22. Montando guardia junto a la roca
MONTANDO GUARDIA JUNTO A LA ROCA
Durante el trayecto de vuelta a casa, Emil no se mostró más locuaz que por la mañana.
Y, aunque Julia se alegró de la decisión que al parecer había tomado, cada vez era más consciente de que el chico se encontraba entre dos aguas en todos los sentidos.
Jens sin duda se enfadaría mucho con ella, y, al fin y al cabo, era su tutor legal.
Aparte de eso, era lamentable que Toto, Pepe y Naira prefirieran confiar en aquel alcalde tan sospechoso que en lo que Diego y ella habían visto.
A Serena, en cambio, no podía reprocharle que quisiera mantenerse al margen.
Lo peor de todo era que el asunto había creado una brecha entre Álvaro y sus amigos.
Sí, Marcos y los que colaboraban con él habían conseguido dividir a una comunidad que llevaba unida desde la infancia.
Y, por supuesto, al final habían tenido que echarle la culpa a ella solo por ser la hermana del Alemán.
Al llegar a la finca, Emil se retiró de inmediato a su habitación.
A las cinco de la tarde, Álvaro todavía no había regresado.
Julia cogió los prismáticos y subió al tejado.
Estuvo buscando por la parte trasera de la Lomada Ronca, pero no vio nada.
Ni coches ni gente preparándose para bajar por el acantilado.
Luego dirigió su atención al mar y enseguida descubrió el barco de Diego.
Estaba en el mismo sitio en el que había echado el ancla por la mañana.
De repente Julia sintió la necesidad imperiosa de mostrarle su apoyo.
¿De qué le servía quedarse sentada, esperando a ver si Álvaro encontraba a alguien que pudiera llevarlo hasta allí en una embarcación?
¿Y si todos sus amigos le habían dado la espalda? Bajó del tejado y marcó su número.
—¿Tienes ya algún barco? —le preguntó.
—Todavía no —respondió él—. Pero seguro que acabo consiguiendo uno, ya lo verás.
—Diego aún está montando guardia —dijo Julia—.
Me gustaría reunirme con él para que no se sienta tan solo —añadió, y le pareció oír cómo su novio reaccionaba conteniendo el aliento—.
Tú puedes venir con los demás —prosiguió—.
De todos modos, si consigues que te dejen un barco, será mejor que acudas hacia allí directamente.
—De acuerdo —oyó decir a Álvaro—. Qué tonto es Toto... Pero bueno, no hay nada que hacer.
—Deposita todas sus esperanzas en la decisión de Madrid —replicó Julia.
—Que será mañana —respondió Álvaro—. O sea que, si Marcos quiere hacer algo, tendrá que hacerlo ya.
—En la Lomada Ronca todavía no se ve nada —informó Julia—. Hace un momento he subido al tejado con los prismáticos.
—Desde ahí arriba no puedes ver todo el terreno —objetó Álvaro—. Quizá estén esperando a que anochezca. Por suerte, no saben que hemos descubierto lo que se proponen.
—Sí, ahora sí —lo contradijo Julia, y le contó su encuentro con Jens—. Emil le ha pedido que evite la voladura.
—¿Y bien? ¿Lo hará?
—Ya conoces a mi hermano —respondió Julia con tristeza—. Por supuesto que no.
—¿Y cómo piensas llegar hasta la barca de Diego? Espero que no estés pensando en ir nadando hasta allí.
Julia se rio.
—No, no pensaba hacer eso. Simplemente le pediré a Isora su número de móvil.
—En cualquier caso, ve con cuidado —dijo Álvaro—. Pase lo que pase. Prométemelo.
—Te lo prometo —replicó ella.
—No te olvides de que te amo, cariño.
—Yo también te quiero.
Julia esperó un poco más, pero Álvaro ya había colgado. Con un suspiro, marcó el número de Isora con la esperanza de que estuviera en casa, puesto que era martes, su día de descanso. Tras el quinto tono de llamada, respondió y Julia le contó su propósito de llegar hasta la barca de Diego.
—¿Cómo podría ponerme en contacto con él —preguntó— para que pueda pasar a recogerme por su muelle?
—No se puede —respondió Isora—. Se niega a llevar móvil. Siempre dice: «O estoy en el mar o no estoy». Él es así —le explicó, y Julia se dio cuenta de que su plan empezaba a peligrar—. Pero le preguntaré a Rayco si puede llevarte hasta allí. Tiene una vieja lancha motora. Espera.
Pasaron unos minutos antes de que Isora volviera a llamarla.
—Rayco dice que dentro de media hora puede estar allí. ¿Conoces el camino?
Julia cogió una mochila grande. En el fondo del todo metió el traje de neopreno que Álvaro le había regalado, por si acaso, y también aletas, gafas de buceo y un tubo.
Asimismo, metió toallas, una manta cálida y un anorak porque de noche la temperatura bajaba mucho tan cerca del agua.
Además, puso ropa para cambiarse, así como una linterna potente y pilas de recambio.
—¿Adónde vas? —preguntó Emil a su espalda. Ni siquiera lo había oído acercarse.
—A la barca de Diego —le explicó Julia.
