los comentarios de Lorelei. Así que se había vuelto a peinar y retocado el maquillaje. No era por Ben, se había dicho.
Pero ahora, mientras caminaba hacia la puerta principal, se sentía cohibida.
Chris estaba sentado en el suelo de la entrada forcejeando con las zapatillas deportivas, con los ojos puestos en Ben, que se había arrodillado para ayudarlo.
—Tenemos que contarle a mamá lo de la cabaña. Decirle que vamos a quedarnos allí una noche —estaba diciendo.
Chris vio a Kelsey y se levantó de un salto, con una zapatilla todavía puesta.
—Mamá, mamá. Fuimos a la cabaña otra vez.
—¿Sí? —Kelsey le sonrió mientras él se apoyaba contra ella. Le tocó una mancha de tierra en la cara—. Parece que lo has pasado bien. Pero deberías quitarte la otra zapatilla y lavarte. Ya casi es hora de cenar.
Chris asintió y volvió al porche, sin darse cuenta del rastro de tierra que iba dejando. Ben se encargó rápidamente de la otra zapatilla.
—Tengo que lavarme las manos —le informó con todo el fastidio que un niño de seis años era capaz de reunir—. No te vayas.
Ben sonrió.
—Esperaré a que vuelvas.
Chris salió corriendo, dejándola a solas con Ben.
Kelsey cruzó los brazos y lo miró, de pronto cohibida. Se fijó en que llevaba una camisa vaquera limpia y unos vaqueros.
—¿A ti también te quedan cortas las mangas? —preguntó, señalando las mangas enrolladas en los antebrazos.
Ben bajó la vista, luego volvió a mirarla, con una sonrisa asomando en la comisura de su boca bien formada.
—Sí. Rara vez encuentro una camisa de mi talla.
—Carter tenía el mismo problema. Debíais de medir lo mismo.
Kelsey se contuvo nada más pronunciar las palabras. Costumbre, pensó. La costumbre de una esposa que compensaba en exceso los defectos de su marido hablando de él siempre que podía.
La sonrisa de Ben se desvaneció.
—Los dos medíamos un metro ochenta y ocho —dijo.
Kelsey se sorprendió del cambio en su tono. El deje de Ben era tan sutil que no estaba segura de haberlo imaginado. Siempre aparecía cuando mencionaba el nombre de Carter, y de nuevo se preguntó qué sabría él.
—Mamá, mamá, ya he terminado —Chris irrumpió en la habitación con las manos extendidas para que las inspeccionara.
—Buen trabajo, hijo.
—¿Vas a cenar con nosotros, Ben? —preguntó Chris.
—No, creo que no debería.
Chris se volvió hacia Kelsey y le tiró del brazo.
—¿Se puede quedar Ben? Por favor.
Kelsey volvió a fijarse en la ropa limpia de Ben y recordó cómo, cuando lo traía a dejar a Carter, Carter siempre lo invitaba a entrar. Ben siempre se lo agradecía.
Aunque no estaba preparada para pasar tiempo con él, también sabía que sería una grosería decirle a Chris que tenía que retirar la invitación a Ben.
—Por favor —le dijo a Ben—. Quédate a cenar.
—Ves, mi mami quiere que te quedes —dijo Chris encantado.
—¿No estás cansado de mí? —le preguntó Ben a Chris.
—Claro que no.
Chris agarró la mano de Ben y tiró de él.
—Puedo enseñarte mi habitación.
A pesar del torbellino de emociones encontradas, Kelsey contuvo una risita al ver la expresión desconcertada de Ben.
—Esto es todo un halago, Ben —le aseguró—. Chris solo deja que sus amigos más mejores vean su habitación.
Ben le sostuvo la mirada mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.
—¿De verdad? Me siento honrado.
Kelsey sintió una reacción inesperada ante aquella sonrisa y no pudo evitar devolverla. Él le sostuvo la mirada un momento, con un leve ceño arrugándole la frente lisa. Parecía querer decir algo más, pero Chris tiró de su brazo y se lo llevó.
