Capítulo 5 #2
—Mi padre no quería verlo como un problema. Yo tengo otros planes para este lugar.
Lorelei soltó una risa desagradable.
—Sí. Grandes planes. Carter pensaba que era un chiste, volver aquí a dirigir este lugar.
Un escalofrío helado le recorrió el cuello.
—¿Qué has dicho?
—Me has oído.
Lorelei se inspeccionó las uñas, como si no le importara en absoluto lo que Kelsey dijera.
—No eras la única con la que Carter hablaba.
Le lanzó a Kelsey una mirada astuta, cargada de dobles sentidos.
—Yo hablaba mucho con él. Pasábamos mucho tiempo juntos, ¿sabes?
El escalofrío le llegó al corazón y, aunque esperaba poder descartar los horribles comentarios de Lorelei, otra parte de ella —la que se había preguntado por el lento alejamiento de Carter, de ella y de su matrimonio— reconoció la belleza llamativa de Lorelei.
Carter podría haberla encontrado atractiva. Podría haber pasado tiempo con ella.
Se le revolvió el estómago y el corazón le latía de rabia y humillación.
—Cualquier conversación que pudieras haber tenido con Carter no viene al caso —dijo Kelsey, obligándose a mantener la concentración—. Sigo despidiéndote.
Lorelei se levantó de un salto y, por una fracción de segundo, Kelsey pensó que iba a atacarla. Pero no: se plantó frente a ella y la fulminó con la mirada, los ojos como astillas de hielo. Tomó aire bruscamente, y otra vez.
—Eres una tonta, Kelsey. Siempre hablas de héroes con tu buena amiga Cory, pero Carter no era ningún héroe. No soy la única con la que «hablaba» —dijo, haciendo comillas con los dedos—. Solo pensé que deberías saberlo.
Se dio la vuelta y salió furiosa del despacho, dando un portazo.
Kelsey se desplomó contra el escritorio, mordiéndose el labio para contener la repentina oleada de emociones. Solo eran palabras, se recordó. Palabras de una mujer enfadada y celosa.
Pero reforzaban las preguntas que habían surgido cada vez más durante los últimos años de su matrimonio con Carter. ¿Tenía razón Lorelei?
De repente, todo le parecía demasiado. Mantener el restaurante a flote, intentar que su padre se implicara más, esforzarse por ser una buena madre para Chris, que jugaba en la cocina de un restaurante mientras esperaba a que un hombre que no era su padre viniera a buscarlo.
Kelsey se enfrentaba a duras verdades sobre su matrimonio.
El suave golpe en la puerta resonó como un trueno en el silencio concentrado de la oficina. Se dio la vuelta, cogió un bloc de facturas del escritorio y fingió estudiar sus líneas vacías. No quería que nadie la viera así. Solo necesitaba unos minutos para recomponerse.
—¿Quién es? —preguntó con la voz cargada de emociones contenidas.
La puerta se abrió con un crujido y Kelsey miró por encima del hombro. Ben apareció en el umbral, con una mano en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Se le cayó el alma a los pies. Precisamente él. No podía lidiar con esto ahora.
—¿Estás bien? —preguntó él—. Vine a buscar a Chris y me crucé con esa camarera murmurando cosas que mejor no repetir.
Kelsey asintió con un gesto tenso mientras volvía la vista al bloc que sostenía. No se atrevía a hablar.
—¿Pasa algo?
Lo oyó acercarse y sintió su presencia a su espalda.
Captó el tenue aroma de su loción de afeitado, del jabón en su ropa.
Por un instante de locura, sintió el impulso de recostarse contra él.
De dejar que su fuerza la sostuviera. Entonces, con la precisión de un cuchillo, recordó el comentario de Lorelei: que Carter no era ningún héroe.
—Estoy bien —dijo.
Justo cuando creyó haber dominado sus emociones, él le rozó el hombro con la mano.
Fue tan leve que, de no haber sido tan consciente de su presencia, podría haberlo pasado por alto.
—No parece que estés bien —murmuró él.
Kelsey respiró despacio, enfadada con el latido rebelde de su corazón y el escalofrío que le recorrió el cuello ante aquel roce. Se sentía confundida y alterada, y Ben no ayudaba nada. Se volvió a medias hacia él para pedirle que se marchara.
Unos ojos castaños, profundos, la miraban con inquietud. Tenía el ceño fruncido.
—Oye, Kelsey —dijo—. Tranquila. Ya se ha ido.
Kelsey se obligó a apartar la vista de aquellos ojos llenos de preocupación. Era demasiado peligroso, y ella estaba demasiado vulnerable. Solo pudo asentir mientras miraba hacia otro lado.