—¿Puedo ir contigo? —preguntó él.
Julia titubeó. Nadie sabía con qué podían llegar a encontrarse. Sin embargo, había prometido que iría con cuidado, y eso también podía aplicarse a su sobrino.
—Ya sabes que tu padre...
—Ya lo sé —la interrumpió el chico—. Precisamente por eso.
—Es posible que tengamos que pasar la noche entera...
—Si Diego puede hacerlo, yo también —dijo Emil.
—Entonces vamos a preparar tus cosas —decidió Julia—. Sobre todo ropa de abrigo.
—Ya lo hago yo —aseguró el chico.
—Date prisa. No olvides tu traje de neopreno. Y coge también ropa para cambiarte. Nos vemos en el patio.
Julia metió apresuradamente en una bolsa grande las provisiones que había preparado y llenó unos cuantos termos con té caliente.
No tenía ni idea de cuándo se tomaría la decisión en Madrid al día siguiente.
Era posible que, con un poco de mala suerte, no lo votaran hasta la última hora de la tarde.
Tenía la sensación de que, una vez a bordo, ya no habría vuelta atrás.
Rápidamente añadió unas cuantas tabletas de chocolate y otras cosas por el estilo y le echó un vistazo a su reluciente cocina.
Ese era su mundo, el lugar en el que se sentía cómoda.
Todo lo que sucedería a continuación sería absolutamente nuevo para ella.
Dejaron una nota para Amelie y Tanja, y se pusieron en marcha.
Rayco ya los esperaba en la bahía. Había bajado la embarcación al agua y había instalado el motor fuera borda.
Julia se preguntó qué experiencia tendría el pescador con el viento y las olas, pero, de todos modos, era demasiado tarde para cambiar de opinión.
Rayco les lanzó unos chalecos salvavidas. Julia ayudó a Emil a ponerse el suyo y a subir a la barca. Luego le tendió su equipaje a Rayco, subió ella también a bordo y se sentó junto a su sobrino en la popa.
Igual que el día anterior con Diego, solo fueron incómodos los primeros cien metros, cuando tuvieron que apartarse de la bahía protegida de las olas y enfrentarse al oleaje en mar abierto. Sin embargo, nada más virar hacia el oeste, aquel galope duro se convirtió en un ondulante balanceo lateral.
Diego montaba guardia en la proa de su barco, mirándolos con una expresión impasible.
Julia ni siquiera supo determinar si se alegró de verlos o no.
Rayco se aproximó hábilmente a la barca por un flanco y dejó que las olas los acercaran a Diego con suavidad.
En cuanto alcanzó la escalera exterior, Julia se aferró a ella y subió a bordo.
Rayco ayudó a Emil y le tendió las muletas y el equipaje antes de despedirse de ellos para alejarse de nuevo.
—¿Qué pasa? —preguntó Diego, mirándola con curiosidad—. ¿Qué hacéis aquí?
—Queríamos hacerte compañía —dijo Julia, e incluso a ella misma le sorprendió lo estúpida que sonó la respuesta. Diego llevaba años solo y seguramente no sentía ninguna necesidad en ese aspecto—. Álvaro también se reunirá con nosotros. Está buscando a alguien que le deje un barco.
Los ojos grises de Diego se volvieron un poco más oscuros.
—¿Y sus amigos? —preguntó.
Julia tragó saliva.
—Creen..., bueno, que es un asunto del que debería encargarse el alcalde.
El pescador la miró con fijeza.
—¿Te refieres a ese tal Baltasar? ¿Al que vi precisamente con Marcos?
—preguntó, y, al ver que Julia asentía, se dio la vuelta.
Observó la pared rocosa que tenían delante como había hecho ya en cien ocasiones durante las últimas horas.
Hubo un momento de silencio—. Le habrán contado lo de los explosivos —constató.
—Me temo que sí —dijo Julia, mordisqueándose el labio inferior.
—Entonces están avisados y traerán más —dijo—. No confían en mí, ¿verdad?
—Yo sí —aseguró Emil—. Y Julia también.
—¿Por qué no estás con tu padre? —preguntó Diego, mirando fijamente al chico, que adoptó de inmediato una expresión rebelde.
—Porque prefiero estar aquí —replicó—. ¿Qué hacemos si esa gente acaba viniendo?
—De momento simplemente nos quedaremos aquí —respondió Diego—. Si quieren volar la roca, antes tendrán que echarnos. Estamos demasiado cerca del lugar en cuestión.
—Entonces, ¿también saldremos volando por los aires? —preguntó Emil más por curiosidad que por miedo.
—Si la explosión no nos destroza el casco, la onda expansiva nos lanzará contra los arrecifes.
—¿Y si no tienen eso en cuenta? —preguntó Julia, que, a diferencia de su sobrino, sí parecía preocupada.
Diego no respondió de inmediato.
—Habría preferido que no vinierais —dijo al fin en voz baja—. Precisamente por eso. Pero ahora ya estáis aquí. Veremos qué sucede. Sea como sea, no pienso apartar el barco de la bahía ni un centímetro. En cualquier caso, lo acercaré todavía más a las rocas si el oleaje me lo permite.