Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 22. Montando guardia junto a la roca #3
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22. Montando guardia junto a la roca #3

Julia se dio cuenta de que Emil, que estaba a medio metro de ella, se había quedado de piedra.

Le pidió los prismáticos a Diego y empezó a examinar a los hombres de la costa.

Jens era el único al que conocía, no estaban ni Marcos ni Baltasar.

Por supuesto que no. Ninguno de los dos había querido mancharse las manos.

Jens había reunido a los demás a su alrededor y les hablaba con agitación.

Mientras la mayoría guardaba silencio, su líder, un hombre calvo y con barba, parecía estar discutiendo con él.

Señaló varias veces hacia las embarcaciones que estaban varadas en la bahía, y parecía como si prefiriera retirarse.

Sin embargo, al final se encogió de hombros y les hizo una seña a los demás, que empezaron a abrir las cajas y a sacar los utensilios que habían traído en grandes mochilas.

Todo parecía indicar que no pensaban prestar atención a la presencia de las embarcaciones.

—Siguen adelante como si nada —constató Emil asombrado.

—Seguro que creen que en algún momento nos amedrentaremos y nos retiraremos —respondió Diego.

—Pero no nos iremos, ¿verdad?

—No.

Julia miró hacia las otras embarcaciones. Quería saber quién más se había unido a ellos.

—Ese es Abián Bencomo con sus amigos —dijo Diego cuando se dio cuenta de que intentaba distinguir sus rostros a pesar de las luces—. Conozco los barcos.

—¿De verdad? —exclamó Julia.

No se habría imaginado que ese pescador que la había rechazado tan bruscamente hubiera decidido ponerse de su lado.

No obstante, después de todo, no se trataba de un asunto banal como decidir a quién vendía su pescado, sino de la conservación de la costa, y eso afectaba a los pescadores más que a nadie.

El tiempo fue pasando y los hombres de la costa siguieron preparando las cosas como si estuvieran solos. El motor de un generador comenzó a rugir, tendieron cables y encendieron lámparas. Lo que hacían exactamente no se distinguía desde los barcos.

Julia los miraba notando cómo la espera empezaba a pasarle factura.

Le entraron ganas de gritarle algo a Jens o, como el día anterior, de nadar hasta ellos y simplemente destrozar lo que aquellos hombres estaban construyendo.

Ignoraba qué hora era y no quería saberlo.

Lo único que deseaba era poner fin a aquella pesadilla y dejarle claro a su hermano lo que pensaba sobre él.

La rabia acumulada a lo largo de los años brotó en su interior y a su mente acudió toda una retahíla de situaciones en las que Jens se había comportado de manera inaceptable.

«¿Cómo es posible que siempre se salga con la suya?

», se dijo con furia. ¿Por qué nadie lo había puesto jamás en su sitio?

De repente Diego se volvió hacia ella y le lanzó una mirada cargada de curiosidad.

Fue como si intuyera lo que Julia estaba pensando.

Sonrió y, de pronto, ella notó cómo su resentimiento se desvanecía.

Le devolvió la sonrisa. Ese hombre cargaba con un pesar mucho mayor, el dolor de haber perdido a su amigo.

La culpa de haber contribuido a su muerte.

El rechazo de los demás lugareños. Y, aun así, estaba luchando.

¿O precisamente se encontraba allí por eso?

Julia miró a Emil y se dio cuenta de que se había quedado dormido. «Mejor así», pensó mientras lo tapaba con una manta. La noche sería muy larga.

Los hombres de tierra firme parecían haber terminado con los preparativos.

Cinco de ellos se habían puesto ya trajes de buceo y Julia ni siquiera había visto cuándo se habían cambiado de ropa.

Asustada, observó cómo se colgaban las botellas de aire.

Una vez más, el tipo de la barba empezó a discutir con Jens.

En algún momento trepó sobre una roca para gritar hacia las embarcaciones:

—Pronto llevaremos a cabo voladuras en esta zona. Por favor, salgan de la bahía.

Para el asombro de Julia, Diego arrancó el motor.

Emil se despertó sobresaltado y se frotó los ojos, confundido.

Aun así, en lugar de salir de la bahía, el hombre acercó todavía más la barca a las rocas.

La marea alta había elevado el nivel del mar, y de la roca del camello solo sobresalían las dos jorobas, mientras que sus verdaderas dimensiones quedaban ocultas bajo el agua.

Abián apagó los reflectores e imitó a Diego, igual que las otras embarcaciones, que se aproximaron también a los peligrosos acantilados.

Al cabo de un rato apagaron de nuevo los motores y se impuso el silencio en la bahía.

Solo se oía el sonido rítmico de las olas, el susurro del viento y los crujidos de las embarcaciones.

—Entonces seguiremos esperando —resonó la voz de Jens desde la costa—. La noche trabaja a nuestro favor.

—¿A qué se refiere? —preguntó Emil.

Diego señaló hacia el cielo. Ya no se veía ni una sola estrella. Un manto de nubes las ocultaba.

—¿Viene mal tiempo? —preguntó Julia con inquietud, atenta al sonido del viento, que hasta ese momento le había parecido inofensivo.

—Lluvia —respondió Diego—. Preparaos para una noche pasada por agua.