—Estaré bien.
—Vine a recoger a Chris cuando vi a esa camarera salir hecha una furia —dijo mientras retiraba la mano de su hombro—. Pensé que quizá necesitaras ayuda.
Kelsey miró al frente, directamente a la foto de la familia Swain.
—No, gracias.
—Bueno, debería ir a buscar a Chris.
Kelsey quería decirle que no. Quería coger a Chris y huir a algún lugar tranquilo, solo ellos dos. Sin padres, sin preocupaciones económicas. Sin nada que le recordara a Carter.
Durante toda la semana, Chris no había hablado de otra cosa que de ir a trabajar con Ben. De cómo, cuando fuera mayor, conduciría una excavadora, igual que su papá. Chris aún conservaba sus preciosos recuerdos, mientras que ella sentía que los suyos se iban desgastando.
—Está en la cocina —fue todo lo que dijo.
—Bien. Esta vez lo llevaré yo a casa. No hace falta que vengas a la obra a recogerlo.
—De acuerdo.
—Nos vemos esta noche. —Se despidió con un gesto de la mano y se marchó sin mirar atrás, llevándose consigo su vitalidad y su fuerza.
Kelsey se dejó caer contra el escritorio, con la cabeza gacha. «Necesito tiempo», pensó. «Tiempo para asimilar todo esto. Tiempo para pensar, para hacer planes».
Pero no lo tenía. Su vida avanzaba inexorablemente, arrastrándola consigo. Se sentía como si fuera dando tumbos, intentando seguir el ritmo y lidiar con las emociones que a veces amenazaban con desbordarla.
Rezó una y otra vez. Inspiró hondo y exhaló despacio, como si pudiera expulsar así la emoción, el pánico y el miedo.
«¿Y en qué estabas pensando ahí dentro?», se reprendió Ben mientras atravesaba el restaurante. Tocarla así. Como si tuvieras derecho. Bueno, ella había dejado bien claro que era territorio prohibido.
Ben sacudió la cabeza mientras doblaba la esquina junto a la cocina.
Debería saber que no tenía que involucrarse con alguien como ella.
Kelsey representaba necesidades y emociones, compromiso y entrega: todo lo asfixiante que él se esforzaba por evitar.
Si no quería ser como su padre, menos aún quería acabar como su madre.
Necesitando a alguien de esa manera. Esa clase de sentimientos te dejaba indefenso. Lo había aprendido de sus padres.
—Ben, viniste a buscarme. —Chris saltó del taburete y corrió hacia él, frenando de un brinco a su lado—. ¿Podemos irnos ya? ¿Ahora mismo?
—Claro que sí.
—Un momento. —El hombre de la redecilla y el delantal cubierto de harina llamó a Chris—. No te olvides de las magdalenas.
A Chris se le abrieron los ojos de par en par y se encogió de hombros.
—Hice unas magdalenas para ti, para mamá y para mí.
Yo solito. —Ladeó un hombro y arrugó la cara.
Miró al cocinero con aire culpable—. Bueno, Leonard me ayudó.
—Corrió de vuelta, cogió la bolsa que le tendía Leonard y se volvió hacia Ben, irradiando energía y entusiasmo por todos los poros—.
Tenemos que darle una a mamá —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Las de arándanos son sus favoritas.
—Ve tú, Chris. Yo te espero fuera, en la camioneta. —Le costó evitar que su voz sonara brusca.
—Pero tienes que venir conmigo —insistió Chris—. Para que no tenga que despedirse desde la ventana.
—¿Qué quieres decir?
—Te estuvo mirando la última vez que viniste. Desde la ventana —continuó Chris, algo desconcertado por la confusión de Ben—. Para despedirse.
—Bueno, ve tú solo. No creo que hoy quiera verme.
Dale tú la magdalena y yo te espero junto a la camioneta.
—Ben salió del restaurante debatiéndose entre la confusión y su firme propósito de no involucrarse.
Hacía apenas unos momentos, la frialdad de ella le había demostrado, más claramente que nunca, que no le importaba.
Se apoyó en la camioneta mientras esperaba a Chris, esforzándose por no mirar hacia la oficina de Kelsey ni imaginarla allí de pie, observándolo.
Un par de minutos después, Chris salió corriendo del restaurante, lo que puso fin a aquellos pensamientos tan extraños. Ben lo ayudó a subir a la camioneta y le abrochó el cinturón.
Mientras se alejaban, no pudo evitar echar una mirada de reojo. Ni tampoco controlar el extraño vuelco que le dio el corazón cuando vio una sombra apartarse de la ventana de la oficina de Kelsey.