24. El viejo sombrero
EL VIEJO SOMbrERO
Cuando atracaron, ya los esperaba la ambulancia que Julia había pedido nada más salir de la bahía, en cuanto tuvo cobertura móvil.
Entretanto, Jens había recuperado el conocimiento y se quejaba de un fuerte dolor de cabeza, aunque no tenía ánimos para seguir discutiendo.
Emil insistió en acompañar a su padre, y la verdad era que Julia no había esperado otra cosa.
Dudó un momento si tenía que ir ella también, pero le preocupaba que su presencia le recordara a Jens el fracaso de la misión y que, por lo tanto, lo perjudicara de algún modo.
Emil prometió que la llamaría en cuanto hubieran examinado a su padre y que la avisaría si quería que fuera a recogerlo. Julia le dio un abrazo a su sobrino.
—Estoy muy orgullosa de ti —le susurró al oído.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo de papá —murmuró él mientras subía con Jens a la ambulancia.
—El asunto todavía no está resuelto —comentó Diego con preocupación—. Podrían volver en cualquier momento.
—Hoy seguro que no —objetó Álvaro—. Al fin y al cabo, estamos esperando a que tomen una decisión en Madrid.
Miró hacia el mar, donde Abián y los demás se alejaban en diferentes direcciones.
—Vamos, sube —le dijo Julia a Diego, señalando hacia su coche—. Esperaremos juntos el resultado de la votación en el Flor de Sal.
—Pero ¿no os importa que vaya? —preguntó el hombre, mirando de reojo a Álvaro.
—Tanto como te importó a ti que yo subiera a tu barco —respondió este con seriedad.
Regresaron a casa en silencio. A pesar de la noche tan horrible que acababan de pasar, Julia se sentía extrañamente lúcida.
Tenía los sentidos tan estimulados que absorbía todo lo que había a su alrededor: el calor del día que apenas empezaba, la inseguridad que se había apoderado de Diego nada más bajar del Esperanza, la profunda decepción que Álvaro sentía ante la decisión de sus amigos.
Y no paraban de cruzar por su mente imágenes borrosas de las interminables horas que habían pasado a oscuras, de la desesperación ante la lluvia helada, del desprendimiento de las rocas y del cuerpo inerte de Jens, que había quedado flotando en el agua.
Por eso se sintió tan aliviada cuando se desvió por la pista que llevaba hacia la finca y la luz de la mañana le permitió ver el imponente drago, erguido como un vigilante junto al portal, como si su acogedora presencia protegiera aquel lugar.
El primero en salir a recibirlos fue Amo, que los saludó con entusiasmo. En el patio los esperaban también Amelie y Tanja.
—Por el amor de Dios —exclamó Amelie aliviada—. ¿Se puede saber dónde habéis estado tanto tiempo? No me diréis que habéis pasado la noche entera en el mar, ¿verdad?
—Pues sí —respondió Julia—. Estamos agotados. Este es Diego, nuestro capitán. ¿Os importa que utilice vuestro cuarto de baño?
—No, claro —contestó Tanja, mirándolo con curiosidad—. Ven, te enseñaré dónde está —dijo, y entraron los dos juntos en la casa.
—¿Sabes algo de Toto? —le preguntó Álvaro a Amelie.
—Sí, ha llamado esta mañana —explicó—. Le he pegado una buena bronca y le he dicho que habíais ido a la bahía. ¿Cómo ha terminado todo?
—La roca sigue intacta —respondió Álvaro, volviéndose hacia el camino al oír que un coche se acercaba—. Ahí viene Toto —dijo—. Espero que traiga buenas noticias.
—¿Y dónde está Emil? —preguntó Amelie con preocupación.
—Ha acompañado a su padre al hospital —explicó Julia—. Jens ha sufrido un accidente. Ay, vamos, entremos de una vez. Necesito darme una ducha cuanto antes y luego desayunar como es debido.
Se aseguró de que Álvaro le prestara ropa limpia a Diego y de que este se echara una siesta, ya que de repente se había puesto muy pálido.
Y no era de extrañar; al fin y al cabo, Álvaro y ella habían echado alguna que otra cabezada, mientras que él se había pasado la noche entera montando guardia frente al timón.
Julia pudo disfrutar por fin de una ducha caliente y se vistió con rapidez.
Cuando bajó al jardín, Álvaro, Toto y Amelie la recibieron con caras de preocupación.
Pepe y Naira también habían llegado, y la verdad era que Julia habría preferido no tener que verlos esa mañana, pero, al parecer, Toto no iba a ninguna parte sin ellos.
Estaba ansiosa por saber qué le parecería eso a Amelie a la larga.
¿O lo suyo con Toto ya había terminado? Tuvo la sensación de que las miradas que le lanzaba su amiga no eran precisamente cariñosas.
—¿Qué ocurre? —preguntó, dejándose caer en una silla—. ¿Nos traes novedades sobre la votación?
—Hay problemas —dijo Toto, ajustándose el sombrero de paja.
—¿Problemas? —repitió Julia asustada—. ¿Qué clase de problemas? ¿No dijiste que la votación era una simple formalidad?
—Vicente Cabrera, el del Ministerio de Turismo, ha presentado objeciones —explicó Toto.
—¿El tipo del traje gris?
—Exacto —replicó Toto—. Y, por desgracia, eso no es todo —añadió con los dientes apretados—. Baltasar está en Madrid. Ha obtenido permiso para presentar una declaración ante el Parlamento en calidad de alcalde —explicó. Guardó silencio y clavó la mirada en el suelo.
