Un héroe de corazón (Dulces corazones de Sweet Creek nº 5) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Sé que preferiría mil veces chapotear por el barro de una obra que andar por el restaurante haciendo alguna tarea tonta que me he inventado para él.

Se cruzó de brazos sobre el estómago mientras volvía a mirar a su hijo.

—Es un buen chico, Kelsey —dijo Ben—. Lo has hecho muy bien con él.

—Gracias por decirlo. Siempre tengo la sensación de que no hago lo suficiente por él.

—Debe de ser difícil manejarlo todo sola.

—Puede serlo, aunque estoy muy agradecida de tenerlo. Supongo que, como lo hago todo sola, nunca siento que sea suficiente.

—¿Nunca has pensado en volver a casarte? —Nada más preguntarlo, Ben deseó poder retractarse. Se preguntó qué estaría pensando ella.

—Debería irme —dijo Kelsey, zanjando el tema y poniéndolo en su lugar—. Entonces, ¿vendrás mañana?

—Sí. ¿Dónde vives? —preguntó Ben.

—Estoy alquilando una casa cerca de la de mis padres. Me mudé allí cuando volví de estudiar en Vancouver.

Ben se quedó perplejo mientras asimilaba lo que decía.

—¿Viviste en Vancouver? —preguntó sorprendido.

—Después de la muerte de Carter, fui a la universidad allí e hice algunos cursos de gestión empresarial.

Por eso su teléfono de casa estaba desconectado. Por eso no había podido contactar con ella. Se preguntó por qué Bill Hartley no le habría dado ese dato cuando lo llamó.

Ben apartó esos pensamientos.

—Si te parece bien, recogeré a Chris antes de que te vayas al restaurante.

—Espera a que esté en el restaurante —dijo Kelsey.

Hizo una pausa y una leve sonrisa asomó a sus labios.

—Recuerdo que Carter decía lo mucho que odiabas madrugar los sábados.

—¿A qué hora sales?

—Salgo hacia el restaurante a las seis.

Ben intentó no hacer una mueca.

—Esa es una hora demencial para levantarse un sábado.

—Puedo llevármelo conmigo. Puedes recogerlo más tarde.

Ben negó con la cabeza.

—Si ese pobre chico tiene que madrugar tanto un sábado, desde luego no es para que lo lleven a un restaurante. Lo consideraré una misión de rescate.

La sonrisa de Kelsey se ensanchó.

—Esto lo hará feliz.

Ben no pudo evitar una punzada de emoción al ver su sonrisa más amplia. Se parecía más a la Kelsey que recordaba.

—Lo hago con mucho gusto, Kelsey —dijo.

Entonces ella se puso seria.

—Solo ten cuidado con él, por favor.

Estaba a punto de responder cuando Chris lo llamó desde el otro lado del cementerio.

—¡Eh, mamá! He encontrado a alguien más con el apellido del abuelo —le hizo señas para que se acercara.

—Será mejor que me vaya —dijo, dándole a entender que la conversación había terminado—. Nos vemos el sábado.

Él asintió y la observó mientras caminaba hacia donde su hijo estaba agachado. Tenía una reserva discreta que antes no tenía. Kelsey siempre había sido muy extrovertida y simpática. Era evidente que perder a Carter había sido un golpe del que aún no se había recuperado del todo.

Sabía que tenía que andarse con cuidado, tanto con el hijo como con ella.

—Esa es una excavadora de orugas. Es como una retroexcavadora, pero más grande.

¿Ves? La retroexcavadora tiene ruedas que la mueven.

La excavadora de orugas tiene una oruga, igual que una Caterpillar —le explicó Ben a Chris, que estaba sentado en la camioneta con él, con los ojos muy abiertos de asombro.

A su alrededor, las motoniveladoras rugían y las Caterpillar gruñían en lo que parecía un movimiento sin sentido.

La radio crepitaba mientras los operadores de las distintas máquinas intercambiaban una jerga incomprensible.

Chris giraba la cabeza de un lado a otro, como si no pudiera asimilar la potencia de todas las máquinas que los rodeaban.

—¿Mi papá conducía esas?

—Sí, las conducía —dijo Ben, recostándose en el asiento.

Le sorprendía lo mucho que estaba disfrutando de aquella mañana. Cuando se ofreció, fue en parte por lástima hacia un niño que tenía que pasar los sábados buscando cómo entretenerse, y en parte por la necesidad de compensar el poco tiempo que Carter había pasado con él.

Pero, siendo honesto consigo mismo, también lo hacía por Kelsey. Para echarle una mano.

—¿Puedo subirme a la motoniveladora? —preguntó Chris, casi sin aliento de la emoción.

—No, lo siento, Chris. Es demasiado peligroso.

—¿Por favor? —se volvió hacia Ben con expresión suplicante.

Ya se imaginaba lo que diría la mutua si un niño se sentaba en la cabina de una Cat.

—Aunque quisiera, no podría. Es ilegal —dijo.

—Pero será solo un minutito. Uno muy pequeño —Chris cambió de táctica y abrió mucho los ojos, pura inocencia—. No tocaré nada, no hablaré demasiado.

Ben negó con la cabeza, asombrado. Aunque no era hijo de Carter, el niño tenía la misma persistencia encantadora que él.

Pobre Kelsey.

—No, Chris. Lo siento.

Chris se recostó con la cabeza gacha, tirando de los hilos de un pequeño agujero en el pantalón. Por suerte, no dijo nada más.

Ben nunca había tratado con niños pequeños. No había ninguna guía que seguir. Pero descubrió que disfrutaba de su compañía.

—Vamos a ver qué están haciendo los demás —dijo, metiendo la marcha.

Miró el reloj. Kelsey había dicho que vendría sobre las cuatro a recoger a Chris. Ya eran las tres y media. No quería estar demasiado lejos cuando llegara.

Esa mañana, cuando había ido a recoger a Chris, ella se había mostrado amable y un poco más abierta. Se descubrió deseando volver a verla.

—El campamento está justo al otro lado del arroyo.

En cuanto lo cruces, gira a la izquierda —la señalera se echó el casco hacia atrás, con una sonrisa que brillaba blanca contra su piel bronceada—.

La caravana del Sr. Dempsey es la gris con los remolinos negros en el lateral.

Si no está allí, puede que tengas que seguir un poco más por el camino.