23. Decisión en la bahía
DECISIÓN EN LA BAHÍA
Fue bastante después de medianoche cuando empezó a llover. Diego les pasó unas prendas impermeables y tensó una tela desde el mástil hasta la proa, pero, aun así, el viento les azotaba la cara cargado de lluvia.
En algún momento Álvaro consiguió cambiar de barco.
La corriente acercaba las embarcaciones entre ellas de todos modos, y los tripulantes tuvieron que emplearse al máximo para evitar peligrosas colisiones.
Primero se aseguró respetuosamente de que a Diego le parecía bien que subiera y luego abrazó a Julia.
Les había llevado otra lona de plástico y un termo con café, ya que Amelie le había preparado unas provisiones generosas.
Bajo la lluvia torrencial, una taza caliente les levantó un poco el ánimo.
—¿Cómo están Abián y los suyos? —preguntó Julia después de tapar cuidadosamente a Emil con la lona impermeable.
—Mejor que todos nosotros —respondió Álvaro, apartándose el cabello mojado de la frente—. El cúter tiene la cabina de mando cubierta. Tú y Emil deberíais volver a tierra firme. Más tarde Abián llevará a dos personas más a casa. Vosotros iréis también.
—Yo me quedo aquí —objetó Julia—. Pero Emil debería acostarse.
—Ni loco —protestó el chico.
—Es mejor que te vayas —le dijo Diego con suavidad—. Seguramente el tiempo empeorará, y no quiero que te ocurra nada malo.
—Yo me quedo aquí —insistió Emil con terquedad a pesar de que los dientes le castañeteaban de frío—. Me iré cuando tú también lo hagas.
—Escúchame bien, el capitán aquí soy yo —respondió Diego con severidad—. Y quien está a bordo debe obedecer.
—Si quieres mandarme a casa, no eres mi capitán —replicó Emil indignado.
—¿Qué os pasa? —oyeron gritar a Abián—. ¿Vendrá alguien o no?
—¡No! —exclamó Emil chillando tanto como pudo.
Preocupada, Julia miró hacia tierra firme. Una lámpara tenue iluminaba débilmente la escena. Los hombres se habían refugiado de la lluvia bajo una roca que sobresalía y habían extendido una lona. ¿Jens habría reconocido la voz de su hijo? Sin embargo, no detectó ningún movimiento.
—Espero que no te arrepientas —le dijo Diego a Emil.
—¿Por qué eres tan testarudo? —le preguntó Julia—. Aquí ya hay bastante gente para montar guardia.
—Pero ninguno de vosotros es el hijo de Jens Brunner —respondió Diego en lugar del chico—. Es por eso, ¿verdad?
Emil se limitó a negar con la cabeza y les dio la espalda. El motor del bote auxiliar empezó a rugir y se alejó rápidamente.
—¿Quieres demostrarle algo? —preguntó Julia desesperada por no haber conseguido poner a salvo a su ahijado.
Sin embargo, no obtuvo respuesta.
Durante un rato, reinó el silencio. Fue Álvaro quien lo rompió:
—Visto así, el chico es una especie de rehén. No querrá poner en peligro a su propio hijo. ¿El Alemán sabe que está a bordo con nosotros?
—No —contestó Julia, lanzándole una mirada de reproche. Le parecía horrible la idea de utilizar a Emil como medio de presión.
—Lo ha decidido él —dijo Álvaro.
«Pero solo es un niño», pensó Julia, arrepintiéndose de haberlo metido en aquella situación.
Durante las horas siguientes, el viento arreció y los azotó con fuerza junto con la lluvia.
Las lonas ofrecían muy poca protección contra el chaparrón que les caía encima.
Intentaron pegarse a la barandilla de cubierta, pero no les sirvió de nada.
Los vientos racheados también entrañaban un peligro porque podían hacerlos encallar contra los acantilados.
Abián ya había previsto esa circunstancia y había retirado un poco su cúter.
Al parecer, era justo lo que Jens esperaba que ocurriera.
Fue en torno a las cuatro de la madrugada cuando Julia percibió por primera vez un ruido raspado y después un golpe contra el casco de la embarcación. Se llevó un sobresalto.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Diego seguía de pie, igual que todas las horas previas, frente al timón. Tenía la mirada fija en la bahía.
—La marea empieza a bajar de nuevo —dijo.
—¿Eso son... arrecifes? —preguntó Julia asustada. Sonaba como si un monstruo estuviera arañando el casco desde abajo.
—Sí, pero no tengas miedo. El barco solo roza con ellos.
—Deberíamos alejarnos un poco más —dijo Álvaro, levantándose.
Diego negó con la cabeza. Julia se dio la vuelta para ver dónde estaban las otras embarcaciones, y sus luces le parecieron terriblemente alejadas. El pánico empezó a apoderarse de ella.
—Es justo lo que esperan que hagamos —respondió Diego con serenidad, señalando hacia los hombres que estaban en tierra firme.
La luz de sus linternas le permitió ver a dos de ellos espiándolos con prismáticos.
Julia habría jurado que uno era Jens y el otro, el tipo de la barba—.
Entonces podrán hacer lo que quieran. Bajo el agua, la lluvia da igual.
Tenemos que mantenernos firmes aquí. De lo contrario, habremos perdido.
—¿Y si encallamos?
