24. El viejo sombrero #3
—Bueno, pues fue así —comenzó a decir Diego para sorpresa de los presentes.
Todos guardaron silencio, y es que era realmente insólito que ese hombre se mostrara tan locuaz—.
Todo empezó cuando volví a salir a la mar.
Y eso lo consiguió Julia. Me acordé del lugar en el que en otros tiempos había sido tan feliz con mi amigo Bentor —relató, y el silencio se volvió sepulcral en el jardín.
Quien ya había mordido el pastel de Maribel se olvidó de masticar.
Incluso los chicos parecían estar conteniendo el aliento ante las palabras de Diego.
Preocupada, Julia le lanzó una mirada a Naira.
Sin embargo, para ella también parecía como si el tiempo se hubiera detenido de golpe.
En sus grandes ojos, que estaban clavados en Diego, se detectaba claramente una tristeza insondable—.
Lo echo muchísimo de menos —prosiguió el hombre—.
Pero allí, en esa roca que algunos llamamos «la del camello», encontré algo parecido a la paz.
Empecé a bucear a pulmón de nuevo y el mundo que hay allí abajo se convirtió en una especie de segundo hogar para mí.
Entonces me enteré de que querían volarla para construir una estación de buceo, y pensé que no podía permitirlo.
Por eso decidí quedarme allí. Si querían dinamitarla, tendrían que hacerme volar por los aires a mí también —dijo, tragando saliva—.
Pero alguien decidió no dejarme solo —añadió, mirando a Julia—.
Una mujer que tampoco lo ha tenido fácil para que la aceptarais. Y solo por ser la hermana del Alemán.
—Vino más gente —intervino Julia—. Abián y sus compañeros se unieron a Álvaro.
—Y Emil —agregó Diego, dedicándole al chico su sonrisa especial.
—Y no nos movimos de allí —dijo este—. Aunque al final tampoco habríamos podido incluso si hubiéramos querido.
—Tampoco quisimos —dijo Diego, retomando el hilo—. En la orilla había buzos especializados esperando para volar la roca. Pero nuestra presencia lo evitó. Y así hemos pasado la noche entera.
—No ha sido precisamente divertido con la lluvia —añadió Abián—. Dos de mis hombres volvieron a casa por la noche. Yo pensaba que Julia y el chico querrían regresar también y meterse en la cama, pero me equivocaba.
—Por la mañana ha aparecido Marcos y ha ordenado que nos sacaran del barco para poder volar la roca de una vez —prosiguió Emil—. Pero no lo ha logrado porque se ha producido un desprendimiento.
Julia sonrió para sus adentros. Era evidente que su sobrino prefería omitir la intervención de su padre. ¿Se encargaría Diego de mencionarlo?
—Así es —se limitó a decir este, y Julia pasó a sentir todavía más afecto por él.
—Creo que ya va siendo hora de darle la bienvenida de nuevo entre nosotros a Diego —dijo Álvaro—.
Todos añoramos a Bentor y nunca lo olvidaremos.
Y el que menos, su mejor amigo, ¿verdad?
—preguntó, y unas lágrimas brillaron en los ojos gris oscuro de Diego—.
Quien conoció a Bentor sabe lo bueno que era —concluyó—.
Él te habría perdonado. Fue un accidente. Actuemos como él habría querido.
Se puso en pie y abrazó al hombre. Toto hizo lo mismo, y luego lo siguieron Abián y los demás pescadores. Maribel lo estrechó contra sí de una forma especialmente intensa, y Miguel y Ana también le dieron un abrazo. Al final solo quedaron Pepe y Naira.
Julia tenía claro que Pepe esperaría a ver qué decidía ella.
Diego se la quedó mirando con una expresión insondable.
Finalmente, Naira se levantó. Tuvo que rodear toda la mesa para llegar hasta él y, cuando se plantó enfrente, se detuvo un momento.
A Julia se le encogió el corazón. Esperando algún gesto hostil, puesto que era la única actitud que le conocía a la chica, cerró los ojos.
Sin embargo, no sucedió nada. Cuando volvió a abrirlos, Naira se había puesto de puntillas y había rodeado al pescador con los brazos. Diego se encorvó hacia ella muy serio.
—Tu dolor es mi dolor —le pareció entender a Julia que le susurró.
Naira asintió con los ojos llenos de lágrimas. Algo se había soltado en su interior, su rostro ya no parecía el de una muñeca. Fue como si sus rasgos se hubieran desvanecido y por fin se hubiera revelado la Naira que se ocultaba detrás de ellos: una mujer profundamente herida y triste.
Más tarde, cuando todos se hubieron marchado, Álvaro y Julia se retiraron a su atalaya del jardín a contemplar cómo el sol se acercaba al horizonte para luego hundirse tras él y encender así los colores del cielo y el mar.
Julia pensó en la puesta de sol del día anterior, cuando desde el Esperanza había admirado el jardín de sal y la finca.
En lo distinto que había sido. Y, aun así, era el mismo fenómeno.
—No hay dos iguales —dijo Álvaro, estrechándola entre sus brazos—. Todos los días son distintos, y todas las puestas de sol. Y cada vez es completamente nueva.
—¿No te parece increíble? —preguntó ella, volviendo la cabeza hacia la Lomada Ronca.
—¿Que hayamos ganado? —dijo Álvaro, y se encogió de hombros—. Quién sabe qué será lo siguiente que se le ocurra a Marcos.
—Pero de momento podemos estar tranquilos, ¿no?
—Sí, eso es verdad —dijo Álvaro, pasándole los dedos por el pelo—.
¿Te he dicho hoy ya lo mucho que te quiero?
—preguntó, y Julia fingió tener que pensarlo antes de negar con la cabeza, sonriendo—.
Te quiero, cariño —susurró—. Como no he querido jamás a nadie.
Anoche me di cuenta de ello con claridad.
—¿En qué momento exactamente? —quiso saber Julia antes de plantarle un beso entre el hombro y la barbilla.
—¿Cuándo? En cada minuto, una y otra vez —susurró Álvaro.
—Yo también te quiero —respondió Julia en voz baja.
Y, a continuación, guardaron silencio abrazados, intercambiando besos y observando a los murciélagos que revoloteaban por encima de las rocas sin hacer ruido, hasta que la luz menguante tiñó de violeta el cielo sobre el jardín de sal y la última franja dorada que el sol había dejado en el horizonte se apagó del todo.