—¿Y qué dirá? ¿Cómo lo sabes, de hecho?
—El presidente de nuestra organización medioambiental también está allí —respondió Toto en voz baja—. Ha hablado con Baltasar. Dice que piensa defender la estación de buceo. Considera que sería un estímulo económico para la región y...
—¡No puede ser! —gritó Julia, que no habría creído posible que le quedaran fuerzas para indignarse tanto—. ¿No estuviste ayer mismo con él?
—Claro que sí —intervino Amelie furiosa—. Y encima seguro que le entregaste los explosivos, ¿verdad?
—No le hables así —protestó Naira—. No sé por qué te importa tanto esto.
—¿Y a ti? —le espetó Amelie con unas ganas locas de pegarle un par de bofetones—.
¿Intentas darme lecciones de algo, cara de muñeca?
¿Acaso has hecho algo para evitar esta catástrofe?
¿O más bien te acostaste en tu camita mientras los demás arriesgaban el pellejo?
Pero, claro, ahora resulta que lo sabes todo, ¿no?
—Vale, vale, parad de pelearos —intercedió Álvaro.
En ese mismo instante Diego salió al jardín.
—¿Qué hace este aquí? —preguntó Naira en voz alta y clara.
El hombre se detuvo e hizo ademán de marcharse de nuevo.
Sin embargo, Julia no estaba dispuesta a permitirlo. Se levantó de un brinco y lo acompañó hasta la mesa.
—Que quede claro: Diego es amigo mío. Todos estamos en deuda con él, ya que, si no fuera por su intervención, la roca ya no seguiría ahí.
Y, si alguno de los presentes no está dispuesto a tratar con respeto a este gran hombre, ya puede salir de mi propiedad.
Ahora mismo y para siempre —dijo, mirando a Naira directamente a los ojos hasta que esta bajó la cabeza.
—Te estamos muy agradecidos —dijo Toto con cierta rigidez, y a continuación se puso en pie y le tendió la mano a Diego.
Él titubeó un momento y se la estrechó.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó—. ¿Qué han decidido en Madrid?
—Tengo una idea —dijo Tanja de repente. Julia ni siquiera se había dado cuenta de que se había unido a ellos—. Podríamos utilizar las fotos.
—¿Qué fotos?
—Las del alcalde y esa joven —explicó, buscándolas en su móvil—.
Estas —dijo, mostrándoselas a los demás—.
Si se las mandaras a Baltasar advirtiéndole que se las podemos enseñar a su esposa cinco minutos después de su intervención en Madrid, no me extrañaría nada que cambiara de opinión rápidamente.
—¡Exacto! —exclamó Amelie.
Sin embargo, Toto no parecía verlo tan claro.
—Eso es chantaje —dijo.
Amelie no pudo soportarlo más. Airada, le quitó el sombrero de paja de la cabeza y lo lanzó al aire. El viento se apoderó de él y se lo llevó describiendo un amplio arco por encima del muro.
—¡Basta ya! —exclamó con determinación—. ¡Haz algo de una vez! Baltasar no solo ha engañado a su esposa, sino también a vosotros. Mándale las fotos enseguida. ¿O al final resultará que estás de su parte?
Toto dejó las dudas a un lado de una vez por todas.
Pidió que le enviaran las imágenes y mandó el mensaje en cuestión.
A continuación, dio unos pasos hacia los árboles frutales para hablar por teléfono con el representante de su organización, que se encontraba en Madrid siguiendo el debate.
Mientras hablaba, no paraba de pasarse la mano por el pelo, confundido, como si se buscara el sombrero.
—Ya te vale —le dijo Naira a Amelie en tono de reproche—. Era de su bisabuelo.
—Entonces ya va siendo hora de que se compre uno nuevo —replicó ella malhumorada—. Maldita sea. ¿Por qué tarda tanto?
A Julia le sonó el teléfono móvil. Era Emil.
Se levantó rápidamente y entró en la cocina para poder hablar con él sin que nadie los molestara.
Los amigos de Álvaro ignoraban que Jens había sufrido un accidente, y era mejor que siguieran sin saberlo.
En esos momentos no se veía capaz de soportar la malicia de Naira.
—Hola, Emil —respondió—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu padre?
—Papá ya está soltando tacos como siempre —oyó decir al chico con alegría, y de repente se quitó un peso de encima—.
Pero el médico dice que tendrá que guardar cama al menos una semana.
Esta noche se quedará en el hospital por precaución —explicó, y a Julia le pareció detectar cierto regodeo en su voz—.
Ha sufrido una conmoción cerebral y algunas contusiones, nada más.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
Julia no pudo evitar sonreír.
—¿Quieres que vaya a recogerte?
—Tengo asuntos pendientes —respondió Emil.
—¿Asuntos pendientes?
El chico titubeó un poco, pero al final se lo contó.
—He llamado al Rostro y me he disculpado —le oyó decir a regañadientes—. Quiere que vaya a su casa y le pida perdón a Miguel. Además, creo que...
—¿Qué? —preguntó Julia al ver que se quedaba callado.
—Ay, nada. Ya te avisaré, ¿de acuerdo?
—Un momento —dijo Julia—. ¿Cómo piensas ir hasta la Finca del Casco?
—Bueno, en autobús —respondió Emil—. Está a punto de llegar, por cierto. Hasta luego.