Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 24. El viejo sombrero #2
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24. El viejo sombrero #2

Un alivio tremendo se apoderó de Julia cuando dejó el móvil.

Aunque la relación con su hermano era catastrófica, el accidente le había demostrado lo importante que era para ella a pesar de todo.

Y que... No, no podía afirmar que quisiera a Jens.

Pero, de todos modos, había algo que los unía de forma irremediable.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Amelie mientras manipulaba la cafetera—. ¿Todo bien?

—Jens ha sufrido una conmoción cerebral, nada más —le explicó.

—Bueno, es una suerte —dijo Amelie, abrazándola. De repente Julia se echó a llorar—. Algún día tendrás que contarme qué ha sucedido exactamente —prosiguió acariciándole la espalda como si estuviera intentando apaciguar a un bebé, lo que hizo reír a Julia.

—No sé lo que me pasa —dijo, apartándose de su amiga con timidez.

—Pues que sientes un gran alivio —dijo Amelie—. Es normal.

—Pero sigo muy enfadada con Jens —replicó Julia, secándose las lágrimas. Todavía tenía su imagen marcada a fuego: pálido como la cera, con los ojos cerrados y la herida en la cabeza—. La verdad es que creo que nunca me he sentido más alejada de él.

—Eso no es cierto —objetó Amelie con cariño—. Es tu hermano. Da igual que penséis de formas distintas. Os une un vínculo indisoluble. En el fondo lo quieres.

—Oh, no —objetó Julia.

—Oh, sí —replicó Amelie con una sonrisa—. Y él a ti también. Simplemente todavía no os habéis dado cuenta.

Julia estaba a punto de protestar enérgicamente cuando se oyó cómo los demás gritaban de alegría en el jardín. Al cabo de un momento Álvaro entró corriendo en la cocina.

—Está decidido —exclamó, agarrándola por la cintura y levantándola en volandas—. Hemos ganado. El Parlamento ha declarado la zona parque nacional.

—¿De verdad? —dijo Julia, y por un instante perdió el mundo de vista, aunque la alegría de sus amigos se le contagió y la llenó de energía de nuevo.

—Vamos, sal con los demás —oyó decir a Amelie, que sacó una botella de champán del frigorífico y la descorchó ruidosamente—. Tanja y yo nos ocuparemos de todo. Oh —repuso al oír que Amo empezaba a ladrar en el patio—. Al parecer, tenemos visita.

Resultaron ser Abián y Dácil, y habían acudido con sus compañeros. Querían saber qué se había decidido en Madrid y, al conocer el resultado de la votación, se emocionaron muchísimo. Dácil había traído una bandeja de gambas recién cocidas que dejó sobre la mesa con la mayor naturalidad del mundo.

—Nos ha parecido evidente que Julia hoy no podría cocinar —dijo, dándole unas palmadas de reconocimiento en el hombro—. Abián ya me ha contado que eres toda una heroína.

Amelie insistió en que Julia se sentara entre Álvaro y Diego. Con la ayuda de Toto y Pepe, reunieron más mesas y sillas, y trajeron bebidas y bandejas repletas de queso, jamón, aceitunas, tomates y otras cosas que encontraron por la cocina.

Julia se acurrucó entre los brazos de Álvaro y lo vivió todo como si fuera un sueño.

Frente a aquellos rostros alegres, no paraba de ver imágenes dispersas de la noche anterior.

Fue por la tarde, cuando Maribel llegó cargada con una tarta enorme y acompañada de toda su familia, incluyendo a Emil y al Rostro, cuando Julia terminó de sentirse feliz del todo.

—¿Qué te ha pasado en el ojo? —le preguntó a su sobrino después de abrazar a Maribel y a Ana, cuando pudo verlo con calma—. ¿Te has llevado algún golpe esta noche?

El chico tenía el contorno del ojo izquierdo enrojecido. Al día siguiente sin duda luciría un buen moratón.

—No —respondió con timidez, señalando hacia la barbilla del Rostro.

Su amigo lucía un hematoma que con toda seguridad no tardaría en hincharse.

—Nos hemos reconciliado —explicó el Rostro.

—Pero antes os habéis peleado —supuso Julia.

—Teníamos que aclarar unas cuantas cosas —admitió el Rostro, inmovilizando cariñosamente a Emil con una llave de estrangulamiento. Este se zafó de él con pericia e intentó tumbarlo de una patada en la corva, pero el Rostro reaccionó retorciéndole el brazo.

No obstante, a Amo esas maniobras no le hicieron ninguna gracia y empezó a moverse alrededor de ellos, ladrando e intentando defender a Emil.

—Parad ya —les pidió Julia, riendo—. Lo importante es que os hayáis reconciliado.

—Contádnoslo todo desde el principio —les pidió Maribel después de cortar y servir la tarta de miel y almendras.

Julia y Álvaro se miraron. ¿Cómo describir lo que habían vivido?