—Para eso lleváis los chalecos —dijo Diego, sacando un salvavidas de su soporte y dejándolo cerca de ellos. Julia quiso protestar, pero se le atragantaron las palabras. Al fin y al cabo, no es que no se lo hubieran advertido. En el peor de los casos, tendrían que lanzarse al agua.
—¿Os habéis puesto trajes de neopreno? —inquirió Álvaro.
Al ver que Julia negaba con la cabeza, procedió a sacarlos de las bolsas y a ayudarlos a ponérselos, lo que no resultó nada fácil debido a la lluvia, el frío y el viento—.
Y ahora, otra vez los chalecos salvavidas.
Emil, ¿sabes cómo se llenan de aire? —le preguntó, y procedió a explicarle el mecanismo, asegurándose de que Julia también se lo hubiera colocado correctamente.
Asimismo, dejaron preparadas las gafas y los tubos de buceo—.
Si el barco se hunde, debemos abandonarlo cuanto antes —explicó—.
Y alejarnos tan rápido como sea posible de él para que la corriente no nos arrastre.
La marea podría llevársenos mar adentro.
—No nos hundiremos. Y, si encallamos, lo mejor será nadar hasta allí —dijo Diego, señalando hacia la roca con forma de camello, el motivo por el que estaban allí. Su contorno se distinguía con claridad en esos momentos—. Allí estaremos seguros y, al mismo tiempo, podremos vigilar.
Julia gimió para sus adentros. La roca en cuestión estaba a veinte metros de allí. ¿Qué no podría sucederles antes de que la alcanzaran?
—¿Qué profundidad hay aquí? —preguntó Álvaro.
—En los puntos más hondos, unos treinta metros —respondió Diego, aferrado al timón. De nuevo se oyó el ruido raspado y Julia tuvo un escalofrío—. Pero, si encallamos, el barco quedará sobre los arrecifes. No se hundirá.
—Eso si la corriente no lo vuelca —objetó Álvaro.
Guardaron silencio y aguzaron el oído, atentos a aquellos ruidos infernales que hacían temblar el barco desde abajo, cesaban unos minutos y luego volvían a sonar.
Durante un buen rato no dijeron nada más, y Julia perdió la noción del tiempo. La embarcación seguía rozando con algunas rocas y poco a poco se fue acostumbrando a los raspados y los chirridos.
En varias ocasiones cayó en un estado a medio camino entre el sueño y la vigilia.
En algún momento la lluvia remitió. Las nubes se abrieron y dejaron al descubierto una luna prácticamente llena que arrojaba su luz plateada e irreal sobre la bahía.
Julia parpadeó. Fue como si en las últimas horas hubieran emergido más rocas.
Pero no era posible, ¿verdad? De repente se sintió totalmente desvelada.
Con horror, vio lo mucho que había bajado el nivel del mar.
La carrera de marea, que es como se llama a la diferencia entre la marea alta y la baja, era de unos dos metros en la isla de La Palma; lo había leído en alguna parte.
La roca que Jens estaba empeñado en volar en esos momentos mostraba mucho más que las dos protuberancias que parecían las jorobas de un camello.
Se distinguía su verdadera forma, que se prolongaba de un modo imponente por debajo del agua, como Julia bien sabía.
El Esperanza, no obstante, estaba atrapado entre esa roca y unas cuantas más.
Aunque quisieran, no podrían volver a salir de la bahía hasta que subiera de nuevo la marea.
—Estamos atascados —le dijo Julia a Álvaro en voz baja.
Este, sin responder nada, le cogió la mano con más fuerza.
Emil se había dormido apoyado sobre uno de los hombros de su tía mientras Diego seguía montando guardia, imperturbable.
Ella se preguntó si no se cansaría jamás.
Una luz difusa iluminó la bahía y el cielo cubierto de nubes empezó a brillar tímidamente con un resplandor gris violáceo.
Aliviada, Julia se dio cuenta de que empezaba a amanecer.
«La noche trabaja a nuestro favor», había dicho Jens. Bueno, pues pronto llegaría a su fin.
Tenía las piernas dormidas. Cuando las estiró con cuidado, despertó a Emil. El chico tardó unos momentos en orientarse.
—¿Me he perdido algo? —preguntó con preocupación.
—No —respondió Julia, levantándose con un gemido y estirando las extremidades doloridas. Luego cogió la fiambrera con las tortitas de miel de la bolsa de provisiones y las repartió. Entre Álvaro y Diego seguía reinando el silencio, pero al menos había pasado a ser de mutuo acuerdo.
Aunque las tortitas se habían ablandado bastante y no habrían satisfecho a ningún crítico gastronómico, esa mañana supusieron un manjar realmente delicioso para los tripulantes.
Mientras vaciaban la fiambrera, poco a poco empezó a aclararse el cielo.
Hacia levante, en el horizonte, apareció una prometedora franja de color turquesa.
¿Tal vez el tiempo estaba a punto de cambiar?
Se repartieron el café tibio que les quedaba y, en cuanto se lo terminaron, empezaron a sonar unas voces procedentes de los acantilados.
Junto a un todoterreno, justo delante del borde, apareció una figura que los miraba fijamente desde arriba con los brazos en jarra.
—Marcos —dijo Diego con los prismáticos frente a los ojos.