Capítulo 2 #2
—La esperanza es lo último que se pierde —Anton se llevó una manaza al pecho, sobre la camisa de cuadros, y le batió las pestañas con gesto coqueto.
Kelsey sonrió y le puso la mano en el hombro.
—Sigue soñando, cielo.
Se dio la vuelta, todavía sonriendo, y al levantar la vista, trastabilló.
Dos mesas más allá estaba sentado Ben Dempsey, con la cabeza morena inclinada sobre la carta.
Hoy llevaba una camisa de cuadros y vaqueros.
Aunque la camisa parecía nueva y los vaqueros no estaban remendados, se parecía más al hombre que ella recordaba.
Recuperó el paso y la sonrisa mientras se preguntaba qué hacía allí otra vez.
—Buenas tardes, Ben. ¿Ya has pedido? —preguntó Kelsey, satisfecha de lo natural que le había salido la voz.
Ben levantó la mirada hacia ella con sus ojos oscuros y serios.
—Sí. Se me ocurrió venir a cenar.
—Teniendo en cuenta que esto es un restaurante, diría que has venido al sitio adecuado —respondió ella con una sonrisa cortés.
—Me han dicho que se come bien aquí —dijo él, apoyando los codos en la mesa con las manos entrelazadas, clavando en ella una mirada directa. Kelsey vio un destello de vacilación e incertidumbre, y se preguntó a qué se debía.
Ella asintió sin apartar la vista de aquellos ojos oscuros, turbada por el revuelo interior que le provocaba su serena presencia, y se preguntó qué tendría que hacer para que le dedicara la misma sonrisa franca y distendida que le había regalado a Cory.
—Puedo recomendarlo personalmente —dijo, desviando la mirada.
En ese momento Chris llegó dando saltitos hasta ella.
—Hola, mamá. Ya he terminado en la cocina.
Se detuvo y miró de soslayo. Se le abrieron los ojos como platos.
—Hola, señor Dempsey —dijo Chris casi en un susurro—. ¿Ha venido a cenar?
Ben miró a Chris y, para sorpresa de Kelsey, su expresión se suavizó.
—Sí, Chris.
—¿No come en su casa?
Entonces Ben sonrió, y a Kelsey le dio un vuelco el corazón. Se mordió el labio, enfadada consigo misma por comportarse como una tonta. Precisamente ella, que ya debería haber aprendido la lección.
—A veces sí —respondió Ben—, pero no me gusta cómo cocino.
Chris asintió, como si lo entendiera perfectamente.
—Yo sé hacer huevos —anunció—. Los hago fritos. ¿Le gustan los huevos?
Ben asintió con expresión perpleja.
—Podría hacerle algunos un día de estos —dijo Chris, arqueando las cejas con gesto invitador—. En su casa.
Kelsey le puso la mano en el hombro a su hijo a modo de advertencia, adivinando cuál sería la siguiente jugada de Chris. El niño no tenía vergüenza a la hora de conseguir que lo invitaran a casa de otros.
—¿Qué querías, Chris? —preguntó Kelsey, cambiando de tema.
—Billy quiere que vaya a su casa el sábado. ¿Puedo, mamá? —Billy Dansworth le sacaba tres años a Chris y no era precisamente la mejor compañía para su pequeño.
—Tengo que trabajar, cariño —respondió evasiva, deseando que esta conversación no tuviera que darse delante de Ben. Sabía lo que venía.
—Pero es sábado. No quiero estar aquí todo el día —se quejó, agachando la cabeza.
Kelsey notaba la mirada de Ben clavada en ellos y quería seguir con aquello en otro sitio.
—Chris, cariño, ven conmigo al despacho y lo hablamos allí.
—No, mamá —soltó, apartándose de ella—. No quiero hablar. Quiero ir a casa de Billy.
Kelsey cerró los ojos, pidiendo paciencia y un descanso de su compañera inseparable como madre soltera: la culpa.
—Cariño, por favor.
Chris se volvió hacia Ben.
—¿Tú tenías que trabajar en un restaurante cuando eras pequeño?
Ben pareció desconcertado.
—No, yo no.
Chris se volvió hacia su madre como si aquello zanjara la cuestión.
—¿Ves, mamá? Él nunca tuvo que hacerlo, y trabajaba con mi papá. Y era amigo de mi papá. Y el señor Ben nunca tuvo que trabajar en un restaurante.
Kelsey frunció el ceño ante aquella lógica enrevesada, avergonzada una vez más de que aquello ocurriera delante de Ben.
—Pero yo sí tuve que hacer otras cosas —dijo Ben en voz baja.
Chris se quedó parado. Miró a Ben con curiosidad.
—¿Qué tipo de trabajo?
Ben se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
—Tenía que ayudar a limpiar el equipo y enrollar mangueras, aunque hiciera frío. Tenía que ayudar a poner cintas en las estacas y echar gasolina a los camiones. De todo, incluso los sábados.
A pesar de su resistencia hacia él, Kelsey intentó imaginar a Ben de niño, haciendo el trabajo que describía. Se preguntó cómo habría sido su vida. Carter había mencionado que Ben tuvo una infancia difícil, pero tampoco sabía mucho más. Ben revelaba poco, decía siempre Carter.
