Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 23. Decisión en la bahía #2
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23. Decisión en la bahía #2

¿Era porque en esos momentos estaban más cerca de la bahía que antes o su voz resonaba en las paredes rocosas? El caso es que podían oír con claridad los tacos que soltaba el anciano.

El grupo de hombres de la costa se pusieron en movimiento.

—Brunner —gritó Marcos—. ¿Por qué todavía no ha volado por los aires esa maldita roca?

Sin embargo, no fue Jens quien le contestó, sino el tipo de la barba.

—No podemos hacerlo —respondió también a gritos—. Hay gente en la bahía.

Volvió a oírse una retahíla de tacos, aunque Julia no comprendió ni la mitad.

—Pues sacadlos de ahí —gritó Marcos, dando una patada en el suelo.

Unas cuantas piedras se desprendieron del borde del acantilado y cayeron rodando hasta abajo. Julia no acertó a ver si alcanzaron a alguien. Si hubo alguna queja, quedó acallada por el intercambio de palabras entre Jens y él.

—Eres un fracasado —le espetó Marcos—. ¿Qué habéis hecho durante toda la noche, pues? Manda a uno de tus buzos para que saque a esos idiotas del barco.

Después de un breve tira y afloja, fue el mismo Jens quien se puso el traje de buzo y se metió en el agua. Julia contuvo el aliento. Había llegado el momento de la confrontación.

—No nos marcharemos de aquí —gritó Emil con determinación, buscando a Diego con la mirada—. ¿Verdad?

—Es tu padre, ¿no? —preguntó él.

El chico asintió. El labio inferior empezó a temblarle.

—Pues tendrás que ir con él —prosiguió Diego.

—No —replicó Emil—. Jamás.

—No dejemos que suba a bordo —propuso Álvaro—. ¿No se puede retirar la escalera exterior?

Diego negó con la cabeza.

—Está atornillada.

—Yo hablaré con él —dijo Julia.

—Eso nunca ha servido de nada —objetó Emil con escepticismo—. Al final siempre acabáis discutiendo.

—¿Y qué? —intervino Álvaro—. Tenemos que ganar tiempo.

—¿No podrías llamar a Toto y preguntarle cuándo se decidirá el asunto?

—Llevo toda la noche intentándolo —explicó Álvaro—. Pero aquí no hay cobertura móvil.

Jens ya no estaba muy lejos del Esperanza.

—Mirad —exclamó Emil con agitación, señalando hacia el saliente que había bajo el acantilado. Tres buceadores se preparaban para entrar también en el agua.

Diego arrancó el motor del barco y movió el Esperanza un poco más hacia delante.

Jens, que ya casi había llegado hasta el casco, retrocedió arrastrado por la ola de proa.

Una vez más, se oyó el raspado del casco contra las rocas submarinas.

Julia se había mordisqueado tanto el labio que notó el sabor a sangre.

La serenidad de Diego no dejaba de sorprenderla.

En esos momentos puso la marcha atrás con toda calma y apartó el Esperanza de nuevo.

El movimiento volvió a provocar otra ola que empujó a Jens contra un arrecife que sobresalía del agua justo debajo del acantilado.

Aliviada, Julia se dio cuenta de que los demás buceadores se habían detenido. Por lo visto, temían las maniobras de Diego en un espacio tan reducido. Jens, en cambio, parecía cada vez más furioso. Con movimientos súbitos, intentó vencer las olas que levantaba el Esperanza.

Un ruido desconcertó a Julia, que alzó la cabeza enseguida.

Fue un golpe, seguido de un deslizamiento y un estallido.

De repente fue como si todo sucediera a cámara lenta.

Vio cómo un fragmento del acantilado se desprendía justo delante de Marcos.

Al caer, la masa de tierra arrancó grandes pedazos de pared rocosa, que cayeron dando vueltas y provocaron una verdadera avalancha que se precipitó con un gran estruendo, levantando una nube de polvo y escombros en la bahía.

—¡Cuidado! —gritó Diego.

Pequeños trozos de piedra llegaron hasta donde estaban ellos, y todos alzaron instintivamente los brazos para protegerse la cabeza. Alrededor del barco el agua se elevaba como una fuente cada vez que una piedra de grandes dimensiones impactaba.

—¡Jens! —exclamó Julia, acercándose a la barandilla. En el lugar en el que hasta hacía un momento había estado luchando contra las olas, no se le veía—. ¿Dónde está? —gritó desesperada.

Cerca de la roca del camello flotaba algo oscuro, y el agua se tiñó de rojo a su alrededor. Antes de que Julia pudiera reaccionar, Diego ya se había quitado la camisa y los pantalones. Ella se apresuró a imitarlo.