Kelsey puso la mesa para tres. Mientras colocaba la ensalada que había preparado junto a la cazuela, se preguntó cómo sobreviviría a aquella cena.
Ya tenía bastante con lidiar con el presente, para encima tener que enfrentarse al pasado.
Se detuvo en el umbral de la habitación de Chris, sorprendida al ver a Ben en cuclillas junto a su hijo. Estaban mirando las instrucciones de una nave espacial de bloques que Chris acababa de recibir de sus abuelos.
—Nunca ha conseguido montarla —dijo Kelsey, apoyada en el marco de la puerta.
Aunque Chris solo tenía cuatro años cuando murió Carter, no recordaba que este hubiera pasado mucho tiempo con su hijo.
Ben pasó una página y asintió.
—Seguro que podemos montarla.
—¿Podemos hacerla ahora? —preguntó Chris.
—No, después de cenar.
Kelsey y Ben se quedaron quietos, conscientes de que habían hablado a la vez. Y habían dicho exactamente lo mismo.
Parecemos unos padres, pensó Kelsey sobresaltada.
—Lo siento —dijo Ben—. No pretendía entrometerme.
—No pasa nada —le aseguró Kelsey a toda prisa, intentando disimular su propia sorpresa—. Lo has tenido todo el día, seguro que has tenido que decirle más de una vez lo que tenía que hacer.
Se apartó de la puerta, evitando la expresión enigmática de Ben.
—A cenar.
Se le daba tan bien, pensó mientras volvía a la cocina.
En un momento dado, creía que estaba bajando la guardia, dejando que alguien se acercara.
Y de pronto, sin previo aviso, se cerraba en banda y volvía a ser el mismo hombre esquivo de siempre.
Por un momento, se arrepintió de haberlo invitado y se preguntó cómo iría la próxima hora.
Por suerte, Chris estaba allí. Él se encargaría de mantener viva la conversación.
Se sentaron a la mesa circular de madera, con Chris entre Kelsey y Ben. Justo cuando Kelsey iba a rezar, Chris le tendió la mano a Ben.
—Siempre nos damos la mano cuando rezamos —explicó Chris—. Tienes que coger mi mano y la de mi mamá. Así hacemos un círculo.
—Ya veo —dijo Ben, cogiendo la mano de Chris.
Miró a Kelsey desde el otro lado de la mesa.
—Órdenes del jefe —dijo, tendiéndole la mano.
Kelsey puso la suya en la de él, sorprendida por los callos que notó en su palma. Los largos dedos de Ben se cerraron sobre los suyos y, mientras agachaba la cabeza, se atrevió a lanzarle otra mirada fugaz.
Él la estaba observando con una expresión desprotegida.
Hambrienta.
Kelsey apartó la mirada. Por un momento, le faltó el aire.
¿Quién era el verdadero Ben Dempsey y por qué cambiaba tan deprisa?
¿De verdad quería saberlo? Sus propias emociones eran un torbellino.
Todo lo que una vez creyó importante había resultado ser humo.
No había nada sólido en su vida, salvo su fe.
Salvo su hijo. Todo lo demás era pasajero.
Incluido aquel hombre, sentado a su mesa.
Cerró los ojos, respiró hondo y elevó otra oración rápida y silenciosa.
Chris le apretó la mano y sintió que recuperaba el equilibrio.
Agradecida, rezó. Mientras hablaba, se sintió cerca de su Señor, se acercó a Él y se nutrió de Su fuerza.
Rezó por la comida, por sus padres, dio gracias al Señor por el día y vaciló solo un instante antes de pedir, como siempre hacía, que algún día pudieran volver a ver a Carter cuando se reunieran en el cielo.
Aquella oración era su forma de recordarle a Chris quién era su padre, de mantener vivo su recuerdo.