Chris parecía más calmado mientras escuchaba a Ben. Luego miró a su madre y suspiró.
—Pero aun así no quiero venir aquí. Ojalá no se hubiera acabado el béisbol. Porque no me gusta jugar solo.
—Lo sé, cariño. Pero es lo que hay —no podía permitirse darle ni la más mínima oportunidad. La encontraría y presionaría hasta que cediera.
Con un gesto de resignación, Chris se dio la vuelta y se fue arrastrando los pies hacia la cocina.
Kelsey se volvió hacia Ben, que seguía sentado pero ahora la miraba.
—Siento que hayas tenido que presenciar eso —dijo—. Gracias por contarle que tú también tenías que trabajar. Le ayudó a verlo de otra manera —y a ella le dio algo que nunca había recibido de sus padres ni de ningún adulto salvo Cory y Matthew.
Apoyo.
Ben apoyó los codos en la mesa y señaló la silla frente a él.
—¿Quieres sentarte?
Se puso rígida, no pudo evitarlo. ¿Sentarse con Ben? ¿Charlar con él? La última vez que lo había hecho había sido tremendamente incómodo, y sin embargo...
Lo miró de nuevo y sintió renacer la vieja atracción. La sofocó de inmediato. Tenía demasiadas cosas encima. Chris, el restaurante, el banco. No había sitio en su vida para él ni para ningún hombre.
Y lo más importante: se iría en unos meses, en cuanto terminara el trabajo, así que más valía mantener las distancias.
—Lo siento —dijo, alzando la mano a modo de disculpa—. Tengo demasiado trabajo. ¿Quizás en otro momento? —El clásico rechazo.
—Quizás —aceptó Ben, recostándose en la silla.
Kelsey le dedicó una sonrisa fugaz y pasó junto a él con el corazón desbocado. Entró en el despacho y se apoyó contra la puerta, intentando calmarse.
Despierta demasiadas emociones, pensó, cerrando los ojos mientras recuperaba el control. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para dejarlo entrar.
Respiró hondo, caminó hasta el escritorio y se dejó caer en la silla.
Se volvió hacia el retrato familiar que se hicieron justo antes de la muerte de Carter. Carter tenía a Chris en el regazo y ella estaba de pie detrás, con las manos apoyadas en el hombro de su marido.
Alrededor de la foto había algunas tarjetas que Carter le había enviado, unas flores secas que Kelsey llevaba tiempo queriendo quitar.
Siempre que Carter estaba fuera, le enviaba flores y tarjetas y la llamaba.
Aunque ella habría preferido tenerlo cerca, los detalles eran bonitos.
El último año que estuvo fuera envió aún más flores, ramos más elaborados. Algún que otro regalo.
Había supuesto que era porque pasaba más tiempo fuera. No le gustaba que estuviera tanto tiempo ausente, pero en el último año y medio de matrimonio tenía que admitir que sus ausencias le facilitaban la vida: así no tenía que analizar demasiado cómo estaba cambiando su relación.
Entre ella y Carter faltaba cercanía, complicidad, lo que hacía que pasar tiempo juntos resultara tenso.
De hecho, el último año antes de que Carter muriera, sintió que él se alejaba cada vez más, y ella, como consecuencia, también.
Habló con él y le sugirió ir a terapia de pareja, pero él le dijo que exageraba.
Que todo era por trabajar lejos de casa.
Si no hubiera sido porque tuvieron esa conversación por teléfono y él le colgó enfadado, quizá lo habría dejado pasar.
La siguiente vez que estuvo en casa, ella volvió a sacar el tema, pero él actuó como si nada. Por desgracia, solo estuvo unos días antes de marcharse otra vez, lo que no hizo sino aumentar su inquietud. No volvieron a verse. Seis semanas después de que se fuera, murió cuando su camión volcó.
Habían pasado dos años desde entonces. A veces se preguntaba si lloraba la pérdida de Carter tanto como la de los sueños que había construido en torno a su matrimonio.
Sueños de vivir en casa propia. Sueños de darle a Chris un hermanito o una hermanita, o ambos. Sueños de que ella y Carter volverían a encontrar aquellos primeros meses felices de su matrimonio.
Se levantó de la silla y, con unos tirones rápidos, arrancó las flores secas y quitó las tarjetas.
Quizá había llegado el momento de pasar página.
Volvió al escritorio, decidida a concentrarse en el trabajo. Pero no pudo. El regreso de Ben a Sweet Creek la había distraído y había desenterrado viejos recuerdos contra los que llevaba meses luchando.
Se obligó a concentrarse en la próxima reunión con el director de cuentas del banco.
La reunión estaba programada para cuando sus padres regresaran de vacaciones.
Se le revolvió el estómago al pensar en los malabarismos financieros que iba a proponer.
Era una apuesta arriesgada para salvar el restaurante, pero podría funcionar.
Tenía que funcionar.
Chris dependía de ella. Él era su prioridad. El regalo que Dios le había dado para ayudarla a superar su dolor. La razón y la fuerza que la habían mantenido en la escuela después de la muerte de Carter, que la habían mantenido trabajando aquí.
Todo era por Chris. Tenía que centrarse en eso.