Como ya le había visto hacer, Diego empezó a respirar de forma regular y con gran concentración mientras Julia se ponía las aletas y buscaba sus gafas de buceo.

—Están aquí —le dijo Álvaro, mirándola fijamente a los ojos mientras se las tendía—. ¿Tendrás cuidado?

—Claro —respondió ella sin aliento, intentando apartar los terribles pensamientos que se le agolpaban en la mente. Jens no podía morir. Cualquier cosa menos eso.

Diego fue el primero en saltar y Julia lo siguió sin pensárselo dos veces.

El impacto que supuso notar de repente el frío del agua le aclaró los sentidos.

Había muy mala visibilidad, lo que no era de extrañar después del desprendimiento.

Se sumergió y se concentró en expulsar el agua del tubo de buceo, se orientó, hundió la cabeza y nadó hacia la roca.

Asustados, unos peces plateados se dispersaron con rapidez a su paso.

Entonces vio a Diego, que parecía estar flotando frente a ella. ¿Dónde estaba Jens?

Se sumergió de nuevo y lo buscó con la mirada frenéticamente.

Alguien gritó algo, pero Julia no lo comprendió.

Una ola se acercaba hacia ella y debía procurar que no la arrojara contra la roca.

En ese instante la marea la empujaba con fuerza hacia la bahía, de manera que resultaba más seguro sumergirse bajo las olas que dejarse arrastrar por ellas.

Debajo del agua reinaban el silencio y la oscuridad.

Estaba tan revuelta que apenas veía dos metros por delante de ella.

De repente algo le rozó la pierna. Se dio la vuelta y lo cogió.

Era un brazo. Al cabo de un momento vio la cara de su hermano.

Tenía los ojos cerrados y una herida en la frente.

Lo agarró con los brazos y aleteó con todas sus fuerzas para sacarlo a la superficie.

Sin embargo, pesaba mucho y no podía con él.

Notó que se quedaba sin aire y el impulso de llenar los pulmones se tornó irresistible.

De improviso, Jens se volvió ligero como una pluma y, al cabo de un instante, Julia pudo sacar la cabeza fuera del agua. Luchó por respirar, tosiendo, jadeando.

—Lo tengo —dijo Diego a su lado. Había sido él quien los había salvado—. ¿Podrás llegar sola hasta el barco? —le preguntó, agarrando a Jens por debajo de los brazos, como hacían los socorristas, y nadando de espaldas hacia el Esperanza.

Julia tuvo que toser de nuevo, vomitó algo de agua y luego se sintió mejor.

—Te ayudaré —jadeó, tumbándose sobre las piernas de Jens, rodeándole la cintura con los brazos y aleteando. Entre los dos consiguieron vencer la corriente de la marea que los empujaba hacia el arrecife hasta que al final vieron el flanco del barco frente a ellos.

Álvaro los ayudó a izar a Jens hasta la cubierta, donde lo colocó en la posición lateral de seguridad justo a tiempo, puesto que en ese mismo instante empezaron a caer más piedras. Agotada, Julia se derrumbó junto a su hermano sobre las tablas de madera.

—¿Está muerto? —preguntó Emil con un hilo de voz.

—No —respondió Diego—. Respira. Acércate, podrás oírlo.

El chico pegó la oreja a la boca de su padre mientras Álvaro le comprobaba el pulso.

Julia se incorporó. La herida que Jens tenía en la frente ya no sangraba y su cuerpo sufrió una sacudida repentina. A continuación, vomitó una buena cantidad de agua y abrió los ojos. Desconcertado, se quedó mirando fijamente el rostro de su hijo.

—¡Estás vivo! —exclamó Emil aliviado.

—Claro que lo estoy —jadeó Jens. Entonces sufrió un fuerte ataque de tos y se incorporó con muchas dificultades. Se tocó la cabeza, buscándose la herida—. ¿Dónde...? —empezó a preguntar cuando de repente vio a Julia y frunció el ceño—. Pero ¿qué demonios...? —dijo. Diego lo interrumpió.

—Bienvenido al Esperanza —dijo con una sonrisa burlona—. Me parece que acabas de cambiar de bando.

Jens se sobresaltó y miró hacia la orilla. Liderados por el tipo de la barba, los hombres se apresuraban a retirarse. Marcos y su coche se habían esfumado; al parecer, había preferido ponerse a salvo.

Jens se puso en pie con dificultad y agitó los brazos.

—¡Eh! ¡Que todavía no hemos terminado! —gritó. Se llevó la mano a la cabeza, se tambaleó y perdió el conocimiento de nuevo.