21. La escisión del grupo de amigos #3
«¿Durante cuánto tiempo? ¿Hasta que vuelvan a surgir problemas?
» —quiso preguntarle Julia. Sin embargo, guardó silencio.
Desde la noche en la que Emil se había escapado del internado alemán y se había plantado en su casa, no había hecho más que el papel de salvadora.
Había acompañado al chico hasta La Palma para que pudiera reunirse con su padre, y al final había terminado quedándose ella también en la isla.
Julia siempre aparecía cuando la necesitaban.
Pero ¿acaso no era su deber como madrina?
—Creo que deberíamos dejarlo en manos de Emil —opinó Jens.
Justo en ese instante, el muchacho salió de la escuela.
Caminando con las muletas, suponía un obstáculo para los alumnos que intentaban abandonar cuanto antes el edificio.
Julia vio cómo el Rostro, acompañado de otros chicos, daba un rodeo para evitarlo.
Parvati era la única que se había adaptado a su ritmo para acompañarlo, e incluso le llevaba la mochila.
Cuando Emil vio a su padre, se detuvo un momento.
Se volvió hacia Parvati, que lo ayudó a ponerse la mochila.
Luego se despidieron y a Julia le pareció que su sobrino no se mostraba tan arisco con la chica como de costumbre.
Parvati corrió alegremente hasta su madre mientras Emil cojeaba hacia donde estaban su padre y Julia.
—Hola —dijo cuando llegó hasta ellos. Andar con las muletas era agotador y, a pesar de que ya estaban a mediados de octubre, el termómetro seguía marcando veinticinco grados a la sombra.
En la frente del chico brillaban las gotitas de sudor—.
Por casualidad no os estabais peleando otra vez por mi culpa, ¿verdad?
—Pues claro, ¿por qué tendríamos que pelearnos si no?
—exclamó Jens, riendo como si acabara de soltar una broma divertidísima.
A continuación, miró a su hijo con una amplia sonrisa, como si de ese modo pudiera compensar el hecho de que hubiera desaparecido durante diez días—.
Oye, ¿qué es eso tan raro que llevas en el pie? ¿Es la última moda o qué?
Emil lo observó sin cambiar de expresión.
—No pienso ir contigo —se limitó a decir, dándole la espalda.
—Eh —repuso Jens en tono lisonjero, agarrando al chico por el hombro—. ¿Qué pasa? ¿Ya no sabes encajar una broma?
—Déjame en paz —replicó Emil, y Julia se dio cuenta por su tono de que luchaba por contener las lágrimas—. Me abandonaste.
—Lo siento, ¿vale? —dijo Jens con la voz suave como la mantequilla caliente—. Es que no soporto los hospitales, ¿comprendes? Me ponen de los nervios y...
—A mí tampoco me gustan —repuso Emil—. Pero, si te hubiera ocurrido a ti, me habría quedado a tu lado.
—Tienes razón —admitió Jens—. Soy un gilipollas.
No estuvo bien por mi parte. Pero oye, te he echado de menos, colega —le dijo, y Julia se dio cuenta de que Emil titubeaba.
«A pesar de todo, es su padre», pensó con el corazón afligido—.
Es que tenía mucho trabajo —prosiguió—. A partir de ahora vendrás conmigo a todas partes.
Así entenderás por qué esta última semana no he tenido tiempo para ti.
¿De acuerdo? Te sorprenderás de lo que tu padre...
—Puedes meterte la maldita estación de buceo por donde te quepa —le espetó Emil con vehemencia—. Si no evitas que vuelen esa roca submarina, no quiero saber nada más de ti. Jamás. ¿Me oyes?
Jens se quedó petrificado. Luego le lanzó una mirada furiosa a Julia.
—Así que esas tenemos —dijo ya sin el menor atisbo de amabilidad en la voz—. Has aprovechado el tiempo para poner a mi hijo en mi contra.
—Julia no ha hecho absolutamente nada —intervino Emil—. Estuve allí. Pude ver lo que queréis destruir. Y quiero que lo evites.
—¿Esos ecologistas te han lavado el cerebro? —le espetó Jens—. Ahí fuera hay miles de rocas como esa. Todo el maldito archipiélago está lleno de ellas. No importará que haya una más o una menos.
—Sí importa —aseguró Emil con la voz firme—. Y mucho. De eso depende que el lugar sea declarado parque nacional.
—Eso aún no está decidido —objetó su padre con furia.
—Vámonos —le dijo Emil a Julia.
—Un momento —dijo Jens.
Esa vez agarró al chico por el brazo con tanta fuerza que le tumbó una muleta y estuvo a punto de caer al suelo.
—Suéltame —le espetó a su padre—. ¿Realmente puedes mirarte en el espejo por la mañana?
Pasé horas esperándote en el hospital y no viniste.
Ni siquiera me has devuelto las llamadas durante diez largos días.
¿Y ahora te plantas aquí de repente como si nada hubiera ocurrido?
¿Fingiendo ser un gran héroe? ¿Pues sabes una cosa? Por mí puedes irte a la mierda.
Dicho esto, cogió de nuevo las muletas y cojeó con decisión hacia el coche de Julia.
—Esto es obra tuya —le dijo Jens a su hermana.
—Emil tiene razón —replicó ella—. Y respecto a esas voladuras...
—Eso no es asunto tuyo.
—Sí lo es —lo contradijo Julia pacientemente—. Me afecta, y mucho. Igual que a todos los que viven en la costa. Evítalo, por favor. Si es que puedes, porque quizá no eres más que una marioneta en manos de Marcos.
—¿Vienes? —gritó Emil con impaciencia desde el aparcamiento en el que su tía había dejado el coche.
—¿Queréis que cambie de planes por culpa de unos cuantos ecologistas? —preguntó Jens, riendo—. ¡No estoy tan loco!
—No volaréis ninguna roca —le aseguró Julia, demostrando que podía ser al menos tan testaruda como él.
—No podréis evitarlo.
—Eso ya lo veremos —dijo Julia antes de darse la vuelta y marcharse.