Un éxito a fuego lento (La flor de la sal 2) 22. Montando guardia junto a la roca #2
91%

22. Montando guardia junto a la roca #2

No había nada más que añadir. Julia intentó acomodarse lo mejor posible en la cubierta y procuró lo mismo para Emil.

Y luego empezó la espera. Ninguno de ellos dijo nada.

Julia estuvo buscando con la mirada a Álvaro, pero fue en vano.

El sol se ocultó tras el jardín de sal y, por extraño que pudiera parecer, con él desaparecieron también sus preocupaciones.

Fascinada, contempló durante un buen rato los juegos de colores y sombras frente a los que la finca, en lo alto de la roca, formaba una grieta semejante a una tijera.

Repartió bocadillos y recipientes de plástico que había llenado de ensalada de atún, e incluso ella misma comió a pesar de no tener hambre.

La noche cayó sobre la tierra y el mar. Diego no encendió las luces de posición de la barca, de manera que fue como si estuvieran flotando de forma ingrávida sobre el espacio y el tiempo.

Se levantó un poco de viento. Julia sacó su anorak de la bolsa, se lo puso, y Emil y ella se envolvieron con la manta todavía en silencio.

Pero no le importaba, ya tenían bastante con estar vigilando.

Al ponerse el sol, fueron apareciendo cada vez más estrellas en el cielo con cada minuto que pasaba.

Fue como si, a medida que disminuía la luz en la Tierra, el mundo real que rodeaba el planeta se hiciera más visible y la noche revelara más de lo que ocultaba.

Julia se reclinó sobre su mochila y levantó la mirada.

El leve balanceo de la embarcación tenía un efecto tranquilizador, como si estuviera en una cuna.

No paraba de descubrir nuevas luces en el cielo, entre ellas satélites que se movían imperturbables por el firmamento.

Se dio cuenta de que no sabía nada sobre ese universo del que ella y los demás formaban una minúscula parte.

Solo podía hacer lo que estaba en su mano: intentar proteger aquel rincón de la isla.

—Ya están aquí —dijo Diego en voz baja.

Julia se incorporó.

—¿Dónde? —preguntó, frotándose los ojos. Al parecer, se había quedado dormida.

—Ahí arriba.

Entonces los vio. A unos trescientos metros por encima de ellos, unas luces danzaban, desapareciendo y volviendo a aparecer.

Eran personas con linternas. Conteniendo el aliento, Julia se quedó mirando el borde más exterior de la escarpada costa.

Aparecieron más luces y formaron una especie de collar de cuentas luminosas que empezó a descender poco a poco por el acantilado.

Emil se quedó sentado, observándolas también como si estuviera hipnotizado.

La oscuridad seguía envolviéndolos. No sabía si eran visibles bajo las estrellas sin las luces de posición.

Los recién llegados probablemente estaban demasiado ocupados descendiendo por aquellos complicados senderos para mirar hacia el agua, donde sin duda no esperaban encontrar ningún peligro.

Julia no se atrevió a preguntarle a Diego cuándo pensaba confrontarlos con su presencia.

Los minutos transcurrieron con una lentitud insoportable.

A Julia el corazón le latía tan fuerte que estaba convencida de que los hombres de Marcos podrían oírlo.

Diego, en cambio, irradiaba una calma admirable.

Era la serenidad de un hombre acostumbrado a esperar durante horas, de alguien que había desarrollado la intuición suficiente para saber cuándo había llegado el momento adecuado. Emil también guardaba silencio.

Al final la última de las luces llegó abajo del todo. Julia las había contado, había quince. ¿Jens estaría entre ellos?

—Ahora —dijo Diego en voz baja, y todo quedó iluminado por un resplandor deslumbrante cuando encendió de golpe las luces de posición. Cegada, Julia cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, tuvo la sensación de estar soñando.

Las luces del barco de Diego no eran las únicas que se habían encendido.

La estrecha cornisa rocosa que había a los pies del acantilado, sobre la que habían encontrado las cajas, quedó iluminada frente a ellos como si fuera el escenario de un teatro.

Las formas que estaban allí se quedaron paralizadas, observándolos como animales nocturnos deslumbrados, intentando descubrir de dónde procedía toda aquella luz.

Julia miró a su alrededor sorprendida, y no pudo creer lo que veían sus ojos.

La bahía estaba repleta de embarcaciones, o al menos eso le pareció.

A un lado, por detrás de ellos, había un cúter más grande varado.

Eran sus reflectores los que iluminaban la costa.

Desde el otro extremo se acercaba un barco de pesca y, si Julia no se equivocaba, Álvaro la saludaba desde la cubierta.

Todavía más atrás había otra embarcación.

—¿Qué significa esto? —balbuceó Diego confundido.

—Que no estamos solos —dijo Julia.

Durante un rato, pareció como si los hombres que estaban en tierra firme no supieran muy bien qué hacer. Luego resonó una voz por encima del agua.

—Gracias por la iluminación. Así nos ahorramos el generador —dijo la voz burlona de Jens.